Capítulo V: Disculpas, sanciones y reevaluaciones
La oficina del profesor Slughorn, iluminada por el resplandor cobrizo de una chimenea que nunca se apagaba del todo, olía a jerez refinado, fruta confitada y la cera densa de las velas de sebo. Sin embargo, la presencia de la profesora McGonagall en el centro de la estancia erradicaba cualquier rastro de la habitual hospitalidad del Jefe de Slytherin.
Frente a ellos, en una fila tensa, permanecían los implicados. Sirius Black y Remus Lupin mantenían una postura rígida pero serena. Los dos partidarios de Mulciber que habían sobrevivido al altercado en Hogsmeade mostraban aún los rastros de la contienda bajo los túnicas. Alan se mantenía en un extremo, con los brazos a los lados y la mirada fija en un punto neutro de la pared de piedra.
—Lo que ocurrió el sábado en el callejón de Hogsmeade es una vergüenza absoluta para esta institución —sentenció McGonagall, ajustándose los anteojos rectangulares mientras su mirada recorría uno a uno a los presentes—. Duelos en la calle, hechizos peligrosos fuera del recinto escolar y una falta total de disciplina. No me importa qué rencillas internas o viejos agravios sirvieron de detonante.
Slughorn, sentado tras su pesado escritorio de caoba, se limitaba a asentir con la cabeza a intervalos regulares, acompañando cada palabra severa de su colega con un gesto grave. Sin embargo, sus ojos, astutos y acostumbrados a sopesar el valor real de los estudiantes, se desviaban contantemente hacia Alan. Había visto el informe de los daños y escuchado la versión de Lupin sobre la contención limpia de Alan. Sumado a la columna publicada en el Profeta esa misma mañana, la percepción que el profesor tenía del joven Slytherin estaba sufriendo un reajuste profundo: ya no veía al muchacho reservado y talentoso pero amargado, sino a un individuo con un autocontrol frío y una proyección académica deslumbrante.
—Treinta puntos menos para Gryffindor por la intervención injustificada de los Sres. Black y Lupin, y dos semanas de castigo clasificando ingredientes podridos en el invernadero tres —decretó McGonagall—. En cuanto a Slytherin, cincuenta puntos menos por la emboscada planificada, y castigo directo con el celador Filch para los involucrados. Sr. Snape, dado que su actuar se mantuvo estrictamente en el margen de la defensa propia según los testimonios, no perderá puntos, pero cumplirá las mismas dos semanas de supervisión vespertina en la biblioteca para asegurar que este tipo de incidentes no se repitan.
Alan inclinó la cabeza con elegancia sin emitir una sola protesta. Slughorn carraspeó, interviniendo con voz pausada:
—Una resolución justa, Minerva. Confiemos en que todos los presentes sepan extraer la lección correcta de este lamentable episodio.
Las semanas siguientes transcurrieron en una rutina rigurosa. Alan alternaba sus deberes académicos y los castigos en la biblioteca con visitas nocturnas a la Sala de los Menesteres, donde continuaba afinando el control de su magia y la arquitectura de su mente. Mientras tanto, la fractura dentro de Slytherin se profundizaba: la facción más radical, golpeada por la derrota de Mulciber, se replegaba en un rencor silencioso, mientras que un grupo creciente de estudiantes neutrales comenzaba a gravitar hacia la figura de Snape, atraídos por su prestigio técnico y su negativa a dejarse arrastrar por fanatismos.
Una tarde de lluvia densa, Alan subió los peldaños en espiral hasta la pajarera del castillo para enviar su manuscrito con las correcciones para la segunda columna del Diario Profeta. Tras atar el pergamino a la pata de una lechuza torreña y verla partir hacia la niebla, una voz suave resonó a sus espaldas.
—Es una prosa excepcionalmente limpia, Severus. La claridad conceptual siempre ha sido una virtud rara en el campo de las Pócimas.
Dumbledore estaba de pie cerca del arco de piedra, vistiendo una túnica azul prusia bordada en hilo de plata. Sus ojos claros brillaban tras los cristales en media luna mientras observaba al joven.
—Director —saludó Alan, girándose con calma sin mostrar sobresalto—. No lo escuché llegar.
