Hogwarts el nuevo Príncipe Mestizo

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Alan estaba viendo Harry Potter la parte donde Snape muere y de repente ya estaba en Hogwarts y acababa de convertirse en Príncipe Mestizo

En 1976, Severus Snape, de 16 años, dio la bienvenida a una nueva vida.

Ese año, Voldemort aún no había dividido su alma en siete pedazos.

Ese año, Nagini seguía escondida en los bosques de Albania.

Ese año, Snape decidió experimentar ese maravilloso mundo.

Capítulo I: El eco de un eco

​El sabor a sangre y tierra en la boca no tenía nada que ver con la alfombra del salón donde Alan había estado apoyando las rodillas un segundo atrás. Tampoco con la pantalla de televisión donde las lágrimas de recuerdos flotaban en un pensadero. Era una densidad distinta. Un frío punzante, húmedo, con olor a piedra vieja y a la hierba aplastada del patio exterior de Hogwarts.

​Frente a él, la túnica de Lily Evans temblaba. No por el viento, sino por la furia. Tenía el rostro encendido, las pecas marcadas sobre la piel pálida y los ojos verdes fijos en él, cargados de una decepción tan filosa que habría cortado a cualquiera.

​A cualquiera que fuera el Severus original.

​Alan —ahora encarnado en los huesos largos, nudosos y la melena grasienta de un muchacho de dieciséis años— cerró los ojos un instante. El impacto de los recuerdos del verdadero Snape no vino como una visión, sino como un peso en el pecho, una cicatriz antigua que no le pertenecía pero que le escocía la piel. La humillación ante los Merodeadores, la masa de barro en la ropa, el hechizo de Leviticorpus aún resonando en los oídos. Y la palabra. Esa maldita palabra que acababa de salir de esta misma boca hace apenas tres segundos.

​—Lily —dijo. Su voz sonó áspera, profunda, raspada por la humillación, pero extrañamente limpia de ese veneno arrastrado que solía caracterizar al Pocionista.

​Lily dio un paso atrás, cruzándose de brazos, con la mandíbula apretada.

​—Ni te molestes, Snape. “Sangre sucia”, ¿verdad? Eso soy para ti y para tus amiguitos aspirantes a Mortífagos. Llevas meses pidiendo perdón por lo que hacen y luego me llamas así delante de todo el colegio. Me cansé.

​Alan respiró hondo. Miró sus manos: delgadas, con las uñas manchadas de tinta y jugo de escarabajos de la clase de Elaboración. No sentía esa devoción ciega, desgarradora y obsesiva que había arrastrado al viejo Severus hasta la tumba. Sentía un respeto profundo por el hombre que se había sacrificado en el futuro, pero él no era ese mártir. Él no iba a vivir entre las sombras como un peón de dos ajedrecistas ancianos.

​Miró a Lily directamente a los ojos. Sin la arrogancia defensiva de los Gryffindor ni la altivez vacía de los Slytherin. Solo con la aplastante madurez de alguien que sabía exactamente en qué mierda se estaba convirtiendo el mundo fuera de este castillo.

​—Tienes razón —dijo Alan, manteniendo la voz firme, casi serena—. No hay excusa. Te falté al respeto a ti y a todo lo que hemos compartido desde niños. Estaba acorralado, avergonzado y usé la peor palabra que pude encontrar para herirte antes de que me vieras caer del todo. Fue cobarde.

​Lily parpadeó, tomándola con la guardia baja. Esperaba una justificación, una rabieta o un intento desesperado por culpar a Potter y a Black. La sobriedad en la postura de Severus era un idioma que nunca le había oído hablar.

​—No te pido que me perdones hoy, ni mañana —continuó Alan, dibujando una leve y cansada sonrisa que jamás había estado en el rostro del Príncipe Mestizo—. Solo te pido que recuerdes que, aunque me equivoque mil veces más, no pienso volver a arrastrarte a mi barro. Si decides no volver a hablarme, lo entenderé. Me lo he ganado.

​Dio media vuelta sin esperar respuesta. No se quedó a suplicar en la puerta de la Torre de Gryffindor como decía la historia. Caminó con paso constante hacia los mazmorras, sintiendo el aire helado de los pasillos subterráneos lavarle el sudor de la cara.

​El piso de la sala común de Slytherin olía a leña verde y a cuero viejo. Mulciber y Avery estaban cerca de la chimenea, hablando en susurros sobre “el Señor de las Sombras” y las cartas que llegaban desde el norte. Alan los ignoró olímpicamente, cruzando el salón sin responder a los gestos de complicidad que solían dedicarle al “talento en artes oscuras” de la casa.

​Se encerró en su habitación, se sentó en el borde de la cama de dos doseles y se inspeccionó los antebrazos.

​Piel pálida. Limpia. Sin marcas de serpientes ni calaveras.

