Capítulo 6: La Cosecha de Cenizas
La ceniza caía sobre la capital de Tharion como una nieve gris y tibia, cubriendo los tejados de pizarra y los cuerpos amontonados en las avenidas. El olor a piedra calcinada y a sangre rancia flotaba en el aire, denso, casi sólido. El asedio al Palacio de Mármol tocaba a su fin.
En los extramuros del palacio, la batalla era un caos de gritos y metal. Las fuerzas unidas del este, bajo el estandarte de la casa Warclouds y las tribus rebeldes, chocaban contra los muros de escudos de la Sangrienta Legión de Konrad Rathsear. La disciplina de los legionarios era implacable; sus armaduras de hierro negro brillaban bajo el resplandor de los incendios, y sus lanzas formaban una barrera infranqueable.
A la vanguardia del ataque, tal como Samara lo había sugerido en el consejo de guerra, marchaban las cuatro doncellas bastardas: Alyssa, Talia, Lyanna y Shae. Vestían armaduras de cuero tachonado y portaban las armas tradicionales de sus clanes. Su misión era desesperada: abrir una brecha en el flanco de la Legión para permitir que las tropas de Navarrus alcanzaran las puertas del palacio antes de que los defensores las derribaran por completo.
—¡Por la sangre de los rebaños libres! —rugió Alyssa, alzando su espada corta.
Su grito fue acallado por el estruendo de una catapulta que impactó contra el suelo a pocos metros. Alyssa cargó contra la primera línea de legionarios. Su velocidad le permitió esquivar la primera lanza, y hundió su acero en la juntura del cuello de un soldado. Sin embargo, no hubo tiempo para celebrar. Dos sures de la Legión avanzaron de inmediato. Una lanza de punta ancha le atravesó el costado. Alyssa cayó de rodillas sobre el fango gris; un hacha enemiga descendió sobre su hombro y apagó su vida en un instante.
Talia vio caer a su hermana y soltó un alarido de rabia. Blandió su mangual con desesperación, rompiendo el casco de un legionario, pero la superioridad numérica de la Legión de las sombras era absoluta. Una lluvia de flechas de plumas negras cortó el aire. Tres proyectiles le perforaron el pecho. Talia tambaleó, soltó su arma y se desplomó de espaldas sobre el suelo cubierto de ceniza.
A pocos pasos de distancia, Lyanna y Shae luchaban espalda contra espalda, rodeadas por una docena de legionarios acorazados.
—¡No des un paso atrás, Shae! —gritó Lyanna, mientras paraba un tajo descendente con su escudo de madera.
—¡Nunca! —respondió Shae.
Una falange de la Legión avanzó de manera coordinada, arrastrando sus pesados escudos rectangulares. El empuje físico fue devastador. Las dos doncellas quedaron acorraladas contra los restos de una barricada en llamas. Un legionario veterano esquivó la defensa de Lyanna y le hundió una daga en la garganta. Shae, al ver a Lyanna ahogarse en su propia sangre, bajó la guardia por una fracción de segundo en un intento de sostenerla. Ese error fue fatal. Dos espadas cortas la atravesaron por la espalda. Las cuatro doncellas, las últimas herederas de la sangre de los reyes bárbaros del este, yacían muertas en el lodo, sacrificadas en una vanguardia que nunca tuvo oportunidad de sobrevivir.
Mientras la carnicería se desataba en los patios exteriores, el silencio reinaba en el interior del Salón del Trono.
El rey Alph Navarz permanecía sentado en el gran asiento de mármol. Había perdido la gordura de los años de vino y banquetes; su rostro estaba demacrado y sus ojos, hundidos, reflejaban una lucidez triste que hacía tiempo no mostraba. Su mano derecha, temblorosa pero firme, descansaba sobre el pomo de la espada real de la dinastía. A su lado, de pie, la reina Caelia Varden mantenía la espalda recta, con su corona de oro colocada con perfecta simetría sobre su cabello canoso. El hambre y las semanas de asedio no habían quebrado su orgullo.
Las pesadas puertas de roble y bronce del salón crujieron. Un golpe colosal astilló la madera.
—Ya vienen, Alph —dijo Caelia. Su voz no tembló.
—Que vengan —respondió el rey, poniéndose de pie con dificultad—. Al menos moriremos como reyes de Tharion, no como prisioneros en nuestro propio palacio.
Un segundo impacto destrozó los cerrojos. Las puertas se abrieron de par en par, y por el umbral entró el general Konrad Rathsear. Vestía su armadura de hierro negro, salpicada de sangre fresca, y su capa de las Cenizas arrastraba el polvo del salón. Detrás de él, una docena de legionarios de la Sangrienta Legión ocuparon los flancos, con las espadas desenvainadas.
Konrad avanzó despacio. Su mirada fija en Alph destilaba un odio que se había cocinado durante diez años de exilio y desprecio.
—Alph —dijo Konrad. El metal de su voz resonó en las bóvedas—. Tu farsa ha terminado. Tu dinastía de oro y mentiras se reduce a cenizas hoy.
