Capitulo 08: Flecha al Sol
Base de Operaciones de la F.E.E.R “Seibom”
Ciudad de Orionon — Continente de Armins
Planeta Excarla — República de los Dioses
Días después del ataque
La grieta en el suelo del hangar norte seguía ahí.
La habían catalogado como daño superficial no prioritario en el inventario de reparaciones post-ataque, lo que significaba que iba a seguir ahí hasta que alguien, con tiempo y materiales, decidiera que era el momento de ocuparse de ella. Katska la veía cada mañana cuando cruzaba hacia su Alarion y cada mañana la catalogaba de la misma forma: presente, sin consecuencias estructurales, parte ahora del paisaje permanente de la base.
O del paisaje de los últimos días en la base, que no era lo mismo.
La flota había llegado dos días después del ataque, con la presencia silenciosa de naves grandes en órbita que los radares de la Seibom empezaban a mostrar antes de que fueran visibles desde tierra. Cruceros de clase Ercover principalmente, más dos Godnis en la retaguardia de la formación orbital cargados con maquinaria que los registros de tráfico indicaban como equipamiento de base avanzada. Entre todos ellos, el F.E.E.R Archangelus — el crucero asignado al contingente de la Seibom según el documento de embarque que el Oberkomdan Soris había distribuido esa misma tarde.
Desde entonces la base había estado en un estado particular, a medio camino entre el caos y el orden habitual. Era el estado específico de un lugar que está siendo vaciado con metodología — cada día con menos gente, menos equipamiento en los hangares, más cajas marcadas con códigos de transporte apiladas en los corredores y en los patios exteriores bajo lonas impermeables.
La Seibom no iba a desaparecer. Iba a quedarse con personal de guardia mínimo y la misión de recibir el siguiente contingente de graduados que llegaría en algún momento cuando la guerra lo requiriera. Pero para los que habían vivido ahí las últimas semanas, la diferencia entre la base que había sido y la base que estaba quedando era visible en cada espacio que se vaciaba.
Katska lo observaba sin sentimentalismo. Era lo que era.
Los preparativos del Usak ocuparon los primeros tres días.
Empacar era solo parte de ello — los equipos personales y el equipamiento de vuelo y los sistemas de navegación personalizados que cada piloto había calibrado para su propio Alarion y que tenían que ser transferidos y verificados para el tránsito en el Archangelus. Era también el proceso de cerrar lo que había sido la base como espacio operativo propio — devolver equipamiento prestado, completar los reportes de entrenamiento que la F.E.E.R requería al final de cada ciclo de preparación, firmar los documentos de transferencia de unidad que convertían al Usak oficialmente de escuadrón en entrenamiento a escuadrón operativo desplegado.
Ese último documento llegó el segundo día.
Katska lo firmó en el escritorio del Oberkomdan Soris con la misma pluma que Soris usaba para todo — un detalle menor que por alguna razón se quedó grabado con más claridad que el contenido del documento mismo. La firma. La pluma. El escritorio con sus papeles en orden perfecto. Y Soris mirándola después con esa expresión de evaluación que había usado desde el primer briefing y que ahora tenía algo diferente — no aprobación exactamente, algo más parecido a reconocimiento.
—Escuadrón Usak, operativo y desplegado — dijo Soris, como confirmación del documento. — Cuídelos, Obertlaun Luettan.
Era otra cosa, más que una orden.
—Sí, Oberkomdan — dijo Katska.
La noche antes del embarque los terminales de comunicación del edificio administrativo estaban ocupados.
Los terminales siempre tenían uso antes de un despliegue, pero esa noche la fila era más larga de lo habitual y el silencio entre las personas que esperaban tenía una textura particular. Era el silencio de personas que se conocen demasiado bien para necesitar conversación en ese momento específico, no el de quienes no se conocen.
Katska esperó cuarenta minutos.
Cuando llegó su turno el terminal era una pantalla pequeña con audio incorporado en una cabina que daba privacidad visual pero no acústica completa — podía escuchar, débilmente, las conversaciones de las cabinas adyacentes sin entender las palabras. Voces bajas. Alguna risa que sonaba más corta de lo normal. El silencio de alguien que escucha más que habla.
Marcó los datos de comunicación de sus padres.
La conexión tardó doce segundos — la latencia normal de una llamada interplanetaria en tiempo de guerra, con las rutas de comunicación compartidas entre uso militar y uso personal y priorizadas en ese orden.
Su madre apareció primero en la pantalla. Luego su padre, un paso detrás, como siempre.
Los dos en uniforme. Por supuesto.
—Excarla — dijo su madre, como si el nombre del planeta fuera suficiente saludo y suficiente pregunta simultáneamente.
