Muevo el caballo y pongo en jaque al rey. En mi cabeza, siempre por reflejo, cuento las casillas y me muevo al costado de la recta como mi padre me enseñó. Uno, dos, tres… y doblo. Todavía lo recuerdo.
—Pa, ya sé cómo mueve el caballo, no hace falta que lo repitas en voz alta mientras jugás… —le decía más de grande.
Hoy extraño su voz haciendo eco en mi cabeza. Digo esas palabras en mi mente sin darme cuenta. Papá lo hacía de esa forma para que se me grabara y fuera más fácil memorizarlo. Luego solo se volvió un hábito cuando jugaba conmigo, ya que cuando jugaba solo o con el tío no lo hacía.
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