​Un año crucial. Voldemort aún no había fragmentado su alma por completo; las piezas principales de su juego no estaban del todo colocadas y Nagini era, por ahora, solo un rumor silvano perdido en las montañas de Albania. El mundo mágico estaba a punto de arder, pero los cimientos aún estaban blandos.

​Alan sacó un pedazo de pergamino en blanco de su baúl y una pluma. No para hacer esquemas complejos ni fórmulas analíticas —no era un robot ni un estratega de salón—, sino para fijar certezas. Tenía el conocimiento de lo que vendría, pero sobre todo tenía una vitalidad distinta. Un deseo genuino de disfrutar del aire, del calor de una caldera bien hecha, de las risas en los pasillos y de la magia que no olía a podredumbre.

​“No seré el cebo de nadie”, pensó, mojando la pluma en tinta negra. “Ni de Albus con sus caramelos de limón, ni de Tom con su teatro de sangre pura.”

​Saber lo que pasaría con los Potter no era una carga, era una herramienta. Rescatar a James y a Lily en el futuro no nacería de una culpa patológica, sino del simple principio de que nadie merecía morir por la paranoia de un loco si él podía evitarlo. Pero para eso necesitaba estatus. Necesitaba que cuando hablara, el mundo mágico escuchara a Severus Snape por su talento y no por el miedo que infundía.

​Esa noche, mientras los demás dormían, Alan no practicó maldiciones oscuras. Sacó el borrador de su libro de Pócimas Avanzadas, miró las anotaciones al margen escritas por el Severus del pasado —llenas de rabia y atajos peligrosos— y empezó a tachar los hechizos defensivos más oscuros, dejando espacio para algo mejor.

​A la mañana siguiente, el Gran Comedor era un hervidero de cuchicheos. La noticia de la pequeña alteración en los terrenos del colegio ya había circulado entre los estudiantes de quinto año. James Potter y Sirius Black se pavoneaban cerca de la mesa de Gryffindor, aunque James miraba de reojo la puerta cada vez que la túnica de Lily aparecía cerca.

​Cuando Alan entró, la mesa de Slytherin le hizo un hueco esperando la habitual cara de pocos amigos y el resentimiento flotando sobre su cabeza.

​En su lugar, Alan se sirvió un plato abundante de tostadas, mermelada y té caliente. Le dedicó un saludo breve pero amable a un chico de tercer año que le pasó la jarra de leche, dejando a varios de sus compañeros de casa profundamente desconcertados.

​—¿Te cayó un rayo en la cabeza, Snape? —murmuró Mulciber, inclinándose hacia él con una mueca burlona—. Pareces contento. Pensé que estarías llorando por la pelirroja.

​Alan le dio un sorbo a su té, saboreándolo con ganas antes de responder.

​—Simplemente me di cuenta de que el té de la mañana es demasiado bueno como para arruinárselo a uno mismo pensando en tonterías, Mulciber. Deberías probarlo, despeja la bilis.

​Mulciber lo miró como si hubiera empezado a hablar en sirénico.

​A lo lejos, en la mesa de los profesores, la mirada azul y afilada de Albus Dumbledore se posó sobre el muchacho de pelo negro. Había una tranquilidad extraña en los hombros de Severus, una postura erguida que nunca antes había mostrado. Algo en el tejido de la historia acababa de cambiar su tono, y el viejo director, aunque no entendía la causa, sintió la vibración del primer hilo al romper.

​Alan levantó la vista por un segundo, cruzó la mirada con Dumbledore y le dedicó un leve asentimiento, sereno y sin desafío. Tenía mucho que hacer en este siglo, y apenas estaba empezando.

​La mañana en el aula de Pócimas transcurrió entre el vapor denso de la raíz de valeriana y el chirrido de los calderos de cobre. Para Alan, manipular las herramientas de laboratorio era algo casi natural; la precisión de las manos del viejo Severus combinada con su propia calma producía un ritmo fluido, sin el ardor ni las prisas de antes.

​A mitad de la clase, un chispazo azul de la mesa contigua llamó su atención. Un muchacho de Hufflepuff de cuarto año, que repetía la materia, miraba horrorizado cómo su mezcla para la Solución Encogedora empezaba a burbujear con una tonalidad morada bastante peligrosa.

​—Demasiada bilis de armadillo —dijo Alan, acercándose sin hacer ruido. Tomó con suavidad la cuchara de latón de la mano del chico y dio tres vueltas en sentido contrario a las agujas del reloj—. Agrega dos gotas de jugo de higo seco y baja el fuego. Si no, vas a derretir la mesa.

​El alumno de Hufflepuff lo miró con los ojos abiertos como platos, esperando la habitual burla o el desprecio helado que el “Príncipe Mestizo” solía regalar a cualquiera que no fuera de su casa.

​—G-gracias, Snape —balbuceó el chico, apresurándose a ajustar la llama.

