¿Por qué pasas la vida construyendo edificios abandonados que nadie va a usar? Me preguntaban eso. Yo solo lo hice por mí. Mi yo egoísta no pensó en nadie más. Decidí salir a explorar esta nueva cosa que ahora debíamos llamar hogar. No por ellos: yo decidí salir a explorar. La Tierra, mi mundo natal, ya no era suficiente. Mi deseo se había cumplido. Ahora ni la eternidad me alcanzaría para explorar todo lo que este nuevo mundo prometía. Pero eso no importa. Nunca importó. Me convertí en uno de ellos. No tuve miedo; de hecho, lo ansiaba. Pero fui engañado por el dulce y amargo poder del conocimiento infinito. Lo desconocido, aquello que necesitaba descubrir, perdió su brillo. Ellos me lo contaron todo. Me quitaron mi propósito y, ahora que soy uno de ellos, ya no puedo dejar de existir ni de desconocer. Lo sabía todo. En ocasiones deseo no haber salido nunca a explorar. Deseo haber conservado mi amor por lo desconocido y haber dejado de conocer esos horrendos secretos del universo. Pero no existe una opción para dejar de vivir: ni antes, ni después, ni en ninguna otra vida.
~Última entrada del registro del primer viajero, conocido como el padre de la ideología de los Trotamundos. Rekur.
El suelo crujía bajo el vehículo. La gravedad era distinta en esa zona y el peso se sentía cada vez más intenso. Por suerte, el traje estaba preparado: regulaba la carga y la repartía por todo el cuerpo. Aun así, no lograba eliminarla por completo.
Era seguro que los habitantes de la zona ya se habían adaptado a ella. Veltyr se preguntó cómo haría la gente de Valle Abrasión para llegar hasta allí, pero la respuesta no era asunto suyo. Su trabajo consistía en reabrir la ruta. Eso, y nada más.
—Recta rasante. No desviar. Fisuras y hoyos letales. Preparar salto de plataforma. Desactivar agarre gravitacional.
Luxvier hundió el acelerador. El motor rugió con fuerza mientras el vehículo ganaba velocidad. Necesitaban alcanzar una velocidad extrema para saltar hasta la siguiente plataforma. Las grietas crecían a ambos lados de la ruta y algunas ya se abrían bajo las ruedas.
El vehículo llegó al borde. Luxvier mantuvo la trayectoria y desactivó el agarre gravitacional. Por un instante, el auto dejó de pertenecer al suelo. Luego cruzó el vacío y cayó sobre la plataforma siguiente con un golpe que hizo vibrar los asientos.
Los datos del trayecto servirían para la base de rutas entre comunidades. Veltyr podría enviárselos a Leyliana para que coordinara el equipo y el material necesarios. Si sobrevivían al resto del recorrido, claro.
La ruta hacia Bosque Oxidado estaba en un estado lamentable. Todo apuntaba a un cambio repentino de gravedad: había deformado el suelo, abierto las grietas y provocado el colapso de plataformas enteras. La vibración subía desde el chasis y atravesaba el vehículo como un temblor constante.
Cuando aterrizaron en la nueva plataforma, el radar de la bitácora de Veltyr indicó que la comunidad aún estaba lejos. El escaneo que habían realizado antes de llegar al motel había fallado. Probablemente la señal había rebotado en una pared deformada por las grietas y había devuelto una lectura equivocada.
Eso significaba que todavía podían aprovechar la ruta antes de que alguien más la reclamara.
—Inicializando simulación de creación de hechizo —anunció la bitácora.
Veltyr se concentró en la interfaz. Programó varias ideas a partir de objetos cotidianos: herramientas del vehículo, utensilios de oficina, piezas de ropa, basura e incluso fragmentos orgánicos. Una vez había intentado trabajar con líquidos. El resultado había sido desastroso, aunque técnicamente funcional.
La simulación estaba integrada en el vehículo. Había sido diseñada para entrenar androides y enseñar a los humanos a usar sus aumentos, pero con el tiempo también se convirtió en un espacio para videojuegos, entretenimiento, trabajo remoto y otras actividades menos dignas de una bitácora oficial.
