Compartes un Mismo Cuerpo
El cielo de la madrugada está inusualmente despejado, un par de nubes blancas como la nieve flotan libremente y se desplazan por el aire muy lentamente, sin preocupaciones. Y en la tierra, el campamento apenas está despertando. Se escuchan pasos a lo lejos de personas quienes tienen que despertarse antes que el resto para cumplir sus deberes, como en el comedor común, la herrería, o los mismos cazadores, quienes intercambian sus puestos con sus compañeros para ir a descansar al fin luego de una larga noche.
Aiden está de pie frente a una cabaña, toca varias veces la puerta cerrada de la pequeña clínica, la cual aún no se abre al público. Con los minutos, dentro, se pueden escuchar los pasos de alguien a medida que el rechinido de la madera se acerca, hasta que el seguro de la puerta se quita.
—¿Aiden? Carajo, no te he visto en días, ¿qué te…?
El médico observa la camiseta de Aiden, está manchada de sangre y polvo.
—¿Estás bien? Vamos, pasa —Se quita hacia un lado para darle paso.
Aiden entra a la cabaña y el doctor cierra la puerta una vez dentro. Lo primero que se ve en la estrecha cabaña, parece ser una sala de espera, hay sillas individuales pegadas en una de las paredes, y un escritorio pequeño entre dos puertas. Las luces están apagadas y las cortinas cerradas.
Ambos entran a una de las puertas, el médico enciende el interruptor de la pared para iluminar el cuarto. Es una sala de exámenes, con también un escritorio con varios documentos y algunas libretas, una camilla acolchada y algunos instrumentos de medición de peso y altura.
—Ven, siéntate, déjame acomodar la camilla —Usa una palanca ubicada bajo la camilla acolchada para bajar su altura.
Se sienta sobre la camilla, el metal rechina un poco al sentir la presión del peso de su cuerpo. —No hace falta tanto, no estoy herido.
—Sí, bueno, toda esa sangre dice otra cosa. Vamos, levanta las manos.
Aiden obedece y levanta sus brazos con dificultad para que el médico pueda retirarle la sucia camiseta.
—¿Y? ¿Qué te ocurrió? —Pregunta a la vez que lo examina.
—Estaba con Talia interrogando a un sujeto.
Levanta sus brazos y observa sus costillas, tiene un gran hematoma en uno de los costados. —¿Él te hizo esto?
—No, no fue eso. Sí, luché un poco con él, pero no alcanzó a hacerme nada. Pero en un momento sentí algo raro en el pecho, solo para después vomitar sangre.
Palpa la zona herida con los dedos. —Ah, sí, me pregunto por qué. Ninguna persona normal podría hacerte algo así, supongo que fue en esa “expedición” tuya, ¿no? —Toma una pequeña linterna e ilumina su rostro y sus ojos para revisarlos de cerca.
—Algo así… Fui emboscado por un par de Conformes, y pues ya te imaginas.
Toma el estetoscopio que estaba sobre el escritorio y lo pone en sus orejas para revisar la respiración de Aiden. —Carajo, ¿solo un par? Lo dices como si no fuese nada. Vamos, inhala y exhala, lo mismo de siempre.
Aiden responde siguiendo las instrucciones, pero parece ser que respirar le cuesta, su cuerpo se tensa como si algo no le dejara inhalar correctamente.
—¿Te duele?
—N-no exactamente, es como si tuviera algo metido en el pecho, algo atorado que no deja pasar bien el aire a mis pulmones.
—Y no te equivocas por completo. Hazlo otra vez.
Respira lo más profundo que puede, sostiene unos segundos, y suelta otra vez.
—Bien, por último, cuando te enfrentaste a esas cosas, ¿notaste algo en particular? —Se quita el instrumento de los oídos y se para erguido.
—Bueno, cuando me pillaron por sorpresa, me arrojaron a una pared de madera, que atravesé por completo. Cuando estaba tirado en el suelo, sentí una presión enorme en el pecho que no me dejaba respirar.
—¿Cuánto tiempo estuviste así?
—No estoy seguro, tuve que intercambiar un par de golpes con ellos antes de poder inyectarme algo de epinefrina en el pecho, ahí es cuando pude respirar relativamente bien.
—Entiendo… Creo que con eso es suficiente —Se acerca a un casillero tras su escritorio y abre uno de los cajones.