​Alan le dedicó una leve sonrisa de complicidad antes de regresar a su puesto. No buscaba aplausos; simplemente le resultaba absurdo ver sufrir a alguien por una poción mal medida. En una mesa lateral, Lily Evans detuvo la pluma a medio tintero. Había visto la interacción completa. Sus pestañas temblaron levemente, desconcertada por la soltura con la que él había actuado, pero apretó los labios y volvió a concentrarse en su propio pergamino. “No te dejes engañar”, se repitió a sí misma. “Solo está intentando llamar la atención”. La decisión de guardar distancia seguía firme, aunque el comportamiento de Severus parecía no encajar con nada de lo que ella creía conocer.

​Al terminar la clase, la marea de estudiantes inundó los corredores de piedra que conducían hacia el Gran Comedor. Alan caminaba a buen paso, ajustando la correa de su mochila de cuero, cuando una figura se le cruzó en el camino de forma abrupta, obligándolo a frenar en seco.

​James Potter estaba allí, rodeado por Sirius Black y Peter Pettigrew. La postura de James era tensa, con la mano derecha apoyada en el bolsillo del túnica donde guardaba su varita.

​—Vaya, vaya. Miren a la estrella de la clase de pócimas —dijo James, alzando la voz para asegurarse de que los alumnos que pasaban los escucharan—. ¿Desde cuándo nos volvimos el Sanador del colegio, Quejicus? ¿Tratas de impresionar a alguien con tu nuevo acto de chico bueno?

​Sirius soltó una carcajada seca, apoyándose contra el muro con los brazos cruzados, mientras algunos transeúntes empezaban a formar un círculo prudente.

​Alan no se puso a la defensiva. Tampoco apretó los dientes con esa rabia ciega que solía consumir las tripas del Severus original. En lugar de eso, suspiró, ajustó la mochila sobre su hombro y miró a Potter con una calma que pareció descolocar por completo al Gryffindor.

​—Simplemente estaba evitando que explotara un caldero, Potter —respondió Alan, con un tono cansado pero perfectamente educado—. Nada del otro mundo. Si me disculpas, tengo hambre.

​Dio un paso hacia un lado para rodearlos, pero James, sintiendo que la falta de reacción de su objetivo lo dejaba en ridículo ante la muchedumbre, reaccionó por puro impulso. Sacó la varita de un tirón y la apuntó directamente al pecho de Alan, con el rostro encendido de frustración.

​—¡Tú no te vas a ninguna parte hasta que…!

​—¡Señor Potter!

​La voz de la profesora McGonagall cortó el aire como un látigo de cuero. Surgió del pasillo adyacente con la túnica verde esmeralda ondeando y una expresión de absoluta severidad.

​—¿Se puede saber qué cree que está haciendo apuntando con su varita a un compañero en medio del pasillo? —espetó McGonagall, deteniéndose entre ambos muchachos.

​James bajó la varita de golpe, tragando saliva.

​—Profesora… solo estábamos… él estaba provocando…

​—No he visto al señor Snape pronunciar un solo hechizo ni alzar la voz, Potter —dijo la profesora con frialdad—. Diez puntos menos para Gryffindor por imprudencia. Y si vuelvo a ver una varita fuera de lugar antes del almuerzo, tendrá detención el fin de semana entero. Circulen, todos, ¡vamos!

​Cuando la multitud se dispersó, Alan se retiró hacia una ventana del tercer piso, lejos de las miradas. Apoyó las manos en el alféizar de piedra y miró su reflejo en el cristal emplomado.

​Por un segundo, justo cuando James había sacado la varita, Alan había sentido una llamarada de odio visceral, un veneno negro que le heló la sangre y le pidió a gritos sacar la suya propia para usar el Sectumsempra. No había sido un pensamiento racional suyo; era un residuo biológico, la memoria emocional del antiguo Severus que aún habitaba en las fibras de ese cuerpo.

​“No voy a llevar tus fantasmas a cuestas”, pensó Alan, tocando la masa de cabello grasiento y oscuro que le caía sobre los hombros, la misma melena que durante años había servido de escudo para esconder el rostro de la humillación. “Ese tiempo ya se terminó”.

​Caminó hacia los baños de chicos, se encerró en uno de los cubículos y sacó una pequeña tijera de encantamientos de su estuche de ingredientes.

​Sin dudarlo, tomó el primer mechón largo y lo cortó cerca de la nuca. El sonido del acero separando las hebras sonó limpio y seco. Siguió cortando con firmeza, retirando el exceso de las sienes, despejando la frente y el cuello de esa sombra densa que siempre lo había acompañado.

​Cuando terminó, echó los mechones cortados al lavabo y se mojó la cara con agua fría.

​Al levantarse y mirarse al espejo, la imagen que le devolvió el cristal era completamente distinta. El rostro seguía siendo el de Severus Snape —pálido, de nariz prominente y rasgos afilados—, pero ahora, con el cabello corto, pulcro y peinado hacia atrás, la luz del día le daba directamente en los ojos. Sin el velo grasiento ocultándolo, su mirada se veía limpia, despejada y con una madurez que nadie en Hogwarts le había visto jamás.