La experiencia se sentía real, aunque no podía matar a nadie. El cuerpo sí podía registrar el estrés, dependiendo de la potencia del hardware donde se ejecutara. En teoría, cualquiera conectado a la red podía crear hechizos si poseía el conocimiento necesario.
La tecnología tampoco era indispensable. Los primeros Trotamundos escribían sus secuencias en libretas de papel. Casi ninguna sobrevivió; solo quedaron copias reconstruidas y proyectadas como hologramas en la central del gremio. En aquellos tiempos, incrustar polvo en un arma era un proceso lento y laborioso. Incluso ahora lo seguía siendo. El vehículo facilitaba el trabajo porque combinaba la simulación con las sensaciones físicas del motor y el terreno.
Como aún les quedaba una distancia considerable, aprovecharían para crear y sincronizar hechizos nuevos. Varios debían quedar incrustados directamente en el arma de Luxvier.
El vehículo tenía un compartimento en el centro del motor. Si el arma no cabía entera, podía desmontarse, plegarse o introducirse por módulos antes de sellar la cámara. También era posible combinar distintos polvos en cada parte.
El arma de Luxvier estaba compuesta por cuatro módulos: un cuerpo de rifle que podía abrirse en modo ametralladora, un conjunto de municiones, una hoja de combate y una mira inteligente capaz de reconocer objetivos y conservar rutas de ataque.
El rifle-ametralladora se sincronizaba con polvo tipo O. El resultado permitía disparar munición explosiva, penetrante o incendiaria. Era un polvo adecuado para ataques de gran impacto, aunque demasiado exigente para emplearlo de manera continua.
La hoja de combate requería un polvo más estable. Cada instrucción podía incrustarse en el filo como una maniobra: un derrape sobre grava, una curva cerrada, una variación de gravedad. La magia convertía esa secuencia en fuerza y dirección, pero no reemplazaba la técnica de Veltyr. Si calculaba mal el movimiento, el arma no corregiría su error.
La mira utilizaba un polvo de intensidad media. Era menos destructivo y más preciso, ideal para escanear, marcar enemigos y coordinar ataques entre el rifle y la hoja. Una mala elección de polvo podía romper el ritmo de la sincronía, reducir la precisión y aumentar el desgaste físico y mental de ambos.
Las municiones también podían permanecer convencionales. Un cañón potenciado ya era peligroso por sí solo; combinarlo con balas explosivas significaba duplicar el problema.
Doble explosividad. Penetración con detonación. Silencio. Caos.
Todo era posible, desde el sigilo hasta el combate abierto. El dúo prefería lo primero: avanzar sin ser visto y reducir los riesgos. Pero si la confrontación llegaba hasta ellos, tampoco retrocederían.
—Alerta. Preparando zona segura para detener.
« Detente en la zona marcada. »
Luxvier siguió la ruta por intuición y detuvo el vehículo en la zona indicada. Veltyr ya debía tener listo el proceso para cargar los hechizos. Primero reforzarían el arma principal. Era probable que la necesitaran en el Bosque.
Bajaron del vehículo. Era hora de actuar.
…
Antes de hacer cualquier otra cosa, Luxvier preparó unos cigarrillos de polvo.
Veltyr sacudió la cabeza con inquietud. Odiaba cuánto le gustaba la sensación del humo. Aun así, el cigarrillo era parte del ritual que precedía a cada hechizo. Servía como una pausa de placer y, según ellos, ayudaba a aprovechar mejor la infusión.
En pocos minutos, una nube de humo los envolvió. El filtro del motor la absorbió y el vehículo respondió con una tos seca. Parecía tener pulmones viejos, desgastados por demasiados kilómetros.
Veltyr preparó la conexión entre las armas y el vehículo. No prestaba demasiada atención al cigarrillo; lo encendía, sobre todo, para acompañar a Luxvier.
Luxvier estaba recostado contra la llanta trasera, casi en estado meditativo. El cigarrillo colgaba de sus labios. La ceniza cayó sobre su piel y el dolor lo devolvió al presente.
Estaba cansado. Siempre lo estaba.
…
Veltyr terminó de analizar el vehículo y comenzó a llenar los tanques con el polvo que habían recuperado en el bar. El suministro era escaso. La capital lo recaudaba como impuesto para alimentar los generadores y motores que protegían la ciudad, y cada año exigían más.
