El sol de la tarde se filtraba débilmente por los altos y majestuosos ventanales con vidrios emplomados del viejo templo colonial, proyectando alargadas sombras geométricas sobre las bancas de madera desgastada e iluminando las diminutas motas de polvo que flotaban en el ambiente reverente, casi místico, del lugar.
Sentada cerca del majestuoso mueble de madera tallada del instrumento principal, Doña Martha, una mujer de muy avanzada edad que había dedicado las últimas décadas de su vida en cuerpo y alma a tocar el órgano tubular en aquel recinto sagrado, hojeaba lentamente las páginas amarillentas y frágiles de un periódico local. Sentía una pesadez profunda y sofocante que le oprimía el pecho con cada inhalación.
La noticia destacada en la sección comunitaria de la jornada era una puñalada directa y dolorosa a su corazón: el padre Anselmo, un entrañable amigo de toda la vida, confidente y abnegado sacerdote del templo, había sido hallado completamente muerto en el interior de su humilde residencia tras no presentarse a oficiarla misa matutina habitual.
Los informes médicos preliminares y los peritos policiales indicaban una muerte apacible por causas puramente naturales relacionadas con su avanzada edad y el desgaste de su salud. Con un largo suspiro cargado de una melancolía abrumadora, dolor físico y una inevitable nostalgia por los tiempos pasados, la anciana dobló el diario con manos temblorosas y lo colocó sobre la mesa de madera justo en el preciso instante en que la pesada puerta lateral de roble del templo se abrió con un crujido suave y ecoico.
Por el umbral entró la risa fresca, clara, cristalina e inocente de su amada nieta, Cintia, quien venía caminando animadamente acompañada por una simpática y nueva compañera de la escuela a la que Doña Martha no recordaba haber visto jamás.
—¡Hola, abuelita querida! —saludó Cintia con una sonrisa radiante que pareció iluminar por un instante el penumbroso y frío recinto de piedra—. Mira, ella es mi nueva amiga de la preparatoria. Tenía muchísimas ganas de conocerte en persona, saber dónde pasas las tardes y escuchar lo bonito y majestuoso que tocas el antiguo órgano de tubos del templo.
La amiga saludó de inmediato con una inclinación respetuosa, casi exagerada, y una dulzura fingida que rayaba en lo empalagoso.
Acto seguido, con movimientos ágiles, ensayados y sumamente fluidos, rebuscó en el interior de su mochila escolar para sacar una pequeña pero llamativa colección de hermosos dijes y figuras de madera minuciosamente talladas a mano. Las piezas desprendían un fresco y penetrante aroma a pino recién cortado.
—Es un verdadero y profundo honor conocerla finalmente en persona, Doña Martha —dijo la joven con una voz melodiosa, suave y envolvente que retumbó dulcemente en los arcos del templo—. Suelo dedicar mis tardes a tallar estas pequeñas figurillas religiosas para atraer la buena suerte, proteger el hogar y las vendo entre los vecinos y conocidos para juntar algo de dinero para pagar mis estudios. Por favor, acepte esta como un pequeño regalo de mi parte.
Agradecida por el amable gesto de la visitante, la anciana aceptó el detalle con una sonrisa pausada y comprensiva. Viendo que el ambiente era sumamente ameno y tranquilo, Cintia les avisó con entusiasmo que iría un momento a la pequeña cocina del templo para poner a hervir agua y preparar una buena jarra de té caliente para compartir entre las tres. Apenas los pasos de la nieta se alejaron resonando por el largo y silencioso pasillo de baldosas rojas, la atmósfera cálida de la estancia dio un vuelco drástico, pesado y aterrador. El aire interior del templo se volvió gélido de golpe, congelando casi al instante el ambiente y haciendo que el aliento de la anciana fuera perfectamente visible.
La amiga de Cintia borró absolutamente toda calidez y dulzura de su rostro, inclinándose despacio hacia la anciana mientras fijaba en ella una mirada intempestivamente fría, calculadora, siniestra y carente de cualquier rasgo de humanidad.