​Salía al pasillo con la cabeza en alto, listo para que el colegio empezara a ver al nuevo Príncipe.

​Alan caminó por los pasillos del castillo ajustando los dobladillos de su túnica negra. Con la varita en mano y un encantamiento de costura básico pero preciso, acortó los bordes deshilachados y retiró el velo de polvo que solía cubrir el tejido pesado. Ajustó el cuello, permitiendo que la luz del ventanal diera directamente sobre su garganta despejada. El cambio no era solo un corte de cabello; era una reestructuración completa de su presencia física. El inventario de trapos oscuros y descuidados del viejo Severus quedaba atrás para dar paso a una estampa pulcra, erguida y sobria.

​Al cruzar el arco hacia el vestíbulo principal, el Murmullo de la tarde se redujo de golpe.

​Los estudiantes de diversas casas detuvieron sus conversaciones. La diferencia visual era drástica: el muchacho sombrío que solía caminar encorvado, escondiendo la cara tras una masa grasienta de pelo, había desaparecido. En su lugar caminaba un joven de rasgos marcados, pómulos firmes y una postura de absoluta serenidad. La luz que entraba por los vitrales reflejaba unos ojos oscuros pero limpios, atentos a su entorno sin el resentimiento habitual.

​En la esquina del pasillo, Lily Evans caminaba junto a dos compañeras de Gryffindor sosteniendo un rollo de pergamino. Cuando levantó la vista y lo vio venir, el movimiento de sus manos se congeló.

​El impacto visual fue una sacudida directa. El “Quejicus” que habitaba en su memoria —el chico desaliñado y lleno de veneno defensivo— no encajaba en absoluto con la persona que tenía a diez metros de distancia. Alan le sostuvo la mirada por un instante al pasar a su lado, dedicándole un asentimiento de cabeza cortés, perfectamente neutro, sin amargura ni súplicas. Lily se quedó inmóvil, con los labios entreabiertos, viendo cómo él continuaba su camino. La certeza que había construido durante meses sobre quién era Severus Snape acababa de agrietarse en un solo segundo.

​Al llegar a la mesa de Slytherin para la cena, la atmósfera se volvió densa como el plomo. Mulciber, Avery y un par de estudiantes de sexto año lo observaron con una mezcla de desconcierto y abierto rechazo.

​—¿Qué se supone que es esta estupidez, Snape? —espetó Mulciber en voz baja, golpeando la mesa con el mango de su cuchillo—. Pareces un mestizo tratando de encajar con los Sangre Sucia. ¿Dónde quedó tu túnica? ¿Dónde está tu aspecto? Estás haciendo el ridículo ante toda la escuela.

​—El aspecto no hace la magia, Mulciber —respondió Alan tranquilamente, sirviéndose una porción de estofado con elegancia—. Y si lo que me hacía “Slytherin” a tus ojos era la mugre en el cuello y el descuido, entonces tienes una concepción bastante pobre de nuestra casa.

​Avery soltó un bufido despectivo.

​—Estás jugando con fuego. Los amigos que importan de verdad fuera de este castillo no van a ver con buenos ojos que te limpies la cara para complacer al director o a los leones. Estás quedando solo.

​—Sobreviviré —sentenció Alan con una sonrisa helada, dando por terminada la conversación antes de probar la comida.

​Sin embargo, la calma duró poco. Desde la mesa de Gryffindor, James Potter y Sirius Black habían estado observando la escena. La humillación de James por la pérdida de puntos previa seguía fresca, y la metamorfosis de Snape no hacía más que aumentar su irritación. Para ellos, no era más que una provocación calculada.

​Sirius se levantó de golpe, cruzando el pasillo central del Gran Comedor con paso firme hasta detenerse justo detrás de la banca de Alan.

​—Vaya, vaya. Miren esto —alzó la voz Sirius, provocando que varios profesores en la mesa principal giraran la cabeza—. Parece que el perro callejero se bañó y se cortó el pelo. ¿Qué pasa, Snape? ¿Crees que con un corte de pelo decente la gente va a olvidar la basura que sale de tu boca? ¿O es que de verdad piensas que te ves como alguien importante?

​Alan terminó de masticar, limpió sus labios con la servilleta de lino y se giró lentamente en la banca para mirar a Sirius a los ojos. No había rastro de rabia en la mirada del nuevo Severus. Solo una profunda, casi piadosa, madurez.

​Capítulo Il: La doctrina del espejo

​El Gran Comedor quedó sumido en un silencio denso. El chasquido de las copas de plata al ser apoyadas contra la madera se detuvo de golpe. Sirius Black continuaba de pie, con los puños apretados y el mentón alzado, esperando una reacción violenta, un insulto o el movimiento instintivo de una mano buscando la varita bajo la túnica.

