Leyendas de Tahua - Takari Ukumari y Yanahui: El espíritu sagrado

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EL IMPERIO DE TAHUA – (Borrador)

El Imperio de Tahua estaba conformado por cinco reinos, cada uno gobernado por las grandes familias, descendientes de los héroes semidioses que en la era antigua derrotaron y sellaron a las cuatro bestias ancestrales.

En el Norte estaba Shulka Suyo, dominio de la familia Ayakura. Su fundador, Ayakura, hijo primogénito del dios Inti, derrotó a Shulka, “La Escarcha de Viento”, y reclamó aquellas tierras heladas.

En el Oeste se extiende el Rumik Suyo, el único territorio gobernado por dos familias en alianza. Allí, Ukumari, hijo del dios Illapa, transformándose en un gran oso, e Ikirami, hija de la diosa Pachamama, unieron sus fuerzas para enfrentar a Rumik, “El Corazón de Piedra". Ninguno habría podido vencerlo por separado. Juntos lo sellaron y reclamaron el derecho a gobernar.

En el Este se oculta el Amaruq Suyo, hogar de la familia Kiria. Su fundadora, Kiria, hija de Mama Quilla, diosa de la Luna, venció con sabiduría lo que no podía vencer con fuerza. Durmió a Amaruq, “El Guardián de las Aguas", usando una trampa de luz lunar.

En el Sur arde el Ninara Suyo, territorio de la familia Larael. Su ancestro, Larael, también hijo de Inti pero rechazado por su padre a causa de la mancha que mancillaba su rostro, luchó contra Ninara, “La Llama Eterna”, durante cien días y cien noches. Fue la bestia más poderosa de las cuatro, y él, demostro ser el guerrero más fuerte de todos, la derrotó transformándose en un gran lobo negro de ojos rojos carmesí.

Siglos habían pasado desde la era de los semidioses…

Shulka había despertado.

Los Herederos de Ayakura intentaron enfrentarla solos, pero fueron derrotados. La bestia amenazaba con extenderse por todo el Imperio de Tahua. Los otros líderes de las familias, viendo que la bestia podría llegar a sus territorios, acudieron en su ayuda y unieron sus ejércitos.

Pero ni siquiera juntos pudieron detenerla. Parecía que, con el paso del tiempo, los descendientes de aquellos héroes semidioses se habían vuelto más débiles.

Cuando todo parecía perdido, un anciano desconocido apareció en el campo de batalla. No tenía rasgos que lo asemejaran a ningún linaje conocido. Su rostro era una incógnita, su origen, un misterio.

Sin dudarlo, se lanzó contra la bestia y gritó:

—¡Yo, el gran Chaski, te derrotaré!

Luchó con una habilidad que ningún mortal había visto en siglos. Un amuleto brilló en su cuello, desprendiendo un gran poder.
—Amiru, préstame tu poder una última vez.

Una criatura de energía surgió de su arma.
—¡Garra de Amiru: Destello cortante helado!

Enfrentó a Shulka esquivando sus ráfagas de viento, golpeando su cuerpo una y otra vez, hasta que finalmente encontró su punto débil y clavó su arma en él.

Pero la bestia aún se movía. Otro amuleto apareció en su cuello mientras el primero se desvanecía.

—¡Armadura del Guardián: Escarcha de la zona helada! ¡Dame tu fuerza para proteger mi tierra amada!

Una coraza de hielo lo cubrió, y dio múltiples ataques a la bestia.

Un tercer amuleto surgió.

—¡Ente Astral: Ayúdame con tu poder para dar mi último ataque!

Apareció tras él una proyección de un ser: un poder más allá de todo lo antes visto.

Con ella, asestó el golpe final.

La bestia cayó.

Aquel anciano, a pesar de su edad, había derrotado a la criatura que ni siquiera los herederos unidos pudieron vencer. Quedó en pie… luego cayó de rodillas. Soltó su arma y se desplomó, cubierto de heridas y sangrando.

Shulka había sido vencida y dormida de nuevo. Pero aquel esfuerzo le costó la vida.

Cuando los líderes se acercaron, lo encontraron sin aliento junto al cuerpo de la bestia.

—¿Quién eres? ¿De qué familia vienes? —le preguntaron.

Él respondió con las fuerzas que le quedaban:

—No importa qué sangre corre por nuestras venas… sino la voluntad de nuestro corazón, para sangrar por aquello que creemos correcto.

Los líderes se miraron entre sí, confundidos.