Cuando termina de rebuscar, se acerca con 3 botellas diminutas de plástico con algunas pastillas dentro de cada una y se las acerca a Aiden.
—¿Qué es esto?
—Bueno, ahí tienes algo de codeína, algunos ibuprofenos, aunque de bajo gramaje, no teníamos más grandes, y algunos antibióticos.
—¿Codeína? Pero en realidad no me duele tanto.
—Lo sé, no es por eso que la necesitas. En tu caso, actuará como supresor para la tos, es muy bueno para eso, y no queremos que te revientes algo por toser de más, ¿verdad?
—Supongo. Pero entonces, ¿qué es lo que tengo?
El médico se sienta en la silla junto a su escritorio y abre uno de sus cuadernos, en concreto, una hoja en blanco.
—A ver, no puedo darte un diagnóstico exacto de lo que tienes con tal solo un examen físico externo, pero considerando tu “fisiología” y lo que me contaste, podría decir que se trata de un hemotórax traumático. Cuando dejaste de respirar en el combate, fue porque estabas sufriendo una hemorragia interna, la epinefrina logró detener el sangrado al acelerar tu ya de por sí, rápida regeneración celular, pero aún quedó una gran cantidad de sangre atrapada en tu cavidad torácica.
Pasaron unos días luego de eso, ¿por eso la sangre era oscura?
El médico sigue hablando. —Tu sangre coaguló y aquella sangre estancada fue lo que expulsaste hace rato como me decías. Pero como pude ver, aún no sanas por completo.
—¿Por qué?
Voltea a mirarlo. —Aiden, esperaba que fueras más razonable. ¿Por qué crees? Llevas días seguidos persiguiendo fantasmas sin el descanso adecuado, tu cuerpo iba a ceder en algún momento, suerte tienes que no haya ocurrido antes.
Aiden viste su camiseta, tiene la mirada baja.
—Oye… Sé que lo que haces allí afuera es importante tanto para ti como para nosotros, gracias a tu trabajo el mundo se va quedando poco a poco con menos alimañas. No estoy seguro de lo que has perdido o por qué estás empeñado en seguir con esta caza sin descanso, pero lo que sí sé, es que si fuerzas a tu cuerpo de esta manera, te va a fallar, y eso es un hecho.
Aiden se pone de pie con un corto quejido. —Lo sé, gracias Evan, disculpa por haberte levantado tan temprano.
Se acerca a la puerta de la consulta, y cuando toma la perilla de esta, Evan lo interrumpe. —No olvides que por más fuertes que sean tu cuerpo y tu mente, solo hay un tú ahí dentro. Cuídalo, o te quemarás…
Aiden mira hacia atrás por sobre su hombro, asiente con la cabeza, y se retira de la habitación.
Al salir, arrastra los pies por la gravilla, no nota ni tampoco le interesa el ruido del exterior, solo se preocupa por caminar, ya sea por el cansancio, o porque simplemente no le importa esforzarse. El camino de regreso a la habitación es extenuante, parece no haber notado lo mucho que pesa su cuerpo hasta ahora, solo tenía que pasarle factura.
Así ha sido desde entonces, creo que he abusado mucho de mi suerte, si esto me hubiera encontrado en un mal momento, quizás ya estaría muerto.
Ya ni recuerdo las veces que me he salvado… Que me ha salvado. No lo sé, no lo quiero recordar. Aunque tampoco quiero que se vuelva un borrón en mi memoria, nada de eso, nada de lo que ocurrió.
Entra al edificio de apartamentos, no hay nadie.
¿Fue mi culpa? ¿Debí haber hecho algo diferente?
Tú sabrías qué hacer, siempre lo sabes. Sanarías mi corazón con tan solo decirme que todo estará bien, que no es culpa mía.
Las escaleras rechinan bajo sus botas al subir, el pasillo del segundo piso también está vacío, parece que todos se han levantado y han comenzado con sus rutinas.
Quiero seguir tu ejemplo, ser aquel que siempre quisiste que fuera… Pero no soy tan fuerte, no soy como tú.
Solo… Solo déjame encontrarlo, y cuando lo haga, yo…
Aiden está frente a la puerta, sostiene la perilla, pero no la gira, se queda de pie, mirando a la nada.
¿Qué hago…? ¿Qué puedo hacer?
Suspira con dificultad.
Nada. Ahora no puedo hacer nada.