—Hiciste tu elección, Konrad —declaró el rey, alzando la espada real con ambas manos, aunque el acero oscilaba levemente por la debilidad de su cuerpo—. Traicionaste tu juramento de sangre.
—Tú rompiste ese juramento primero cuando valoraste más el oro de Aegmar que la sangre de mis hombres en el norte —escupió Konrad—. No hay perdón para ti. Ni para tu reina.
Caelia dio un paso al frente, interponiéndose entre el usurpador y su esposo. —Puedes matarnos, traidor, pero mi hijo Navarrus viene con la flota del este. Él reclamará esta corona y colgará tu cabeza en las murallas.
Konrad soltó una carcajada seca y carente de humor. —Vuestro hijo es un títere que baila al son que otros tocan. No llegará a tiempo para salvaros.
Konrad levantó su mandoble de hierro negro y avanzó con paso firme. El rey Alph lanzó un tajo desesperado, pero su fuerza era nula comparada con la del curtido general. Konrad desvió el acero real con un movimiento seco de su antebrazo y, con un giro rápido, atravesó el pecho del rey con su espada.
Alph soltó un jadeo ahogado. Sus ojos se abrieron desmesuradamente antes de que el brillo de la vida se desvaneciera de ellos. Cayó pesadamente sobre los escalones de mármol del trono.
—¡Alph! —gritó Caelia.
La reina se arrodilló junto a su esposo, manchando sus finas sedas con la sangre real. Konrad la observó con una frialdad absoluta. Sin mediar palabra, el general levantó su arma una vez más y la descargó con fuerza, terminando con la vida de la reina Caelia Varden al lado del hombre con el que había gobernado Tharion.
—
Minutos después, las puertas laterales del salón volaron en pedazos.
El príncipe Navarrus entró al frente de un destacamento de soldados costeros, seguido de cerca por el general Aegmar. Sus espadas estaban teñidas del rojo de los defensores de la Sangrienta Legión que acababan de abatir en los pasillos.
Navarrus se detuvo en seco. La escena ante sus ojos congeló la sangre en sus venas.
En los escalones del trono, los cuerpos de su padre y de su madre yacían inertes en un charco de sangre que se expandía sobre el mármol blanco. Konrad Rathsear ya no estaba allí; había retrocedido hacia las galerías superiores para reagrupar a sus fuerzas sobrevivientes, dejando tras de sí el escenario de su brutal ejecución.
—No… —susurró Navarrus. Su espada cayó de sus manos, produciendo un tintineo metálico que resonó de forma tétrica en el salón vacío.
Se desplomó de rodillas junto a los cuerpos, tomando la mano fría de su madre. Las lágrimas corrieron por sus mejillas, mezclándose con la ceniza que ensuciaba su rostro. Aegmar se acercó despacio, guardando un respetuoso silencio, con la cabeza baja ante la caída de los monarcas a los que había servido durante décadas.
De entre las sombras de la entrada, Samara Warclouds avanzó con pasos suaves. Su rostro mostraba una profunda tristeza, una máscara de pesar perfectamente ensayada. Se arrodilló al lado de Navarrus y le rodeó los hombros con un brazo, pegando su cuerpo al de él.
—Llegamos demasiado tarde, mi príncipe —susurró Samara al oído de Navarrus. Su voz, cargada de ese sutil e imperceptible influjo místico, penetró en el dolor del joven—. Konrad debe pagar por esto. Su Sangrienta Legión debe ser exterminada hasta el último hombre.
Navarrus alzó la vista. Sus ojos, antes nublados por el dolor, se encendieron con una furia fría y ciega al recibir el sutil susurro psíquico de su prima.
—Los mataré —juró Navarrus, con los dientes apretados—. Los mataré a todos.
Samara apretó el hombro del príncipe con fuerza, esbozando una sutil e invisible sonrisa en la penumbra. Las cuatro doncellas que podían reclamar el este estaban muertas, y los reyes de Tharion habían caído. Navarrus era ahora el único heredero de una corona rota, y ella sostenía las riendas de su voluntad. La cosecha de cenizas había sido un éxito absoluto.
Capítulo 7: El Filo de la Tragedia
La llovizna helada caía sin tregua sobre el bosque de pinos negros que rodeaba el campamento, transformando la tierra en un fango espeso y frío que se aferraba a las botas. El aire olía a pino mojado, a herrumbre y a la persistente podredumbre de las heridas que no lograban sanar.
Alina se arrodilló junto a la orilla del arroyo. El rumor del agua chocando contra las piedras apenas lograba acallar el eco de los gritos del asedio que aún resonaban en su cabeza. Tenía las yemas de los dedos entumecidas y la piel de las manos agrietada por el frío. Metió el cubo de madera en la corriente, observando cómo el agua turbia se arremolinaba antes de llenarlo. La muerte de sus padres en el Palacio de Mármol y el brutal sacrificio de Alyssa, Talia, Lyanna y Shae pesaban sobre su pecho como una losa de plomo. Ya no quedaba nada de la princesa que solía cantar en los jardines; solo quedaba una superviviente rota que intentaba mantener a flote lo poco que quedaba de su familia.
