Hay algo que me pasó el otro día, hablando con una persona de setenta años y, en un momento de la conversación, pensé:
“No parece una persona de setenta.”
Después me quedé unos segundos dándole vueltas al asunto.
Porque no era una cuestión física. Sí, estaba bien, activo, caminaba ligero y tenía más proyectos que achaques. Pero no era eso.
Lo que me llamaba la atención era otra cosa.
No parecía viejo.
Y ahí me di cuenta de que cuando yo era chico, setenta años era una edad enorme.
Los hombres de esa edad eran señores.
Usaban pantalones de vestir aunque fuera domingo. Hablaban de remedios, de jubilaciones y de conocidos que se habían muerto. Caminaban despacio. Tenían cara de haber visto demasiado mundo.
O al menos así los recuerdo.
Hoy veo personas de casi sesenta haciendo gimnasia, aprendiendo idiomas, viajando, empezando emprendimientos o descubriendo hobbies nuevos.
Algunos hasta se ponen a escribir.
No voy a señalar a nadie.
Mi papá se casó a los veintidós años.
Veintidós.
Cada vez que lo pienso me parece una locura.
A esa edad ya trabajaba, tenía responsabilidades y estaba construyendo una familia.
Mi mamá tenía quince.
Hoy parece imposible. En aquella época apenas llamaba la atención.
La vida avanzaba más rápido. O empujaba más fuerte.
A los veinte ya se esperaba que fueras un hombre o una mujer. No alguien que todavía estaba pensando qué quería hacer cuando fuera grande.
Uno ya estaba haciéndolo.
Por eso a veces miro a los chicos de veinte y pico de ahora y siento que viven una juventud más larga que la nuestra.
Y no lo digo como crítica.
Tal vez sea mejor así.
Tal vez tengan más tiempo para equivocarse, probar caminos distintos y elegir con menos apuro.
Pero la diferencia existe.
Antes los setenta quedaban lejísimos.
Hoy ya no parecen el final de nada.
Hace muchos años escuché una canción de Alberto Cortez. Debía andar cerca de los cincuenta cuando cantaba que iba a empezar a vivir la mitad de su vida.
En aquel momento me parecía una idea extraña.
¿La mitad de la vida a los cincuenta?
Yo lo escuchaba convencido de que a esa edad ya estaba casi todo hecho.
Hoy no estoy tan seguro.
Antes alguien cumplía cincuenta y empezaba a despedirse de algunas cosas.
Ahora muchos recién están empezando otras.
Por eso, cada vez que escucho decir que alguien tiene setenta años, mi cabeza sigue imaginando a aquellos señores de mi infancia.
Y casi siempre se equivoca.
No sé si la gente envejece más lento.
No sé si vivimos más o si aprendimos a cuidarnos mejor.
Lo que sí sé es que la idea de ser adulto cambió.
Y mucho.
Capaz que la verdadera pregunta no sea si envejecemos más lento.
Quizás la pregunta sea si tardamos más en crecer.
Mientras intento encontrar una respuesta, vuelvo a pensar en aquel hombre de setenta años con el que estaba hablando.
En la energía con la que describía sus próximos proyectos.
En la naturalidad con la que hablaba del futuro.
Tal vez aquellos viejos de mi infancia también hacían planes.
A lo mejor también soñaban con los próximos años.
Pero yo era demasiado chico para darme cuenta.
¿Envejecemos más lento o tardamos más en crecer?
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