Abre la puerta de golpe. Tal y como estaba cuando se fue, la habitación está prácticamente a oscuras, algo de luz se filtra por las cortinas, pero nada más, el resto de la habitación se compone solo de siluetas borrosas.
Cierra la puerta tras de sí, se quita la camiseta y la arroja al suelo, también sus botas, calcetines y pantalones. Se acerca al pequeño lavaplatos de su habitación y se lava el rostro con esmero, una y otra vez hasta que el agua fría limpie cada impureza, hasta la más mínima mota de tierra, o sangre.
Se seca usando un pequeño trapo de cocina colgado en un mueble, no huele muy bien, pero no importa. Camina hacia su cama y se sienta sobre esta; el colchón es blando y cede ante su peso.
Hay una silueta inusual sobre la mesa de noche, Aiden se esfuerza en mirar a través de la oscuridad y se encuentra con un pequeño plato, dos sándwiches sobre este, y una nota. Toma el pequeño papel colorido para leerlo:
“Te dejo un par de sándwiches de atún, usé mis propias latas así que más te vale apreciarlo. Algo de proteína te vendrá bien ahora que has estado saliendo seguido, pero de nada sirve si no te recuestas, aunque sea un rato—“
Parece que la nota sigue del otro lado.
“Si me entero de que te has levantado, tomaré tu espada y venderé su acero por kilo… Te traeré el almuerzo cuando esté listo”
El mensaje termina con una pequeña carita sonriente en el final.
Aiden arruga un poco la frente al terminar de leer la nota, se despeja la nariz usando el antebrazo, y la deja en su lugar. Mira los dos sándwiches junto a esta, están apilados uno sobre otro y están hechos de pan casero.
Toma uno de los dos y comienza a devorarlo como si se le fuese la vida en ello. La comida no puede hacerle frente y la primera porción se acaba en un par de bocados. Al relajarse un poco más sobre la cama, nota los plásticos con pastillas, por lo que se los quita de sus bolsillos, abre cada uno de ellos y toma una píldora de cada uno, excepto del ibuprofeno, de ese traga dos.
Al terminar, deja los envases sobre el mueble y enseguida toma la otra porción de comida, la cual, tampoco dura demasiado y se acaba con tan solo unos cuantos mordiscos.
Ya ligeramente satisfecho por tragar algo de comida decente después de varios días, quita las sabanas de la cama hacia un lado, y se recuesta sobre el colchón, para luego cubrirse con los cobertores.
Su cuerpo se hunde, como si estuviera siendo absorbido por la tela. Los resortes crujen, la madera de la base también, todo al mismo tiempo que su cabeza encuentra su descanso sobre su blanda almohada. Suelta un largo suspiro, al menos, lo más largo que sus pulmones pueden permitirle, y solo así, sin decir ni pensar en nada, cierra los ojos.
Su cuerpo no tarda demasiado tiempo en ceder ante el cansancio, por lo que se queda dormido más pronto que tarde, escuchando solo el débil y entrecortado sonido de su respiración.
El tiempo sigue avanzando sin pausa, en el interior de su cabeza no existe esa percepción, lo único que hay allí dentro, ahora, es un pequeño rastro, una débil voz que se extiende a lo largo de esa vasta y espesa oscuridad. Una voz que le es familiar, la conoce muy bien, aunque ahora solo evoque recuerdos amargos, dolorosos… Rabia.
Poco a poco la voz se va acercando, lo que parecían ser ruidos de conversación, se transforma en reclamos, en quejas. Ya no son palabras al azar, esto ocurrió ya hace tiempo, pero sigue grabado a fuego en su mente, usando un espacio en su cabeza que bien podría ocupar algo más importante, pero no lo hace, no puede elegir.
La voz se acerca hasta que sus palabras hacen sentido. —Hasta que ya no puedas tolerarlo, eso es lo que te esperará desde ahora.
—¡¿Qué mierda quieres decir?! ¡Tú no estabas ahí! ¡Solo te quejas y te quejas como si hubieras hecho algo al respecto! ¡No tienes derecho a echarme la culpa!
—Pero tú lo sabes, no importa lo mucho que intentes desviarlo, cuando te encuentres inevitablemente solo, todo eso te carcomerá.
—¡Tú fuiste quien huyó! —Pierde el aliento un segundo —. Tú tenías elección, yo elegí quedarme… Quedarme y—
—Y mira como terminó todo. Sí, yo elegí, y no me arrepiento, me mostraron la realidad del mundo, mientras que tú solo luchas contra una fuerza que no comprendes. Pero claro, cómo no hacerlo, tú eres el héroe, eras “su” héroe, tenías que demostrarlo, tenías que probar que vales la pena. Bueno, ellos son el precio que pagaste, ¿estás feliz?