—A mi edad, uno aprende a caminar sin hacer más ruido que las hojas secas —respondió Dumbledore, acercándose al ventanal para mirar el horizonte del lago—. He estado observando tu desempeño últimamente. No solo en tus publicaciones, sino en tu actitud. Muchos profesores comentan que pareces… una persona completamente diferente a la de hace apenas unos meses.
El director lo evaluaba con esa mirada que parecía atravesar capas de pensamiento, pero Alan mantuvo la barrera de Oclumencia fluida, permitiendo únicamente la superficie lisa de una mente ordenada.
—Al perder algo verdaderamente importante —dijo Alan con voz pausada, midiendo cada palabra—, uno parece convertirse en una nueva persona. En realidad, solo cambia en lo que decide convertirse a partir de ese momento.
Dumbledore guardó silencio durante unos segundos. Sus labios esbozaron una sonrisa tenue, casi melancólica, mientras paladeaba el regusto de aquellas palabras.
—Un pensamiento profundo, y extraordinariamente lúcido para alguien de tu edad —murmuró el anciano director, asintiendo despacio—. Te felicito por tu trabajo en el Profeta. Es un logro notable abrirse paso por mérito propio a los dieciséis años.
—Gracias, Señor.
Sin añadir nada más, Dumbledore rozó el ala de su sombrero en un gesto cortés y se retiró por las escaleras de caracol. Alan se quedó a solas con el sonido de la lluvia. Sabía perfectamente que todavía no era el momento de hablar sobre los Horrocruxes ni sobre los planes de Voldemort; revelar información tan crítica sin la estructura de poder adecuada a su favor solo lo convertiría en un peón en el juego del director. Primero debía afianzar su propia independencia financiera, académica y social.
A los pocos días, comenzaron a circular rumores corrosivos por los pasillos. Habladurías malintencionadas, nacidas de los restos del grupo de Mulciber, afirmaban que el cambio de actitud de Snape no era más que una fachada orquestada para ganarse el favor de los profesores y ocultar pactos oscuros que había intentado hacer en el pasado.
Alan decidió ignorar los chismes por completo. Sin embargo, dentro de su mente, la marea de emociones del Severus original —el rencor reprimido, la vergüenza de los viejos recuerdos de Cokeworth y la frustración acumulada— pugnaba por salir a la superficie con una violencia inusitada. Alan tuvo que recurrir a la arquitectura de su nueva Oclumencia, construyendo muros de contención mental para aislar la ira residual del cuerpo que ahora habitaba.
Los rumores también llegaron a la mesa de Gryffindor, generando por primera vez una división clara dentro de los Merodeadores. James Potter sostenía con terquedad que los chismes confirmaban sus sospechas de que Snape tramaba algo turbio. Sin embargo, Sirius y Remus se opusieron abiertamente a esa postura, señalando que la conducta de Snape en las últimas semanas había sido intachable y que no iban a validar tonterías inventadas por los leales a Mulciber.
Lily Evans, por su parte, observaba la situación desde cierta distancia. Notó rápidamente que Alan no reaccionaba a los murmullos ni mostraba hostilidad cuando cruzaba miradas con quienes los propagaban. Sin embargo, en la clase de Pociones del viernes, sus sospechas sobre que algo extraño le ocurría a Severus quedaron al descubierto.
Mientras preparaban una Solución Creciente, Alan vertió las espinas de puercoespín antes de retirar el caldero del fuego, un error elemental de principiante que provocó una columna de humo ácido y arruinó la poción al instante. Lily, desde la mesa contigua, vio el incidente con asombro. Ella asumió que el cansancio por los rumores lo estaba afectando finalmente.
Lo que Lily no podía saber era que el fallo no había tenido nada que ver con los chismes del colegio, sino con una grieta temporal en la Oclumencia: una llamarada súbita de emoción visceral del Severus Snape original que había tomado el control de su mano durante un segundo crítico.
En la sala común de Gryffindor, el fuego de la chimenea proyectaba sombras alargadas sobre los tapices rojos y dorados. Lily Evans permanecía sentada en un sillón orejero, con un libro de Transfiguración abierto sobre las rodillas, aunque llevaba más de veinte minutos sin pasar la página.