El vehículo contaba con un tanque dividido en compartimentos para distintas clases de polvo. Bastaba con vaciar el suministro; la tecnología se encargaba de separarlo.
La aguja indicó que se habían quedado sin el polvo de menor intensidad. Tendrían que trabajar con cargas medias y altas.
« Así que el corto alcance queda fuera otra vez. Pfft. Ya ni somos sigilosos como antes. »
Un estrépito de piezas metálicas golpeando el suelo interrumpió el silencio. Luxvier maldecía mientras desmontaba el arma. Llevaba horas leyendo el instructivo y se empeñaba en hacerlo solo. No permitía que los robots ni las inteligencias artificiales tocaran sus cosas.
El traje era la única excepción. Aunque tampoco podía considerarse un robot. Esa cosa estaba viva.
Para cargar los hechizos predeterminados necesitarían cuatro minirrutas, una por cada módulo del arma. Las rutas podían encontrarse en el terreno o generarse mediante la simulación del vehículo. Las simuladas se sentían reales, pero producían efectos menos potentes y consumían la misma cantidad de polvo. Siempre que fuera posible, convenía trabajar con rutas auténticas.
Comenzarían con la hoja, seguirían con el rifle-ametralladora, después cargarían la mira y dejarían las municiones para el final.
…
A medida que se acercaban a la zona boscosa, encontraron cuerpos extraños. Eran humanos, pero mucho más altos y delgados que los habitantes de Valle Abrasión. La gravedad había moldeado sus esqueletos y sus músculos durante generaciones. Aún conservaban rostros reconocibles, aunque sus proporciones ya rozaban otra categoría de vida.
Qué extraños eran los humanos. Siempre adaptándose o modificándose hasta dejar de parecerse a sí mismos.
Los cuerpos no eran lo único que había allí. El bosque entero parecía una zona de guerra.
Había sacerdotes, grupos privados y militares de Valle Abrasión. Las placas de los soldados caídos todavía brillaban bajo el polvo. También había restos de convoyes nómadas, probablemente atrapados en el conflicto por accidente.
Entre los escombros aparecieron emblemas de los seres de la cima. Eso era extraño. Ellos no solían intervenir en asuntos de comunidades menores.
Los últimos eran los guerrilleros del bosque. Sus cuerpos compartían la altura y la delgadez de los muertos, pero sus manos eran más largas y terminaban en bordes cubiertos de grietas afiladas. Podían cortar ramas y troncos con facilidad. En ese momento, sin embargo, parecían más interesados en cortar cualquier cosa que amenazara su territorio.
El dúo se aproximó hasta una distancia segura. El sigilo parecía imposible, pero, si hubieran estado atravesando la zona, lo habrían intentado. Un contrato era un contrato.
—Escaneo completo. Mostrando informe —anunció la bitácora.
Veltyr se había adelantado. El mapa de la batalla apareció sobre su muñeca: rutas de avance, zonas de derrumbe, posiciones probables y restos de señales activas.
—Podríamos comenzar con el rifle —dijo Veltyr—. Abatimos primero a los Sacerdotes. Si siguen aquí, no creo que entren en razón. Al menos nos los quitamos de encima.
El código se reflejó en sus ojos mientras calculaba trayectorias y secuencias de hechizo.
—¿Y los demás grupos? —preguntó Luxvier.
—Intentaré enviar una señal a la milicia de Valle Abrasión. Maldito Admin. Para eso nos dio el sello. Espero que acepten la solicitud y no nos marquen como enemigos. Aunque sea que nos registren como neutrales.
Veltyr miró las rutas superpuestas en la pantalla. Su voz perdió firmeza.
—El contrato dice que debemos ayudarles. No dice que ellos vayan a ayudarnos a nosotros.
El vehículo emitió un pulso bajo. La cámara central se abrió y dejó escapar polvo de varias tonalidades.
Veltyr colocó la hoja en el compartimento de sincronización. Luxvier se acercó, todavía con el cigarrillo entre los dedos, y apoyó una mano sobre el marco del motor.
La bitácora comenzó a registrar la primera minirruta.
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