—¡No voy a dejar que—!
Su pecho se comprime.
—No tienes elección, nunca la tuviste. Pronto, todos descubrirán lo que hiciste, yo se los enseñaré… Vive, intenta disfrutar el poco tiempo que te queda.
No puede respirar, su cuerpo parece pesar el triple. Todo comienza a tomar sentido otra vez, el frío del cuarto, la ligera brisa que produce su entrecortada respiración… Y la respiración de alguien más.
¡CUIDADO!
Aiden abre los ojos de golpe y sostiene con fuerza la muñeca de alguien, la arrastra, y su puño derecho se mueve por su cuenta hacia delante. Se detiene a tan solo unos centímetros de su objetivo. Sus dientes están apretados y sus ojos parecen los de un animal, no hay rastro de “él” en ellos, al menos eso parece por unos instantes.
Recupera el aliento, y con él, su consciencia, ahora puede apreciar bien la situación. Sostiene con fuerza el brazo de Talia, y su puño está muy cerca de su rostro, por suerte, pudo detenerlo antes de hacer algo de lo que se arrepienta.
—¿T-Talia? ¿Qué carajos…?
Suelta su brazo y apoya su espalda en el respaldo de la cama. Se cubre el rostro con sus manos y lo jala hacia abajo para intentar relajarse y aclarar sus ideas.
—¿Qué haces aquí? Sabes que no te tienes que acercar cuando—
—Lo sé, lo siento…
Aiden aprieta los parpados y estira su cuello de lado a lado. Talia rompe el silencio.
—Tus ojos daban un poco de miedo antes, ¿eh? Nunca conocí a otra persona que despertara por puro instinto, si es que acaso estabas realmente despierto.
—No lo estaba, pero tampoco juegues, si hubiera despertado un segundo tarde, ya estarías…
—Perdón, no era mi intención, solo quería comprobar si era verdad, tenía curiosidad, no pensé que fuera para tanto.
—Sí, bueno, ahora ya lo sabes —Suspira —. En fin, ¿qué haces aquí?
—Oh, claro —Voltea hacia la mesa de noche —. Te traje el almuerzo, hoy hicieron un estofado espectacular, no sé de dónde sacan las especias para hacerlo.
Mira hacia el mueble, hay un plato hondo, apenas tiene sopa, pero está repleto de carne y papas. —¿Ya comiste?
—Claro. Para ti, pedí algo extra, no se molestaron en darte un poco más.
Aiden ya está blandiendo su cuchara, toma el plato y lo pone sobre sus piernas aún cubiertas por sus sabanas.
—¿Puedo preguntarte algo?
Responde con la boca llena. —Adelante.
Talia parece pensar un momento en qué decir, muerde su labio con impaciencia, hasta que habla. —¿Qué…? No, bueno, preguntar “qué” son, se escucharía algo estúpido, entonces…
Traga. —Vamos, ¿qué cosa?
—Bueno… ¿Cómo es que sigues vivo?
Él deja de comer, su comida queda en su boca unos segundos, antes de tragar y voltear a mirar a Talia. —¿A qué te refieres?
—B-bueno, hablo de… De todas esas cicatrices que tienes, porque son reales, ¿no?
—¿Por qué no lo serían? —Sigue comiendo.
Talia se pone de pie y examina con cuidado el torso de Aiden. —Porque mira, tienes cicatrices por todos lados, incluso esta… Esta que tienes en el hombro, también está en el otro lado, como si te hubieran atravesado con, no sé, ¿una estaca?
—Casi, pero sí, eso fue básicamente.
Talia aprieta los dientes y frunce la nariz, como si le costara trabajo observar. —Aquí tienes varios cortes, rasguños… ¿Esto es una herida de bala?
—Sí —habla con la boca llena.
—Mierda, y eso que tienes en el brazo ¿también es una cicatriz?
Aiden toce un poco y se aclara la garganta. —¿Qué cosa?
—Allí —Apunta con el dedo a su antebrazo —. Hay una marca que recorre de extremo a extremo la circunferencia de tu brazo.
Aiden deja la cuchara sobre el plato y levanta su mano para observar lo que Talia señala. —Oh… Algo así —Toma su cuchara otra vez.
