Hubo un tiempo en que no podías pisar cualquier baldosa.
No porque estuviera rota ni porque tu vieja acabara de pasar el trapo. Había baldosas permitidas y otras que no. Algunas eran lava, otras tenían cocodrilos debajo y unas pocas, las peores, te hacían perder una vida.
Nadie había escrito las reglas. Tampoco hacía falta.
Saltabas desde una punta del comedor hasta el sillón calculando dónde apoyar el pie y, si la distancia era demasiado grande, siempre quedaba el recurso de estirarse hasta límites que años después descubrirías que la columna vertebral no estaba dispuesta a tolerar.
El sillón era zona segura. Podías quedarte ahí todo el tiempo que quisieras, aunque tampoco demasiado; el juego necesitaba peligro. Desde el sillón había que alcanzar la silla, después la alfombra y finalmente aquella baldosa marrón junto a la puerta que, por alguna razón que nadie discutía, era inmune a la lava.
A veces jugabas solo. Y eso tampoco era un problema. Un chico solo nunca está completamente solo.
Había enemigos detrás de las puertas, soldados debajo de la mesa y expediciones enteras que podían organizarse con dos sillas y una frazada. Una caja grande era un auto. Una caja todavía más grande podía ser una casa. Y si aparecía una caja enorme, de esas donde venía una heladera, durante algunos días dejabas de necesitar prácticamente cualquier otra cosa que pudiera comprarse en una juguetería.
Los adultos tenían una relación bastante extraña con todo aquello.
Veían una caja. Nada más.
Incluso podían cometer la barbaridad de tirarla. No entendían que estaban destruyendo una fortaleza, un barco pirata o la única nave espacial disponible para regresar a la Tierra antes de la hora de la merienda.
Los pasillos tampoco servían solamente para comunicar habitaciones. Un pasillo largo pedía correr. Había que arrancar desde el fondo, acelerar todo lo posible y frenar antes de estrellarse contra alguna puerta. A veces no se frenaba. Entonces aparecía tu vieja y, durante algunos minutos, el pasillo recuperaba su condición de pasillo. Después se le pasaba.
También estaban los cordones de la vereda. Había que caminar por arriba sin caerse. Los brazos abiertos ayudaban a mantener el equilibrio y cualquiera que bajara un pie antes de llegar a la esquina sabía perfectamente que había fracasado. Nadie preguntaba para qué. Esa pregunta vino después.
En la plaza ocurría algo parecido. Los fabricantes de toboganes insistían en colocar una escalera de un lado y una pendiente del otro, pero los chicos sabíamos que aquello era apenas una sugerencia. Se podía subir por donde se bajaba. Bajar sentado, acostado, de espaldas o entre varios, hasta que algún padre decidiera intervenir antes de que la tarde terminara en la guardia.
Las hamacas tenían una misión todavía más importante: llegar lo más alto posible. Había un punto, justo cuando las cadenas quedaban casi horizontales, en el que uno estaba convencido de que con un poco más de impulso podía dar la vuelta completa. Nunca ocurría. Pero faltaba poco. Siempre faltaba poco.
Cuando llovía, además, sucedía algo incomprensible para los grandes. Ellos corrían para no mojarse. Nosotros queríamos salir. Había charcos esperando zapatillas, canaletas que se convertían en ríos y pequeños barcos hechos con cualquier cosa capaz de flotar durante veinte segundos. Volver con las medias empapadas era parte del asunto. Después venía el reto. Y después, la ropa seca.
No pasaba nada.
Lo extraño es que nadie recuerda cuándo terminó todo eso. No hubo una última tarde anunciada. Nadie dijo: “Mañana el piso dejará de ser lava”.
Simplemente ocurrió.
Un día atravesaste el comedor caminando sobre todas las baldosas. Sin saltar. Sin calcular. Sin morir. Y no te diste cuenta.
Alguna vez caminaste por última vez sobre el cordón de una vereda con los brazos abiertos y después empezaste a caminar al lado. Alguna vez viste una caja enorme y ya no pensaste en meterte adentro. Alguna vez llovió y, en lugar de salir corriendo hacia el patio, cerraste una ventana. Alguna vez pasaste por un pasillo largo y llegaste hasta el otro extremo caminando.
Como corresponde.
También llegó el día en que acompañaste a un chico a una plaza. Lo viste subir por la rampa del tobogán mientras otros intentaban bajar y estuviste a punto de decirle que para subir estaba la escalera. Tal vez incluso se lo dijiste.
Porque para entonces ya conocías perfectamente la manera correcta de usar un tobogán. Habías aprendido muchas cosas: a mirar antes de cruzar, a llegar a horario, a cuidar la ropa, a no mojarte, a pagar las cuentas, a guardar los documentos, a cerrar con llave y a entender que una caja es apenas una caja.
Cosas necesarias.
El problema es que nadie te avisó que, mientras aprendías todo eso, estabas olvidando otras.
Por eso, cuando ves a un chico caminando por el cordón de una vereda con los brazos abiertos, no hace falta corregirlo. Él sabe perfectamente lo que está haciendo.
El que ya no puede ver el precipicio sos vos.
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