​Alan se tomó su tiempo. Puso la servilleta sobre la mesa, se puso de pie con una calma calculada y miró a Sirius directamente. Su postura, limpia de la defensiva encorvada que solía caracterizarlo, proyectaba una autoridad serena que desarmaba el ambiente.

​—Tienes razón en algo, Black —dijo Alan, elevando la voz lo suficiente para que el eco resonara en las mesas contiguas de Ravenclaw y Hufflepuff—. La basura que salía de mi boca era inaceptable. Y no pretendo que un corte de pelo ni una túnica limpia borren el comportamiento infantil que mantuve durante años.

​Sirius parpadeó, desconcertado. James Potter, que observaba desde su asiento a unos metros, se inclinó hacia adelante con la frente fruncida.

​—Durante mucho tiempo —continuó Alan, paseando la mirada por la mesa de Slytherin, donde Mulciber lo observaba con rabia contenida—, confundí el orgullo de mi casa con la soberbia. Creí que ser un Slytherin significaba aislarme, alimentar el rencor y buscar respeto a través del desprecio. Me equivoqué. Fue un concepto totalmente inmaduro de lo que representa la ambición y la astucia. Acepto mi responsabilidad y las consecuencias de cada error cometido. Si esperas que te responda con la misma agresividad para validar tu show de esta tarde, te vas a quedar con las ganas.

​Alan le dedicó un asentimiento cortés, tomó su mochila y caminó hacia las puertas dobles sin mirar atrás.

​En la mesa de Gryffindor, Lily Evans permanecía estática. Las palabras de Snape resonaban en sus oídos como un golpe seco. La imagen del chico rencoroso que rogaba en la puerta de la Torre desaparecía a pasos agigantados, reemplazada por la de un joven sobrio y maduro. Una grieta amarga comenzó a abrirse en su pecho. “¿Es una actuación?”, se preguntó, sintiendo un nudo en la garganta. “Si este es el verdadero Severus… ¿por qué nunca fue así conmigo? ¿Acaso yo era la que alimentaba sus peores defectos? ¿Yo lo frenaba?”. La mezcla de autorreproche, frustración y una rabia incomprensible la abrumó por completo. Emociones caóticas que jamás pensó que él le provocaría la ahogaban en silencio.

​A pocos metros, las risas de dos chicas de Hufflepuff cortaron el ambiente:

—Oye… hay que admitir que se ve increíblemente bien con el pelo corto. Tiene rasgos muy marcados.

—Sí, totalmente. Antes ni se le veía la cara, pero ahora tiene una presencia muy elegante.

​Escuchar los chismes despreocupados de sus compañeras terminó por descolocar a Lily, quien apretó los cubiertos con rabia y miró hacia el plato sin probar bocado. Mientras tanto, James y Sirius se reunían en voz baja con Remus Lupin, visiblemente alterados.

—Esto no es normal, Cornamenta —susurró Sirius, apretando los dientes—. Ese tipo está tramando algo gordo. Nadie cambia de opinión sobre Slytherin de la noche a la mañana.

—Tenemos que vigilarlo —asintió James, cruzando los brazos con la mirada fija en las puertas vacías—. Algo no cuadra.

​Ajeno al torbellino de rumores que dejaba tras de sí, Alan subió a paso firme hacia el séptimo piso del castillo. Se detuvo en el pasillo despejado, justo frente al tapiz de Barnabás el Chiflado. Miró el muro de piedra desnudo y sonrió levemente para sus adentros. “Tener la historia en la cabeza y no usar esta sala desde el primer día sería una estupidez”, pensó.

​Cerró los ojos y comenzó a caminar de un extremo a otro frente a la pared, repitiendo en su mente la intención clara: Necesito un lugar perfecto para elaborar pociones, con equipamiento avanzado, ingredientes raros y toda la literatura prohibida sobre la materia.

​Tres veces.

​Al abrir los ojos, un intrincado marco de bronce pulido se materializó sobre la piedra, dando paso a una puerta de madera de roble oscuro. Alan giró el pomo y entró.

​El aire dentro olía a sándalo, calderos de latón caliente y pergamino antiguo. La Sala de los Menesteres no solo había cumplido su pedido, sino que había sobrepasado cualquier expectativa. A lo largo del espacio se extendía un laboratorio de alquimia completo: mesas de mármol negro resistentes al ácido, mecheros mágicos regulables, una colección impecable de instrumental de cristal de Murano y estantes repletos de frascos con ingredientes que van desde raíces de asfódelo hasta escamas de serpiente marina.

​Al fondo, un área de lectura iluminada por quinqués dorados albergaba una biblioteca monumental. Alan se acercó a las estanterías y pasó los dedos por los lomos de cuero. Allí estaban: tomos raros de alquimia medieval, manuscritos olvidados sobre la interacción de fluidos mágicos e incluso volúmenes con el sello de la Sección Prohibida que jamás habrían salido de la biblioteca principal sin un pase firmante de un profesor.