—Últimamente han estado sucediendo cosas sumamente raras, inquietantes e inexplicables por estos rumbos de la ciudad, ¿no le parece a usted exactamente lo mismo, Doña Martha? —murmuró la muchacha con una ligera, sutil y escalofriante sonrisa ladina jugando en las comisuras de sus labios.
La anciana, cuyo instinto ancestral y espiritual reaccionó de inmediato ante la inminencia del peligro invisible que ahora la acechaba directamente, fingió demencia y absoluta ignorancia. Se encogió ligeramente de hombros, arrugó la frente arrugada por los años y trató de aparentar que era solo una mujer mayor sumamente confundida por el extraño comentario para no delatar su creciente inquietud interior.
Sin embargo, antes de que pudiera articular una sola palabra para cambiar de tema o levantarse torpemente de su asiento, una extremidad peluda, oscura, grotesca y espantosa brotó como un látigo frenético desde la parte posterior de la espalda de la joven.
En una fracción de segundo, aquella cola envolvió el cuerpo de la anciana con una fuerza descomunal y la punta se metió de golpe dentro de su boca abierta, sofocando de inmediato cualquier grito de auxilio, goteo de voz o intento desesperado por respirar.
Doña Martha, completamente aterrorizada, paralizada y con las pupilas dilatadas al máximo por el impacto brutal de la sorpresa, intentó soltarse desesperadamente del agarre, pero sus débiles fuerzas ancianas eran completamente insignificantes frente a semejante poder. La atadura de la cola peluda se ceñía alrededor de su frágil torso como una brutal prensa de hierro forjado que le oprimía las costillas, el diafragma y los pulmones, asfixiándola centímetro a centímetro mientras la extraña chica contemplaba su agónico sufrimiento con un deleite de macabra burla y superioridad absoluta.
—Vaya, vaya… pero quién lo diría, miren nada más a lo que has quedado reducida —susurró la criatura con una voz profunda que comenzaba a distorsionarse violentamente, emitiendo ecos de ultratumba que retumbaban con fuerza en las gruesas paredes de piedra del sagrado recinto—. Realmente los años no pasan en balde para los frágiles mortales de este mundo.
Hace exactamente mil años, una entidad de mi estirpe y linaje ni siquiera hubiera podido poner un solo pie a cien metros de este sagrado recinto sin que la pureza de la barrera protectora de los tuyos me costara la vida de forma instantánea y dolorosa.
La anciana intentó emitir algún tipo de sonido o gemido a través de la garganta brutalmente obstruida, ahogándose en su propia saliva mientras la sofocante presión le impedía por completo la entrada del más mínimo hilo de oxígeno vital. Sus ojos, enrojecidos, llorosos y suplicantes, observaban a la criatura con una mezcla desgarradora de dolor físico insoportable y horror desmesurado.
Al ver a la anciana murmurar incoherencias ahogadas en medio de su dolorosa agonía, la joven ladeó levemente la cabeza, simulando estar profundamente decepcionada, apenada y sorprendida.
—Pero qué descaro tan grande… ¡no me digas que con el paso del tiempo ya no me recuerdas! —exclamó con un tono falsamente herido, teatral y profundamente sarcástico—. Supongo que este viejo, débil y decadente cuerpo humano tuyo te ha nublado por completo la memoria y el espíritu. Tendré que mostrarte exactamente quién soy para que hagas memoria de una buena vez y sepas quién te quita la vida.
Antes de que la agónica mujer pudiera procesar el aterrador significado de aquella terrible promesa, la chica colocó con frialdad absoluta su mano izquierda sobre los dientes de su paladar inferior. Al mismo tiempo, pasó su brazo derecho por encima de su cabeza para sujetar con firmeza y precisión sus dientes superiores.
Entonces, con un tirón seco, brutal, sangriento y espeluznante, se desgarró la piel humana del rostro y del cuello hacia atrás en una sola maniobra despiadada, revelando la verdadera, abrumadora, monstruosa y pesadillesca identidad demoníaca que ocultaba bajo esa impecable fachada mortal.