Un crujido de ramas secas a su espalda la hizo sobresaltarse. Alina soltó el asa del cubo y se puso en pie de inmediato, tocando instintivamente la pequeña daga que llevaba en el cinto.
De entre la penumbra de los troncos surgió Arnoul.
Alina contuvo el aliento. El aspecto de su amigo de la infancia era deplorable. No llevaba el jubón limpio de la corte, sino un capote de lana sucia y deshilachada. Tenía la armadura abollada, cubierta de una pátina de barro gris, y sus ojos se mostraban hundidos, inyectados en sangre por las noches en vela. Un fuerte olor a vino agrio y a desesperación emanaba de él.
—Alina… —susurró Arnoul. Su voz era un hilo ronco, desprovista de cualquier rastro de la calidez o la picardía que solía definirlo—. Al fin te encuentro sola. Las patrullas costeras no me dejaban acercarme. Ella… Samara nos vigila, Alina. Todos nos vigilan.
—Arnoul, estás borracho —respondió ella, dando un paso atrás hasta sentir el agua helada del arroyo rozar sus talones—. Vuelve al campamento. El general Aegmar nos necesita despiertos si queremos planear el siguiente movimiento.
—¡A la mierda Aegmar! ¡Y a la mierda tu hermano! —bramó Arnoul, dando un paso violento hacia ella. El temblor de sus manos delataba la tormenta que Samara había desatado en su cabeza—. Navarrus está ciego. ¿No lo ves? Se pasa las noches en la torre de esa mujer, entregándole nuestro reino mientras nosotros morimos en el fango. Y tú… tú estás perdiendo la cabeza por ese monstruo del norte.
—No hables de Revor, Arnoul —advirtió Alina con firmeza, aunque su voz flaqueó ligeramente al notar la locura que brillaba en las pupilas de su amigo.
—¡He visto cómo te mira! ¡He visto cómo te toca con sus manos de carnicero! —gritó Arnoul, perdiendo el control por completo.
Antes de que Alina pudiera reaccionar, Arnoul se abalanzó sobre ella y la tomó bruscamente del antebrazo. El metal de su guantelete se clavó en la carne de la princesa.
—¡Suéltame, Arnoul! ¡Me estás haciendo daño! —exclamó Alina, intentando zafarse con desesperación. El cubo de madera volcó, desparramando el agua recolectada sobre la tierra fangosa.
—Tienes que venir conmigo —siseó él, tirando de ella con una fuerza desmedida, arrastrándola hacia la espesura del bosque—. Te tiene hechizada. Esas bestias del norte os corrompen a todos. Navarrus está perdido, pero yo te salvaré. ¡Yo crucé el desierto por ti, Alina! ¡Yo sangré por ti mientras él se escondía en los bosques! Vendrás conmigo al sur, aunque tenga que llevarte a rastras.
—¡He dicho que la sueltes! —rugió una voz profunda que hizo vibrar las copas de los pinos.
De la penumbra del bosque emergió la imponente figura de Revor. Con el rostro desencajado por la furia y la respiración agitada, el colosal guerrero norteño no dudó. Con un solo movimiento de su brazo izquierdo, golpeó el pecho de Arnoul con la fuerza de un ariete.
El impacto lanzó al cortesano tres metros atrás. Arnoul cayó de espaldas sobre el lodo, soltando un gemido ahogado cuando el aire abandonó sus pulmones.
Revor se interpuso de inmediato entre Alina y el agresor, protegiéndola con su enorme torso. Su mano izquierda descansó sobre el pomo de la gran hacha de combate que colgaba de su espalda. Sus cicatrices del norte palpitaban bajo la llovizna.
—Vuelve a ponerle una mano encima —gruñó el bárbaro, con una mirada tan gélida como los glaciares de su tierra natal—, y te juro por los huesos de mis ancestros que no quedará suficiente de ti para que te entierren.
Arnoul se levantó despacio, apoyando las palmas en el fango. Se limpió la comisura de la boca con el dorso del guantelete y soltó una carcajada ronca, desquiciada. Los sutiles susurros psíquicos con los que Samara había envenenado sus celos terminaron de qubrar el último dique de su cordura. En su mente distorsionada, Revor no era un protector; era la bestia que le arrebataba lo único que le daba sentido a su miserable vida.
—¿Lo ves, Alina? —siseó Arnoul, desenvainando su espada corta con un chillido metálico que cortó el murmullo de la lluvia—. ¡El monstruo defiende a su presa! Pero hoy no, bestia. Hoy se acaba tu farsa.
Arnoul se lanzó al ataque con una agilidad desesperada. El acero de su espada buscó el cuello del gigante.
Revor, que no deseaba asesinar al amigo de la infancia de Alina, contuvo el golpe de su hacha pesada y utilizó el mango de madera para desviar la estocada. El metal chocó contra la madera reforzada con un chispazo seco.