​Alan se quitó la túnica superior, se arremangó las mangas de la camisa y tomó un mortero de ágata.

​Durante las horas siguientes, sumergido en el silencio absoluto del laboratorio, el nuevo Severus comenzó a trabajar. La combinación del talento visceral y la memoria muscular del cuerpo de Snape junto con la mente despejada, pragmática y madura de Alan produjo una sinergia perfecta. No buscaba crear maldiciones oscuras; buscaba entender la matriz misma de la química mágica. Mientras maceraba escarabajos de fuego a temperaturas milimétricamente controladas, descubrió patrones de estabilización en las soluciones que el texto oficial calificaba de “imposibles”.

​Se sentó en el escritorio rodeado de tomos abiertos, anotando con su caligrafía fina nuevos métodos de extracción para optimizar el tiempo de cocción de filtros complejos. Había encontrado su verdadero centro de operaciones. Desde esta sala, el nuevo Príncipe Mestizo construiría un prestigio que nadie en el mundo mágico podría ignorar.

​En la torre de Gryffindor, sobre una mesa de roble saturada de pergaminos y tinteros volcados, el Mapa del Merodeador ardía bajo la luz de una vela consumida. James Potter se inclinaba con los codos apoyados sobre la madera, con los ojos inyectados en sangre de tanto seguir la pequeña etiqueta de tinta que llevaba el nombre de Severus Snape.

​—Ha vuelto a desaparecer —gruñó James, dando un puñetazo suave sobre el mapa—. Mira aquí, lunático. Sube por las escaleras del lado este, llega al corredor del séptimo piso frente al tapiz de los trolls chiflados… y se esfuma. Desaparece en el aire. No baja a las mazmorras, no va a la biblioteca. Se borra del mapa.

​Remus Lupin ajustó sus anteojos y se acercó a mirar.

​—El mapa cubre todo el castillo, James. A menos que haya encontrado un pasadizo fuera de los límites o un espacio que la magia del mapa no logre registrar…

​—O está usando Magia Oscura pesada —interrumpió Sirius desde su cama, lanzando una pelota de trapo contra el techo—. Te lo dije. El numerito del comedor, el corte de pelo, la actitud de santo arrepentido… todo es una cortina de humo. Está preparando algo con los de su casa.

​—No —dijo James con firmeza, apretando la mandíbula—. En Slytherin tampoco están hablando con él. Lo estuve mirando durante el almuerzo. Está solo. Y eso lo hace diez veces más peligroso.

​Mientras tanto, en las mazmorras, la tensión en el dormitorio de quinto año de Slytherin había llegado a un punto de no retorno.

​Alan acababa de cruzar el umbral de la habitación, con la intención de guardar un par de libros en su baúl, cuando Mulciber y Avery le cerraron el paso. La puerta se cerró de golpe a sus espaldas con un hechizo silenciador.

​—Se acabó la paciencia, Snape —dijo Mulciber, dando un paso adelante. Tenía la cara hinchada de rabia y la varita en la mano—. Ya nos cansamos de tus aires de superioridad. Primero nos dejas en ridículo en el comedor pidiendo disculpas como un perro apaleado, y ahora te la pasas desapareciendo todas las noches. ¿Con quién estás hablando? ¿Le estás vendiendo información a Dumbledore o a los leones para salvar tu propio cuello?

​Alan no dio un paso atrás. Miró la varita de Mulciber y luego sus ojos, manteniendo las manos despejadas, a la vista.

​—No le debo explicaciones a nadie sobre lo que hago con mi tiempo libre, Mulciber —respondió Alan con voz tranquila, marcando cada palabra con una sobriedad helada—. Y te sugiero que bajes la varita. Si crees que mi cambio de actitud significa que he olvidado cómo defenderne, estás cometiendo un error monumental.

​Avery agarró el brazo de Mulciber antes de que formulara un hechizo.

​—Déjalo —siseó Avery, mirando a Alan con auténtico asco—. No vale la pena. Ya nos enteraremos de lo que trama. Pero que te quede claro, Snape: en esta habitación duermes solo. Para la casa de Slytherin, ya no existes. Eres un apestado.

​Alan sostuvo la mirada de ambos sin parpadear hasta que se apartaron. Caminó hacia su cama, echó las cortinas de dosel y respiró hondo. El aislamiento en Slytherin era absoluto, pero la paz mental valía cada centímetro de distancia.

​De vuelta en la Sala de los Menesteres, el aroma a azufre y raíz de mandrágora quemada llenaba el ambiente.

​Alan limpió con un paño seco el borde de un caldero de latón que echaba un humo grisáceo y pestilente. La poción de Vigorización Compleja que intentaba perfeccionar se había cortado por tercera vez en la semana. Se apoyó contra el borde de la mesa de mármol, pasándose una mano por el cabello corto y suspirando con cierta ironía.