—Mañana embarcamos — dijo Katska. — Frente norte.
Su madre procesó eso con la expresión de siempre — sin cambio visible, con esa capacidad específica de recibir información difícil sin que el rostro la traicionara que Katska había observado desde niña y que había intentado aprender con resultados variables.
—¿El escuadrón? — preguntó su padre.
—Listo. — Una pausa breve. — Mejor de lo que esperaba.
Su padre asintió una vez. El tipo de asentimiento que en él significaba que había escuchado, que lo había procesado y que estaba de acuerdo con la evaluación.
—El ataque de hace unos días — dijo su madre. No era una pregunta.
—Lo manejamos.
—Lo sé. Está en los reportes. — Una pausa mínima. — Vi tu nombre en el registro de derribos.
Katska no respondió de inmediato. No había pensado en que los registros de combate de la Seibom serían accesibles para oficiales del nivel de su madre. Debería haberlo pensado.
—Dos — dijo finalmente.
—Lo sé — repitió su madre.
El silencio que siguió era del tipo que existía entre personas que tienen muchas cosas que decir y que han aprendido, a lo largo de años de este tipo de conversaciones, que decirlas no siempre es lo que el momento requiere.
Su padre se movió levemente en el encuadre — un ajuste de postura mínimo que en él Katska había aprendido a leer como el equivalente de querer decir algo que no sabe exactamente cómo decir.
—Katska — dijo.
Era la primera vez en la llamada que usaba su nombre. En la familia Luettan eso tenía un peso específico.
—Sí — dijo ella.
—El frente norte — dijo su padre, con la lentitud de alguien eligiendo las palabras con cuidado. — No es lo que dicen los informes oficiales.
Katska lo miró a través de la pantalla.
—Lo sé — dijo.
Su padre asintió de nuevo. Esta vez el asentimiento tenía algo más — no aprobación, no evaluación. Algo más cercano a alivio. La confirmación de que su hija ya sabía lo que él no podía decirle directamente a través de un canal de comunicación que tenía protocolos de seguridad pero que ambos sabían que no era completamente privado.
—Vuela bien — dijo su madre.
Tres palabras. En la familia Luettan equivalían a todo lo que no se podía decir.
—Sí — dijo Katska.
La conexión se cerró doce segundos después.
Katska se quedó mirando la pantalla apagada durante un momento. Luego salió de la cabina y dejó el terminal para la persona que esperaba detrás de ella.
Herza estaba en el banco del patio exterior cuando ella salió del edificio administrativo.
Tenía sentido — era tarde, el patio estaba casi vacío, y Herza era el tipo de persona que procesaba las cosas en espacios abiertos cuando podía. Lo sorprendente, apenas, era que esta vez no tuviera los ojos cerrados. Estaba mirando el cielo de Excarla con esa atención particular de alguien que está mirando algo específico y no el cielo en general.
Katska se sentó a su lado.
Durante un momento ninguno dijo nada. El patio olía a piedra caliente que se estaba enfriando — el olor específico de Excarla de noche, que era distinto a Tailon de todas las formas en que dos planetas podían ser distintos y que Katska había dejado de notar como nuevo hacía semanas.
—¿Tus padres? — dijo Herza, sin dejar de mirar el cielo.
—Sí. ¿Los tuyos?
—Hace un rato. — Una pausa. — Mi madre me pidió que tuviera cuidado.
—¿Y tu padre?
—Me pidió que tuviera más cuidado que eso.
Katska procesó eso con algo que no llegaba a ser una sonrisa pero que se le parecía en la estructura.
—El frente norte está peor de lo que dicen los informes — dijo, sin énfasis.
—Lo sé.
—Mi padre me lo confirmó sin decirlo.
Herza asintió. No preguntó cómo — conocía a los padres de Katska lo suficiente como para entender cómo funcionaba esa familia cuando había cosas que no podían decirse directamente.
—¿Y aun así? — dijo.
Katska lo miró.
—¿Y aun así qué?
—¿Cómo lo sientes?
Era la misma pregunta que le había hecho después del primer vuelo en el Archangelus, después del ejercicio en el Monarcas, después del ataque. Herza tenía esa costumbre — no preguntar por el análisis sino por lo que estaba debajo del análisis, la parte que Katska no incluía en los reportes porque los reportes no tenían espacio para ese tipo de información.
Katska miró el cielo de Excarla.
Las estrellas de Excarla no parpadeaban desde tierra — la atmósfera del planeta tenía una densidad baja que producía menos distorsión óptica que Tailon. Lo había catalogado la primera semana. Era un detalle menor que no tenía consecuencias tácticas pero que era verdad de todas formas.