—¡Arnoul, detente! ¡Vas a morir! —gritó Alina, con las manos apretadas contra el pecho, sintiendo que el mundo se desmoronaba a su alrededor.
Pero Arnoul ya no escuchaba. Cegado por un odio visceral, comenzó a lanzar estocadas rápidas y erráticas, obligando a Revor a retroceder sobre el terreno resbaladizo. El bárbaro esquivaba los ataques con dificultad, entorpecido por el barro y por su propia renuencia a asestar un golpe mortal.
—¡Lucha, cobarde! ¡Lucha! —bramaba Arnoul, lanzando un tajo lateral que rasgó la túnica de Revor, dibujando una línea de sangre en su costado.
Revor soltó un rugido de dolor y contragolpeó con el hombro, derribando a Arnoul una vez más. Pero el cortesano se incorporó de inmediato con la rapidez de un animal rabioso. Aprovechando que el bárbaro resbalaba en una raíz húmeda al intentar recuperar el equilibrio, Arnoul avanzó con una ferocidad inaudita.
El acero corto de Arnoul brilló bajo la llovizna.
Con un tajo descendente y preciso, la hoja de hierro atravesó el hombro derecho de Revor, rebanando tendones, músculos y hueso en una explosión de sangre caliente que tiñó la nieve derretida.
Un grito de agonía pura, desgarrador y salvaje, escapó de la garganta del gigante. El brazo derecho de Revor, la extremidad que había empuñado el acero en tantas batallas, cayó desprendido sobre el fango, aún contrayéndose espasmódicamente.
Revor cayó de rodillas, sujetando el muñón sangrante con su mano izquierda mientras la vida se le escapaba a borbotones entre los dedos. Su rostro, antes inquebrantable, se tornó pálido como la cera, y sus ojos comenzaron a perder el brillo de la consciencia.
—¡No! ¡Revor! —el grito de Alina se ahogó en su garganta.
Arnoul, con el rostro salpicado de la sangre del bárbaro y una sonrisa de triunfo demente, alzó su espada corta con ambas manos por encima de su cabeza, listo para descargar el golpe de gracia sobre el cuello del guerrero indefenso.
—Se acabó, bestia —murmuró Arnoul, con los ojos inyectados en una locura sin retorno.
El tiempo pareció detenerse para Alina. Vio la hoja de Arnoul a punto de descender, vio la sangre de Revor tiñendo el fango y sintió cómo un torrente de adrenalina y pánico absoluto le borraba el miedo. Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Se abalanzó hacia adelante y tomó con ambas manos la pequeña hacha de mano que Revor utilizaba para cortar leña, la cual descansaba junto a los troncos apilados. El mango de fresno estaba húmedo y pesado.
Con un grito que no pareció humano, Alina descargó el hacha con toda la fuerza de su cuerpo.
El filo de hierro se hundió con un crujido seco y espantoso directamente en el centro del cráneo de Arnoul.
El golpe detuvo el movimiento del cortesano en seco. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, perdiendo la chispa de la locura para ser reemplazada por una lucidez de espanto absoluto. La espada resbaló de sus dedos, tintineando contra una roca. Permaneció inmóvil una milésima de segundo, mirando a Alina con una mezcla de infinito dolor y desconcierto.
Luego, el cuerpo de Arnoul se desplomó pesadamente hacia adelante, quedando inerte sobre el lodo, con el hacha aún encastrada en su frente.
El silencio volvió a adueñarse del bosque, roto únicamente por el rítmico goteo de la llovizna y la respiración entrecortada de la princesa.
Alina dio dos pasos hacia atrás, tambaleándose. Se miró las manos; estaban empapadas de la sangre caliente de su amigo de la infancia. Dirigió la mirada al cuerpo inerte de Arnoul, el joven que solía hacerla reír en los salones del Palacio de Mármol antes de que la guerra y los susurros de los usurpadores destruyeran su mundo.
La inocencia de la princesa Alina Navarz murió en ese bosque, enterrada bajo el cuerpo sin vida de su amigo y la carne mutilada del hombre que amaba.
—Revor… —gimió Alina, cayendo de rodillas al lado del gigante moribundo.
Olvidando el horror de lo que acababa de hacer, desgarró las mangas de su propio vestido para improvisar un torniquete de urgencia alrededor del muñón de Revor, presionando con todas sus fuerzas mientras sus propias lágrimas se mezclaban con la sangre y la lluvia que caía sobre la Bahía de las Brumas.
Capítulo 8: Honor Traicionado
El Patio de los Reyes se ahogaba en un manto de hollín y silencio sepulcral.
Las columnas jónicas del Palacio de Mármol, antaño blancas y majestuosas, ahora lucían cicatrices negras de hollín. Las llamas devoraban las tapicerías reales en las galerías superiores, arrojando una lluvia constante de ascuas sobre las piedras del suelo. Los cuerpos de los soldados caídos de la milicia de hierro y de las huestes costeras yacían esparcidos sobre el pavimento de granito, mudos testigos del asalto definitivo.