​Tener los recuerdos de la trama futura no lo convertía mágicamente en un brujo omnipotente. La teoría era una cosa; la ejecución física, el control del fuego, la densidad exacta de los fluidos y la intuición mágica requerían horas de disciplina absoluta. Las manos de Severus tenían una memoria prodigiosa para el corte y la extracción, pero era Alan quien tenía que pulir ese don, estudiando tomo por tomo, tropezando con fórmulas fallidas y corrigiendo errores a base de paciencia. El conocimiento no caía del cielo: se conquistaba con sudor, lecturas a medianoche y dedos manchados de hollín.

​“El conocimiento es poder”, se repitió Alan, tirando las posos arruinados a un cubo de desperdicios y abriendo de nuevo un grueso manuscrito de alquimia del siglo XV. “No hay atajos para convertirse en alguien indispensable”.

​A la mañana siguiente, el aire frío del patio central presagiaba lluvia. Alan caminaba hacia la biblioteca con un paquete de pergaminos bajo el brazo cuando una figura emergió de la sombra de los arcadas.

​Lily Evans estaba allí. Llevaba el uniforme de Gryffindor impecable, pero sus ojos verdes mostraban sombras de cansancio. Había estado esperándolo.

​Al verla, Alan detuvo el paso, manteniendo una distancia respetuosa.

​—Lily —dijo suavemente, saludando con un asentimiento.

​Ella apretó las manos alrededor de sus libros, mirándolo de arriba abajo. Verlo de cerca con el nuevo corte de pelo, la piel limpia y esa mirada serena le provocó un vuelco en el estómago que intentó disimular de inmediato con una mueca de severidad.

​—Severus —empezó ella, con la voz ligeramente quebrada antes de recuperar el tono firme—. Necesito saber la verdad. ¿Qué fue todo eso en el Gran Comedor?

​Alan la miró fijamente, en silencio, permitiéndole hablar.

​—¿Por qué dijiste esas cosas? —continuó Lily, dando un paso hacia él, empujada por una frustración que llevaba días carcomiéndola por dentro—. Llevamos años conociéndonos. Te vi hundirte en esa mierda de la sangre pura, te vi juntarte con Mulciber, te vi buscar excusas para todo… Y de repente, de la noche a la mañana, hablas como si fueras un adulto de cuarenta años que lo entiende todo. ¿Es un juego? ¿Estás tratando de hacerme sentir culpable por haberme alejado? ¿O es una maldita actuación para que los profesores piensen que eres una víctima?

​La mezcla de rabia, confusión y autoreproche en la voz de Lily era evidente. La duda la estaba destruyendo: si este Severus sensato y maduro era el real, significaba que la persona que ella había rechazado era una versión que quizás ella misma no supo ayudar a cambiar.

​Alan dio un paso tranquilo hacia adelante, sin invadir su espacio, y la miró con una honestidad desarmante.

​—No es una actuación, Lily —dijo con voz pausada, cálida pero firme—. Y tampoco tiene nada que ver contigo. Tu decisión de alejarte fue justa y te la ganaste a pulso por cómo te traté. No pretendo que te sientas culpable, ni espero que vuelvas a ser mi amiga.

​Lily parpadeó, impactada por la falta de reproche en sus palabras.

​—Entonces… ¿por qué ahora? —murmuró, casi en un susurro.

​—Porque me di cuenta de que estaba destruyendo mi propia vida por seguir ideas estúpidas y rencores que no me llevaban a ningún lado —respondió Alan, dibujando una leve y franca sonrisa—. Madurar duele, Lily, pero es necesario. Siento mucho haberte arrastrado en mi proceso, pero este es el camino que he elegido tomar. Por mí, no por nadie más.

​Se acomodó los pergaminos bajo el brazo, le dedicó una última mirada de respeto y continuó su camino hacia la biblioteca, dejándola sola bajo los arcos de piedra, incapaz de articular una sola palabra más.

​El vapor que emergía del caldero de bronce en el centro de la Sala de los Menesteres no olía a azufre, sino a pino fresco y lluvia estival. Alan observó el viraje de color: del violeta turbio a un dorado transparente y cristalino. Tras noches de lecturas minuciosas, errores de dosificación y dedos manchados de hollín, la Poción de Vigorización Compleja estaba finalmente estabilizada.

​Había ajustado el tiempo de infusión de las raíces de valeriana, sustituyendo el corte directo por una maceración lenta en frío antes de la ebullición. Tomó la pluma y anotó la variante en su diario personal de alquimia: un método un 30% más rápido y con la mitad de toxicidad residual. No era omnipotencia; era la recompensa del trabajo disciplinado y la explotación consciente de la memoria de Severus.

​Sabiendo que su entorno en las mazmorras era cada vez más hostil, Alan dedicó la siguiente hora a encantar su baúl de pertenencias. Con una serie de hechizos de sellado rúnico y un encantamiento de barrera pasiva que solo respondía al tacto de su propia varita, protegió sus manuscritos y reactivos de cualquier intento de sabotaje. Se aseguró de que nada de valor quedara a merced de sus compañeros de cuarto.