—Como que es lo que sigue — dijo finalmente. — Como que todo lo que pasó aquí fue la preparación y mañana empieza lo otro.
—Sí — dijo Herza.
—Y como que no importa si estamos listos o no porque vamos de todas formas.
—También sí.
Una pausa larga. El patio siguió enfriándose despacio.
—Herza.
—¿Sí?
—El Usak está listo — dijo Katska. — No perfecto. Pero listo.
Herza la miró por primera vez desde que se había sentado. Tenía esa expresión — la que era difícil de leer para cualquiera que no lo conociera desde la academia, la que mezclaba calma y algo más que la calma no terminaba de cubrir.
—Sí — dijo. — Lo está.
Era más que una confirmación — lo que Herza podía decir en ese momento en ese banco en ese patio que olía a piedra caliente enfriándose, algo que alcanzaba y que ambos sabían que alcanzaba.
El embarque comenzó a las seis horas.
La pista principal de la Seibom amaneció con la actividad específica de un despliegue mayor — vehículos de carga moviéndose entre los hangares y las lanzaderas de transporte que llevarían el equipamiento al Archangelus en órbita, personal en formación por unidades esperando el turno de embarque, el Oberkomdan Drakis supervisando el proceso desde el extremo norte de la pista con las manos detrás de la espalda y esa expresión suya de quien ha visto esto suficientes veces como para no necesitar dar instrucciones que nadie le ha pedido.
Los Alarion del Usak embarcarían directamente — vuelo desde la Seibom hasta el hangar del Archangelus, el mismo procedimiento del Monarcas pero con destino diferente al final.
Katska hizo la revisión pre-vuelo de su Alarion por última vez en la pista de la Seibom con la misma atención de siempre. El alerón derecho. El actuador. Los propulsores. El panel de aviónica. Todo en orden, todo donde tenía que estar.
Cuando terminó se quedó un momento con la mano sobre el fuselaje, por ningún motivo funcional — simplemente porque era el último momento en tierra antes de lo que venía, y los momentos como ese merecían un segundo de reconocimiento aunque no se supiera exactamente qué se estaba reconociendo.
El Oberkomdan Drakis apareció a su lado sin hacer ruido, que era su forma habitual de aparecer en cualquier lugar.
—Obertlaun Luettan — dijo.
—Oberkomdan.
Drakis miró el Alarion con esa expresión de evaluación que usaba para todo — cazas, pilotos, situaciones, la grieta en el suelo del hangar norte.
—El exquemano tiene doce tiempos verbales — dijo, sin que viniera de ningún lugar aparente. — Los primeros siete son regulares. Los últimos cinco no.
Katska lo miró.
—Lo tendré en cuenta — dijo.
Drakis asintió una vez. Luego caminó de regreso hacia el extremo norte de la pista con el paso parejo de siempre.
Katska lo vio alejarse y luego volvió al Alarion.
Doce tiempos verbales.
Los seis Alarion del Usak despegaron a las siete horas y cuarenta minutos.
La Seibom quedó debajo — los hangares, los patios, la grieta en el suelo del hangar norte, el banco del patio exterior, los terminales de comunicación del edificio administrativo. Todo eso reduciéndose en el visor trasero hasta ser patrones geométricos sobre el verde gris del continente de Armins y luego solo el continente y luego solo el planeta.
Katska no miró el visor trasero.
Tenía el radar al frente con la firma del Archangelus en órbita — más grande que el Monarcas, según las especificaciones de clase, con capacidad para dieciocho cazas en los hangares laterales y dos compuertas de embarque simultáneo. Las balizas del hangar sur ya eran visibles desde esta distancia como una línea de luces que definían el eje de aproximación con la misma precisión de siempre.
—Usak a Archangelus Control. Escuadrón de seis Alarion IV en aproximación. Solicitamos acceso al hangar sur.
—Archangelus Control a Usak. — Una voz nueva, distinta al Monarcas. — Recibidos. Hangar sur abierto. Bienvenidos al Archangelus, Usak. Procedan en orden individual.
Katska ajustó la trayectoria.
Debajo, Excarla seguía siendo lo que era — verde y gris y el azul oscuro del mar que desde aquí era solo color. El planeta donde la guerra los había encontrado antes de que estuvieran del todo listos y donde de todas formas habían estado suficientemente listos.
Adelante, el Archangelus esperaba con sus compuertas abiertas y su rumbo fijo hacia el frente norte donde los informes decían una cosa y la realidad decía otra.
Katska empujó el acelerador.
El Alarion respondió.
Y el frente norte, con todo lo que tenía y todo lo que no decía, se fue acercando a la velocidad específica de algo inevitable.
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