En el centro del patio, rodeado por un círculo de fuego y escombros, esperaba el desenlace de una rivalidad de diez años.
El general Konrad Rathsear permanecía firme, con la respiración pesada y ronca tras su visera de hierro negro. Su enorme espadón de combate, manchado de sangre reseca, descansaba sobre su hombro blindado. Su figura, masiva y amenazante, encarnaba la furia del exilio y el resentimiento acumulado en el norte helado.
Frente a él, el general Aegmar desenvainó su espada de hoja recta. El conquistador de Alinor no llevaba escudo. Su brazo izquierdo, mutilado en las viejas guerras, estaba firmemente pegado a su costado, pero su postura era tan equilibrada y firme como un pilar de piedra. A pesar del cansancio que le surcaba las arrugas del rostro y de la llovizna que le empapaba el cabello canoso, sus ojos reflejaban la calma absoluta del estratega que ha visto mil batallas.
—Al fin, Aegmar —dijo Konrad. Su voz, distorsionada por el yelmo, sonó como un chirrido de metal—. El rey débil ha muerto bajo mi acero; su reinado ha terminado. Solo quedas tú para sostener esta dinastía podrida.
—No defiendo a una dinastía, Konrad —respondió Aegmar, adoptando la clásica guardia de la escuela real—. Defiendo el hogar que tú y tus hombres habéis convertido en cenizas.
Konrad rugió. Su grito de guerra resonó en las bóvedas de los soportales en ruinas.
El usurpador avanzó con una velocidad asombrosa para su tamaño. Descargó su espadón en un arco descendente y feroz. El golpe llevaba la fuerza suficiente para partir a un caballo en dos. Aegmar no intentó bloquear el impacto directamente; en su lugar, pivotó sobre su talón derecho con la agilidad de un esgrimista en su juventud. El acero negro de Konrad golpeó el aire, astillando una losa de granito con un chispazo ensordecedor.
Antes de que Konrad pudiera recuperar el equilibrio, Aegmar lanzó una estocada rápida que arañó la junta de la hombrera del rebelde. Un hilillo de sangre brotó sobre el metal oscuro.
—¡Maldito viejo escurridizo! —bramó Konrad.
El gigante de hierro negro giró sobre sí mismo, lanzando barridos horizontales y brutales. Aegmar retrocedía con pasos medidos, parando los golpes con desvíos milimétricos de su hoja. El choque de las espadas producía un repique constante, una melodía metálica que se elevaba sobre el crepitar del incendio. Konrad atacaba con la rabia desatada de un animal acorralado; Aegmar se defendía con la economía de movimientos de un maestro, calculando cada respiración, esperando el único error que sabía que su rival cometería.
El cansancio comenzó a hacer mella en el asaltante. Sus mandobles se volvieron ligeramente más lentos, y su guardia se abrió un palmo al descargar un golpe lateral.
Aegmar vio el hueco al instante. En lugar de retroceder, dio un paso al frente, esquivando el filo por centímetros. Su hoja recta relució bajo la luz de los braseros. Con un movimiento seco e impecable, hundió el acero a través de la juntura de la axila de Konrad, justo donde el metal cedía paso a la cota de malla.
El espadón de Konrad cayó al suelo con un estrépito metálico. El general rebelde hincó las rodillas en el pavimento, ahogando un gemido de dolor mientras la sangre brotaba por su costado. Aegmar retiró su espada con presteza y lo miró con una mezcla de tristeza y severidad.
—Se acabó, Konrad. Tu guerra termina aquí —dijo el viejo estratega, jadeando por el esfuerzo extremo de la lucha.
Aegmar apoyó la punta de su espada en el suelo, usándola como un bastón temporal para recuperar el aliento. Sentía que el pecho le ardía y que las piernas le temblaban bajo el capote húmedo. Había vencido al mayor peligro de Tharion.
Unos pasos apresurados resonaron a sus espaldas.
Navarrus entró en el patio con la espada desenvainada. Su rostro estaba pálido, y sus ojos, habitualmente claros, lucían una fijeza vidriosa e inquietante. En su mente no resonaba el crepitar de las llamas ni el rumor de la lluvia; solo escuchaba las palabras protectoras de Samara, que le habían susurrado durante semanas en la intimidad de las costas. “Aegmar es el verdadero obstáculo, mi príncipe. Él dejó morir a tus padres para reclamar la regencia. Te considera un niño débil. Si quieres salvar tu trono, debes apartarlo antes de que sea tarde”.
Al ver al príncipe, Aegmar esbozó una leve sonrisa de alivio. —Navarrus… Konrad ha sido derrotado —dijo el viejo general, dándose la vuelta a medias—. Asegura el Palacio de Mármol. La victoria es…
Las palabras se le congelaron en la garganta.
Navarrus no se detuvo. Con un movimiento fluido y desprovisto de cualquier duda, impulsó su espada de gala hacia delante. El acero real atravesó la espalda de Aegmar, rasgando el capote de lana y brotando con un brillo sangriento por su pecho.