Él continuó:

—Cuiden este hermoso mundo, donde la belleza va más allá de lo que podemos ver.
Y susurró:

—Tomen este libro… Les ayudará a entender el poder que llevo conmigo…

Con esas palabras, exhaló su último aliento.

Aquel libro se llamaba Arininakuy. Era la puerta a un poder inmenso, la clave para comprender cómo funcionaba el Gao.

Inspirados por aquel guerrero sin linaje que entregó su vida por ellos, las cuatro grandes familias: Ayakura, Ukumari, Ikirami y Kiria se reunieron en el centro de Tahua, en el lugar donde el anciano había caído en batalla.

Allí, donde los caminos de los cuatro suyos se cruzaban, construyeron una estatua en su honor: la figura de un guerrero con el brazo alzado hacia el cielo, sosteniendo su arma.

A sus pies grabaron su nombre:

“CHASKI EL GRANDE”

Y sus últimas palabras:

“No importa qué sangre corre por nuestras venas… sino la voluntad de nuestro corazón para sangrar por aquello que creemos correcto.”

Bajo la sombra de aquella estatua, firmaron un pacto que llamaron “El Tratado de Huri”. En él se establecía que, si una bestia ancestral despertaba, todos los reinos firmantes lucharían juntos para dormirla. También quedaba prohibido atacarse entre reinos; quien lo hiciera sería castigado por todos.

Pero había algo que no podían ignorar: ni siquiera unidos habían logrado vencer a Shulka. Fue Chaski, aquel guerrero sin linaje, quien dio su vida para salvar el mundo. Y en su memoria, en honor a “El Grande”, decidieron fundar una ciudad.

La llamaron Huri, que significa “el encuentro”.

En ella, construirían el Gremio de los Chaskis. Un lugar donde lo que importa no es la sangre que corre por tus venas, sino la fuerza de tu voluntad. Un lugar donde se forjarían guerreros capaces de proteger Tahua, sin importar de dónde vinieran.

Para gobernarlo, se formó un consejo fundador con los líderes de cada familia, que aceptarían a los guerreros más fuertes, sin distinción de sangre.

Huri sería territorio neutral, libre para el comercio entre todos los reinos.

El gremio se dividió en dos órdenes:

Los Chaskis Reales, una élite de guerreros entrenados para proteger el imperio de las mayores amenazas. Vestían capas rojas y amarillas con el emblema del gremio y respondían directamente ante el Consejo Fundador.

Los Chaskis Aventureros eran un rango menor, el camino para llegar a ser elegidos guerreros. Aquellos que superaban la Prueba de los Tres Caminos obtenían un Kalitrio, que les permitía aceptar misiones de todo tipo a cambio de recompensas pagadas, generalmente en monedas Inkis.

Cada misión completada quedaba registrada. Aquellos aventureros que acumulaban suficientes logros y demostraban un poder excepcional podían ser considerados para ascender a Chaski Real.

La familia Larael no firmó el tratado original. Descendientes del guerrero que consideraba a los dioses patéticos, consideraban que cualquier alianza con los Ayakura —los hijos predilectos de Inti, el dios que marginó a su ancestro— era una traición a su legado.

Durante generaciones permanecieron aislados en el Ninara Suyo, gobernando sus tierras en soledad.

Hasta que un nuevo líder, Kael Larael, comprendió que el aislamiento ya no era sostenible. No solo por política, sino también por conocimiento. Él quería acceder al libro Arininakuy, aquel que el guerrero Chaski había dejado bajo el cuidado del gremio en Huri.

En lo político, el aislamiento los dejaba fuera de las decisiones que moldeaban el imperio. En lo militar, eran superiores a las otras familias, pero eso no bastaba. Necesitaban poder político, acceso a recursos y, sobre todo, acceso al libro.

Kael decidió unirse al tratado.

El Consejo debatió durante días las condiciones de los Larael. Finalmente, aceptaron, pero con una restricción que no se podía desobedecer: ninguna misión podía atentar contra otra familia firmante, pues los Larael eran conocidos como asesinos. La paz entre reinos era sagrada.

Así, los Larael se unieron al consejo del gremio.

Pero la amenaza seguía latente.

Cuando los cuatro sellos se debiliten y las bestias despierten de su letargo, los fragmentos de Apu Kawaq buscarán reunirse. Si lo logran, el Guardián Supremo renacerá de su unión.

Los dioses no podrán intervenir. Ya no forman parte del mundo terrenal. Solo los descendientes de aquellos héroes semidioses podrán enfrentar lo que se avecina.

Y el libro Arininakuy, aquel que Chaski entregó con su último aliento, guarda las respuestas que nadie ha comprendido del todo…

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