​Al salir de la Sala de los Menesteres, el corredor del séptimo piso estaba en penumbra. Alan caminaba a buen paso hacia las escaleras cuando dos figuras emergieron de la penumbra detrás del tapiz de Barnabás el Chiflado.

​James Potter y Sirius Black cerraban el paso, con las varitas desenfundadas y expresiones de contenida euforia.

​—Atrapado, Quejicus —dijo James con una sonrisa helada, dando un paso adelante—. Te hemos estado siguiendo en el mapa. Llegas a esta pared y te esfumas. ¿Qué hay aquí? ¿Un pasadizo secreto? ¿Un escondite de artefactos oscuros?

​Sirius dio un paso de flanco, intentando acorralarlo contra el muro de piedra.

​—Habla de una vez —siseó Sirius—. No nos tragamos tu papel de estudiante reformado. Dinos qué estás haciendo en este piso antes de que te hagamos hablar por las buenas.

​Alan no se llevó la mano a la túnica para buscar la varita. Mantuvo la espalda recta, los hombros relajados y la mirada fija en los ojos de James.

​—Si pasaran la mitad del tiempo estudiando lo que pasan persiguiéndome por los pasillos, Potter, no necesitarían mapas para entender cómo funciona este castillo —respondió Alan con una voz serena, casi divertida—. No hay nada oscuro aquí. Solo un estudiante que busca tranquilidad lejos de la inmadurez de ustedes. Si van a atacarme dos contra uno, adelante. Pero recuerden que la profesora McGonagall está a un piso de distancia.

​Antes de que James pudiera responder, el crujido de pasos apresurados resonó en el pasillo.

​Lily Evans apareció al final del corredor, acompañada por Remus Lupin. Venía buscando a los Merodeadores tras notar su ausencia en la sala común, pero al ver la escena —James y Sirius encajonando a Severus contra la pared con las varitas en la mano— su rostro se volvió de piedra.

​—¿Qué creen que están haciendo? —espetó Lily, cruzando el pasillo con paso firme y poniéndose directamente entre los Merodeadores y Alan.

​—Lily, no te metas —dijo James, bajando un poco la varita pero sin guardarla—. Este tipo está tramando algo. Desaparece en este piso todas las noches.

​—¡Estoy harta de sus excusas, James! —gritó Lily, girándose hacia él con los ojos ardiendo de indignación—. Lo están acosando. Él no les ha hecho nada, no ha alzado la varita, no los ha provocado. Lo único que he visto estos días es a un Severus que intenta hacer las cosas bien y a ustedes comportándose como matones frustrados.

​Sirius apretó la mandíbula, pero la mirada de desprecio de Lily lo obligó a dar un paso atrás. Remus, avergonzado, puso una mano sobre el hombro de James y tiró suavemente de él.

​—Vámonos, James —murmuró Remus—. Tiene razón. Esto no está bien.

​James miró a Lily, luego a Alan —quien simplemente le sostuvo la mirada con un asentimiento neutro— y finalmente guardó la varita, alejándose a zancadas por el pasillo junto a Sirius y Remus.

​Lily se giró hacia Alan. La mezcla de emociones en su rostro era abrumadora: la culpa por haber dudado de él, la confusión ante su aplomo y el impacto de ver a sus propios amigos actuar de forma tan mezquina.

​—Severus… —empezó ella con la voz temblorosa.

​—Gracias, Lily —dijo Alan con suavidad, dedicándole una sonrisa sincera y respetuosa—. Pero no hacía falta que te expusieras por mí. Sé cuidarme solo. Que tengas buena noche.

​Pasó a su lado con elegancia, dejando a Lily parada en medio del corredor sin saber qué decir, sintiendo que cada interacción con este nuevo Severus solo alejaba más la sombra del pasado que creía conocer.

​Al regresar finalmente a las mazmorras, la puerta del dormitorio de Slytherin estaba entreabierta. Al entrar, Alan encontró sus pertenencias de uso diario —libros de texto ordinarios y túnicas de repuesto no encantadas— tiradas en el suelo, con las páginas arrancadas y la tinta derramada sobre la alfombra. Mulciber y Avery lo miraban desde sus camas con sonrisas burlonas.

​Alan no perdió la calma ni alzó la voz. Caminó hacia el desastre, sacó su varita con un movimiento limpio y pronunció un Reparo fluido que devolvió cada objeto a su estado impecable. Limpió la tinta de la alfombra con un chasquido de los dedos y guardó todo dentro de su baúl rúnicamente protegido.

​Se giró hacia sus compañeros de cuarto, mirándolos con una piedad fría.

​—Si este es el nivel de su resistencia, me temo que van a tener un año muy largo y decepcionante —dijo Alan en voz baja, antes de cerrar las cortinas de su cama y dar por terminada la jornada.

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