El viejo estratega abrió los ojos con una mezcla de absoluto desconcierto y dolor físico. Su espada cayó de sus dedos flojos, tintineando contra el granito. Se giró despacio, mirando a su alumno, al niño que había entrenado desde que apenas podía levantar una rama de madera. En sus ojos cansados no había odio; solo una profunda e infinita compasión.
—Navarrus… ¿por qué…? —susurró Aegmar, con la voz rota por un hilo de sangre.
—Has traicionado a mi estirpe, viejo —respondió Navarrus. Su tono era plano, desprovisto de la ira natural, como si repitiera una lección largamente ensayada—. Te interpones entre Tharion y su rey. No dejaré que me arrebates lo que es mío.
Navarrus retiró la hoja con un tirón seco.
El cuerpo de Aegmar, el legendario conquistador de Alinor y el último escudo honesto de Tharion, se desplomó pesadamente sobre las losas húmedas del patio. Sus ojos fijos contemplaron por última vez las nubes de ceniza antes de perder el brillo de la vida.
Navarrus limpió la sangre de su espada en el dobladillo de su propia capa, sintiendo cómo el sordo dolor de su nuca cesaba por completo. Se sentía fuerte, libre y legítimo, ajeno a la terrible verdad: acababa de asesinar al único hombre dispuesto a dar la vida por él, entregando las llaves del reino a las manos gélidas que lo esperaban en las sombras.
Capítulo 9: Sombra y Relámpago
El gran Templo de la diosa Gal, erigido en el corazón de la capital, olía a ozono quemado y a incienso rancio. Las bóvedas de mármol blanco, que una vez reflejaron la devoción de Tharion, ahora se ahogaban en una neblina violeta de origen místico.
En el centro del altar, Solina permanecía suspendida a escasos palmos del suelo. Su cuerpo ya no parecía del todo humano. Los hilos dorados de su cabello flotaban en el aire como si estuvieran sumergidos en agua invisible, y sus ojos carecían de pupilas; eran dos cuencas de una luz blanquecina y cegadora. La deidad demoníaca que la poseía devoraba su cordura segundo a segundo, pero a cambio le otorgaba un poder físico sobrecogedor. Chispas de energía estallaban a su alrededor, agrietando las baldosas de piedra con chasquidos metálicos.
—¡Muéstrate, rata costera! —bramó Solina, y su voz resonó con un eco doble y distorsionado que sacudió los cimientos del santuario—. ¡Este templo es mi dominio! ¡Yo soy la carne de Gal!
El silencio de las sombras fue la única respuesta.
Samara Warclouds no tenía intenciones de responder al desafío. Oculta en la penumbra de las galerías superiores, agachada sobre una de las vigas de madera de tejo que sostenían el techo, la joven de las costas respiraba con lentitud. Había prescindido de su armadura de escamas de bronce para este asalto; vestía únicamente cueros ajustados de un negro riguroso que no reflejaban la luz. En sus manos sostenía su arco recurvo de hueso de ballena, listo y tenso.
Solina levantó una mano hacia el pasillo izquierdo. De sus dedos brotó un torrente de relámpagos violetas que iluminó la nave principal con un fulgor de pesadilla. El rayo impactó contra una hilera de columnas, que se derrumbaron en una lluvia de escombros calcinados. El calor del impacto llegó hasta el techo, pero Samara ya se había desplazado con la agilidad de un felino hacia la siguiente sección de vigas, sin emitir un solo roce.
«La fuerza de un demonio, pero la paciencia de una bestia herida», pensó Samara, entornando los ojos grises en la oscuridad.
Con movimientos milimétricos, Samara sacó una flecha de su carcaj. La punta de obsidiana negra había sido sumergida en aceite espeso. Apuntó, soltó la cuerda y el proyectil silbó en el aire. La flecha no se dirigió a Solina, sino al gran brasero de bronce que ardía en el flanco este del altar. El impacto fue certero: el brasero volcó y el combustible se derramó, extinguiendo el fuego principal de esa sección.
La penumbra se tragó un tercio del templo.
—¡Sé dónde estás! —gritó Solina, girándose de inmediato. Lanzó otra descarga de electricidad estática hacia las alturas, pero el relámpago solo encontró madera vacía.
Samara ya se encontraba en el lado opuesto. Sin prisa, disparó una segunda flecha que derribó una de las lámparas de aceite que colgaban de las paredes. Luego otra, y otra más. Con cada impacto, el templo perdía su luz, sumergiéndose en una oscuridad cada vez más densa y fría. El pánico empezó a filtrarse a través de la presencia demoníaca de Solina; la deidad no podía atacar lo que no podía ver, y su misticismo destructivo requería un blanco claro.
—¡Sal de ahí! ¡Pelea como un soldado! —chilló la bruja, y un arco de energía descontrolada brotó de su pecho, destrozando varias estatuas de mármol. El polvo blanco de la piedra flotó en el aire, enturbiando aún más la visibilidad.