Ante los ojos inundados de lágrimas, sangre e inconmensurable pavor de la anciana, emergió la grotesca y espantosa figura de un poderoso rival demoníaco al que ella misma había enfrentado en una cruenta batalla espiritual hace un milenio, ahora de regreso e impune en el plano terrenal. La visión de la anciana comenzó a oscurecerse, mancharse y nublarse vertiginosamente a medida que la absoluta falta de aire le arrebataba inevitablemente la vida.
Su último, agónico, desgarrador y doloroso pensamiento estuvo dedicado por entero a Cintia, su amada nieta, quien en la lejana cocina creyó escuchar erróneamente un leve y lejano murmullo de su abuela llamándola con amor por su nombre.
Apenas unos minutos después del atroz asesinato, el sagrado y pesado silencio de la nave principal del templo fue destrozado por un grito histérico, ensordecedor y desgarrador. La supuesta amiga llamaba a Cintia a gran voz con una desesperación y un pavor impecablemente actuados que habrían engañado a cualquiera. Cuando la nieta corrió de vuelta a toda prisa hacia la sala principal sosteniendo la bandeja de metal con las tazas de té caliente, el metal cayó rebotando ruidosa y violentamente contra el suelo al ver el cuerpo de su abuela tendido e inmóvil sobre las frías baldosas, mientras su compañera de escuela lloraba aterrorizada, abrazándose las rodillas a su lado.
—¡Cintia, por favor ayuda, apresúrate! —gritaba la chica fingiendo un ataque de pánico perfecto, sollozando y temblando de pies a cabeza mientras señalaba el cuerpo—. ¡Estábamos hablando de lo más tranquilamente sobre la escuela cuando de repente se llevó la mano al pecho, soltó un quejido, se desmayó de golpe y dejó de responder por completo!
Cintia se arrojó al suelo totalmente destrozada y deshecha por el impacto, intentando reanimar desesperadamente el cuerpo inerte y frío de su abuela entre llantos desgarradores, súplicas a Dios, sacudidas y maniobras de primeros auxilios que resultaron totalmente inútiles. Para cuando la ambulancia y los servicios de emergencia médica lograron abrirse paso entre el tráfico urbano y llegar al templo, los paramédicos no pudieron hacer nada más que revisar sus signos vitales y confirmar la terrible tragedia: la anciana había fallecido casi al instante, especulando de inmediato que la causa probable de la repentina muerte fue un paro cardíaco masivo o un derrame cerebral fulminante producto de su avanzada edad y condición física. El llanto desconsolado e desgarrador de Cintia retumbó lúgubremente en cada rincón y nave del sagrado recinto.
Mientras las patrullas policiales, los peritos y la ambulancia rodeaban la entrada principal del templo con el destello intermitente e hipnótico de sus luces rojas y azules iluminando la noche que caía sobre la ciudad, a varios kilometros de distancia, en la parte superior de un moderno y elevado edificio, una figura femenina de elegancia absoluta contemplaba todo el despliegue de emergencia desde la lejanía.
La misteriosa mujer vestía un impecable y costoso conjunto de finas ropas blancas pulcras y portaba un sombrero de ala ancha que ocultaba sutilmente la mitad superior de su rostro. A su alrededor, cuatro hombres de gran estatura, musculosos y vestidos con pulcros e impecables smokings negros, con sus manos izquierdas dentro de su smoking, como si quisieran tener cerca alguna arma para usarla, vigilaban en absoluto silencio en todas direcciones para garantizar que absolutamente nadie pudiera acercarse o interrumpir su posición.
La elegante mujer observó el parpadeo de las sirenas a lo lejos con una mirada sumamente fría, calculadora y llena de desdén. Luego, acomodándose levemente la inclinación de su sombrero, murmuró suavemente para sí misma en la brisa nocturna antes de dejar escapar una ligera, helada e inquietante risa congelada:
—Una importante y molesta torre más acaba de caer…
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