—¿Algo así? Vamos, la mayoría de cazadores cuentan sus historias de como obtuvieron sus cicatrices como si se tratase de un deporte. La diferencia es que es primera vez que veo heridas tan graves, o tantas a la vez.
—No son heridas, son cicatrices.
—Bueno, sí, listillo. Sabes a lo que me refiero, ¿es que acaso no tienen una historia? ¿Cómo es que sigues vivo con heridas tales?
Aiden traga, va por la mitad de su plato. —Pues lo estoy y ya, no sé qué quieres que te diga. Si fue suerte, o acaso la marca de mi pecho, o que recibí alguna clase de bendición divina en los combates, no lo sé, solo sé que estoy vivo, y muchos otros no.
—¿Por qué lo llamas “Alguna clase de bendición”? ¿No son eso los marcados? ¿Aquellos dotados por la bendición de la sangre?
Aiden deja de comer y voltea a mirar a Talia con un semblante serio. —No hay nada bendito en… Lo que sea que soy, o lo que somos. Los marcados no son más que personas con mala suerte, obligadas a cargar con el peso del mundo solo porque es a lo que están destinadas —Mira hacia otro lado.
—Vaya, esa es una visión bastante pesimista sobre todo, y sobre ti mismo. ¿Acaso no es gracias a esa fuerza que estas vivo?
—Sí, y como dije, hay otros muchos que no —Aiden aprieta su brazo y apunta a su marca con un dedo —. Esto… Esto me quitó la capacidad de elegir. Si de mí dependiera, me hubiera marchado hace mucho tiempo a vivir junto a…
Su voz se pierde por unos instantes, como si acabara de recordar algo que no debía, pero aún así continúa. Talia nota cómo la cuchara en la mano de Aiden tiembla ligeramente, pero decide no seguir empujando.
Sacude su cabeza. —Desde que esta cosa apareció, todo lo que he hecho ha estado condicionado por factores externos, y no puedo hacer nada al respecto.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a que todo ha sido un ciclo del que no puedo escapar, y cuando intenté hacerlo, solo fui arrastrado una vez más, por otras personas, o por las estúpidas criaturas del Reflejo.
Talia mira al suelo, pero Aiden continúa. —Todos aquí viven en relativa paz gracias a que hay otras personas que velan por su seguridad, e incluso esos cazadores se sienten seguros gracias a que existen personas como los Marcados, pero si desaparecemos, toda la balanza se inclina hacia los Conformes. Así que no, nunca tuve elección.
—¿Entonces es por eso que estás saliendo tan seguido?
—Algo así. Si no puedo elegir quien ser, al menos puedo elegir apretar el acelerador. Quizás cuando acabe con todos, el destino pueda soltarme de la correa.
Ambos se quedan en silencio ante la afirmación de este, pero tampoco espera respuesta, por lo que vuelve a su plato de comida, aunque tampoco le queda mucho por devorar. Talia aún mantiene la boca cerrada, solo mira al suelo, como si le hubieran dado un regaño.
—Lo siento… No lo había visto de esa manera. Fue una tontería pensar que esas cicatrices son motivo de orgullo. Supongo que para los demás lo son, ya que no se espera nada de ellos… —Talia mantiene la cabeza agachada.
Aiden mantiene la vista en el plato. —No, lo siento, es mi culpa, no debería desquitarme contigo. Pero sí, digamos que pasé por algunos malos momentos, y esos fueron los que dejaron estas cicatrices.
—Entiendo. No seguiré insistiendo —Talia se pone de pie —. Tal vez no entienda por completo todo por lo que estás pasando, pero sí sé una cosa… Tu mente y tu corazón comparten un mismo cuerpo, si sigues por este camino, terminarás perdiendo ambas cosas…
Aiden da un resoplido corto. —Es gracioso, Evan me dijo algo similar.
—Pues tiene razón —Camina hacia la puerta —. Estaré en la herrería, búscame cuando quieras seguir con el interrogatorio.
Talia sale de la habitación sin despedirse y cierra la puerta tras de sí.
Aiden queda a oscuras, mira la puerta unos instantes, pero vuelve la vista a su plato, ya no le queda comida. Todo alrededor se torna borroso otra vez, siluetas apenas distinguibles con la poca luz que entra, y Aiden se queda allí, sentado, mirando a la nada.
Ojalá fuera tan fácil…
0 Comments
No comments yet.