Desde la neblina, una flecha de obsidiana rasgó el viento.
No buscaba el corazón de Solina, sino su movilidad. El proyectil se clavó profundamente en el hombro izquierdo de la bruja. El grito de Solina fue agudo, una mezcla de dolor humano y furia demoníaca. Intentó levantar su mano derecha para contratacar, pero una segunda flecha le atravesó la palma, clavándole los dedos a la empuñadura de bronce del altar detrás de ella.
—El poder de tu demonio depende de tu concentración, Solina —dijo una voz que pareció surgir de todas las esquinas del templo a la vez. Era una modulación suave, gélida, desprovista de cualquier emoción.
Solina forcejeó, arrancándose la flecha de la mano con un desgarrador alarido de rabia. Los relámpagos brotaron sin control de sus dedos heridos, pero la puntería ya no era precisa. Las descargas golpeaban el suelo y el techo de forma aleatoria, levantando nubes de chispas y ceniza.
Samara descendió de las alturas con una caída amortiguada y perfecta, cayendo de pie a escasos metros de la plataforma del altar. La luz violeta de los ojos de Solina iluminó el rostro de la costera: su mirada era un pozo de calma matemática. No había prisa en sus movimientos mientras colocaba una última flecha en la cuerda de su arco.
—Tú creíste que gobernar Tharion era una cuestión de fe y milagros —murmuró Samara, tensando el arco hasta que el hueso de ballena crujió levemente—. Pero la corona pertenece a quien sabe calcular el coste de cada vida.
—¡Yo soy una diosa! —rugió Solina, y un último y desesperado destello de energía violeta comenzó a acumularse en su frente.
La cuerda del arco silbó por última vez.
La flecha de obsidiana atravesó la garganta de Solina antes de que el relámpago pudiera formarse. La luz blanca de sus ojos se apagó al instante, sustituida por un hilo espeso de sangre oscura que brotó de sus labios. El cuerpo de la bruja cayó pesadamente sobre las gradas del altar, con un golpe seco y sordo que resonó en el templo ahora sumido en la penumbra. El humo violeta comenzó a disiparse, ascendiendo hacia las bóvedas rotas como un espíritu que abandona un caparazón inútil.
Samara bajó el arco despacio. Se acercó al cadáver, se agachó y, con dedos gélidos y firmes, despojó el cuello de Solina del amuleto de piedra negra que canalizaba los secretos del templo. Lo guardó en su cinturón sin mirarlo, con la fría indiferencia de quien recoge una herramienta de trabajo.
El silencio volvió a reinar en el Templo de Gal, un silencio pesado que anunciaba el fin de una era y el nacimiento de una dinastía mucho más implacable.
Capítulo 10: El Silencio del Golfo
La ceniza caía sobre la capital como una nieve gris, templada y perversa, que ensuciaba las estatuas derribadas de los antiguos reyes. El humo del incienso de Gal comenzaba a disiparse, pero el aire del Palacio de Mármol aún sabía a azufre, a sangre seca y a metal quemado.
El silencio que cubría la ciudad era absoluto. No era un silencio de paz, sino el mutismo de un pueblo de rodillas.
Navarrus avanzó por la escalinata del Salón del Trono. Sus pasos resonaban en la inmensidad de la sala vacía, desprovistos de la prisa del conquistador. Su mirada estaba vidriosa, apagada por la fiebre de una sugerencia cognitiva que ya formaba parte de su propia sangre. Aún llevaba en las manos los restos de las vendas con las que había amortajado su conciencia tras hundir su acero en la espalda del general Aegmar. En su mente ya no quedaba espacio para la culpa; solo existía la certeza absoluta de que el trono le pertenecía por derecho de sangre y de que Samara, su hermosa y leal salvadora, le esperaba para gobernar juntos.
Al final de la sala, sobre el Trono Sombrío de obsidiana, estaba ella.
Samara Warclouds no vestía corona, pero no la necesitaba. Llevaba una túnica de seda negra ceñida con un cinturón de escamas de bronce. En su regazo descansaba el arco de hueso de ballena, desarmado, y sobre sus faldes brillaba el amuleto de amatista que le había arrebatado al cadáver templado de Solina. A sus flancos, ocultos en la penumbra de las columnas corintias, decenas de arqueros costeros permanecían apostados como gárgolas inmóviles.
—Samara… —la voz de Navarrus tembló con una mezcla de cansancio y devoción—. Konrad ha muerto. Solina ha caído. Las cenizas de Tharion se han apagado… Hemos vencido.
Samara se levantó con una lentitud felina. Descendió los escalones del estrado de piedra y se detuvo a un paso de él. Sus ojos grises, limpios de cualquier rastro de fatiga o piedad, lo examinaron de arriba abajo. Con un gesto de sutil calidez, extendió la mano y le acarició la mejilla, donde la costra de sangre de Aegmar aún seguía adherida.
—Hemos vencido, Navarrus —susurró ella, y su voz volvió a resonar en la nuca del príncipe con ese influjo gélido y reconfortante—. Pero tu definición de “nosotros” siempre ha sido demasiado estrecha.
Navarrus parpadeó, desconcertado. Por primera vez en semanas, una pequeña grieta de lucidez se abrió en su mente. —¿Qué quieres decir? La dinastía Navarz… el trono…
—La dinastía Navarz murió cuando tu padre trocó sus votos de sangre por el oro de los mercaderes —respondió Samara. Su voz ya no arrastraba el susurro hipnótico del romance; era fría, cortante y matemática—. Y tú, mi dulce príncipe, no eres más que el último eslabón de una estirpe de reyes débiles. Asesinaste a Aegmar por mi consejo. Traicionaste a tu propia sangre porque mi mente te lo ordenó. ¿De verdad creías que un hombre tan maleable podría sostener las riendas de un imperio?
El dolor en la nuca de Navarrus regresó, pero esta vez lo hizo con la fuerza de un rayo. Cayó de rodillas sobre el frío mármol, sujetándose la cabeza con ambas manos, mientras la telaraña psíquica de Samara se desintegraba, revelándole de golpe la monstruosa verdad. Vio su propia traición. Vio el rostro horrorizado de Aegmar al ser apuñalado por la espalda. Vio las muertes de sus padres, de las doncellas, de Arnoul… comprendiendo, en un segundo de agonía absoluta, que cada pérdida había sido un peón sacrificado por la mujer que tenía enfrente.
—Tú… —gimió Navarrus, mirándola con los ojos empañados en lágrimas de pura rabia—. Nos usaste a todos…
—Tharion no necesita un rey que llore por el pasado —dijo Samara, tomando una de las flechas de obsidiana de su carcaj—. El Golfo necesita un solo timón. Una mano que no tiemble al amputar el miembro podrido para salvar el reino.
Sin una sola pizca de vacilación, con la precisión quirúrgica de una espía costera, Samara hundió la punta de obsidiana directamente en la garganta de Navarrus.
El príncipe apenas emitió un gemido ahogado. Se desplomó hacia delante, con la frente apoyada en el primer escalón del estrado, mientras su sangre de oro real se mezclaba con la ceniza gris del suelo. Samara ni siquiera se apartó para evitar salpicarse. Simplemente dio un paso atrás, observando el cuerpo inerte con la indiferencia de quien contempla una tarea terminada.
—Lleváoslo —ordenó a las sombras—. Que el clero lo entierre como el último héroe trágico de Tharion.
Lejos del Palacio de Mármol, más allá de las murallas destrozadas y de las patrullas silenciosas de la milicia costera, un carromato de madera vieja avanzaba lentamente por el sendero del sur.
La llovizna helada lavaba el lodo del camino. Sentado en el pescante, envuelto en una tosca capa de lana marrón, Revor de las montañas sujetaba las riendas con su única mano izquierda. El muñón de su brazo derecho, toscamente cicatrizado y vendado, descansaba contra su pecho, dándole un aire de gigante caído pero inquebrantable. A su lado, Alina miraba hacia atrás, contemplando por última vez la silueta negra de la capital que se desvanecía entre la bruma del norte.
Tenía las mejillas húmedas, pero no por la llovizna. Llevaba un hacha pequeña atada a su cinturón, la misma herramienta con la que había quebrado la vida de Arnoul para salvar al bárbaro. En sus manos ya no había joyas ni anillos reales; solo la aspereza de quien ha tenido que excavar la tierra con sus propios dedos para sobrevivir.
—¿Estás segura, Alina? —preguntó Revor con su voz profunda, rota por el cansancio físico—. No queda nada allí. Pero tú eres la legítima reina. Si regresamos… si luchamos…
Alina se volvió hacia él y colocó su mano pequeña y vendada sobre la única mano del bárbaro. Forzó una sonrisa cansada, una mueca desprovista de ambición pero cargada de una paz inmensa y amarga.
—La corona solo nos ha dado tumbas, Revor —dijo ella, apoyando la cabeza en su hombro sano—. Dejemos que Samara gobierne sobre sus cenizas. Nosotros ya hemos pagado nuestro tributo de sangre.
El carromato continuó su marcha silenciosa hacia el sur profundo, perdiéndose entre los campos de trigo silvestre y los bosques de pinos olvidados. No había estandartes, ni vítores, ni trompetas reales. Solo dos almas rotas que huían del juego de tronos para ocultarse en el anonimato de la tierra, sembrando una vida humilde donde el nombre de los Navarz nunca volviera a ser pronunciado.
En la capital, Samara Warclouds ascendió de nuevo al Trono Sombrío de obsidiana. Se sentó en silencio, ajustando el amuleto de amatista en su cuello, contemplando un reino que ahora le pertenecía por completo.
La dinastía había caído. La Bruja Oscura había ascendido y descendido en un mar de fuego. Pero al final, el silencio del Golfo pertenecía únicamente a la Sombra del Mar.
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