El incidente en la clase de Pociones no dejaba de dar vueltas en su cabeza. Ver a Severus cometer un error tan burdo, tan impropio de su precisión habitual, había actuado como un detonante insidioso. ¿Realmente le estaban afectando los rumores? ¿O era ese el precio invisible de la extraña metamorfosis que había sufrido en los últimos meses?
De pronto, un pensamiento sofocante la golpeó con la fuerza de un hechizo: en los últimos días, Severus Snape ocupaba casi la totalidad de sus pensamientos. Aquello le producía un conflicto interno acerado, una molestia sorda contra sí misma y contra él. Se descubrió pensando con rabia contenida que, si Severus hubiese mostrado esta calma, esta madurez y este respeto desde el primer año, la historia entre los dos habría sido completamente distinta. Quizás nunca se habrían distanciadio. Quizás ella habría podido sentir…
Lily se congeló. El corazón le dio un vuelco violento dentro del pecho al borde de completar la idea. ¿Acaso estaba sintiendo algo más que amistad por él?
—¡Lily! Llevamos cinco minutos llamándote, ¿estás bien?
La voz de Mary Macdonald irrumpió en la penumbra, acompañada por Marlene McKinnon, rompiendo el hilo de sus pensamientos. Lily dio un pequeño brinco en el sillón, cerrando el libro de golpe mientras sus mejillas se teñían de un rubor repentino.
—Sí… sí, solo estaba distraída con un tema del ensayo —mintió apresuradamente, tratando de recomponer la postura—. ¿Qué decíais?
En la solitaria tranquilidad de la Sala de los Menesteres, adaptada esa noche como una cámara de meditación de paredes de piedra desnuda, Alan dejó salir un suspiro profundo. La estructura mental de la Oclumencia finalmente había encajado en su lugar, no como un muro rígido que lo transformaba en un autómata carente de empatía, sino como un filtro orgánico y fluido. Las emociones viscerales del Severus original —el rencor, la frustración, el dolor de la infancia— ya no irrumpían causando desastres como el del aula de Pociones, sino que permanecían integradas, comprendidas y bajo control sobrio.
Al concluir el ejercicio, Alan caminó hacia el ventanal más alto de la torre adyacente. La luna llena iluminaba los terrenos del castillo con una luz de plata fría y limpia.
Pensó en Remus Lupin. En cómo esa misma noche el joven se estaría debatiendo en la agonia de la transformación, condenado por una condición que destruía su cuerpo y amenazaba su futuro. Era una existencia trágica, tan marcada por la fatalidad como la del propio Snape en la línea temporal original.
Fue en ese instante cuando tomó una decisión firme: usaría sus conocimientos, el talento latente de Severus y los recursos de su columna en el Profeta para desarrollar la Pócima Matalobos años antes de su invención histórica. Aquella sustancia que permitía a los hombres lobo conservar su cordura humana durante la transformación sería solo el primer paso; si lograba desentrañar la matriz mágica de la licantropía, tal vez podría aspirar a algo más definitivo. Sabía que no sería una tarea sencilla, pero comprendió que era una empresa que valía la pena acometer.
A kilómetros del castillo, en la penumbra sofocante de la Casa de los Gritos, los crujidos de la madera vieja se mezclaban con los gruñidos sordos de la bestia. James Potter, transformado en un majestuoso ciervo, y Sirius Black, en la forma de un gran perro negro, velaban por la seguridad de la criatura junto a Peter Pettigrew. El grupo mantenía la contención alrededor de Lupin, actuando como el único ancla que le impedía mutilarse a sí mismo en medio del trance de la metamorfosis.
Mientras la noche avanzaba bajo el dominio de la luna, en el dormitorio de las chicas de Gryffindor, Lily dormía en un sueño profundo y agitado.
En su mente se desplegaba una visión borrosa pero extrañamente cálida. Soñaba con una vida diferente, un plano donde el viejo Severus —aquel muchacho de Cokeworth con la mirada leal, sincera y apasionada— se fusionaba sin costuras con la versión actual: un hombre sereno, maduro, con una presencia tranquilizadora que no exigía nada pero lo ofrecía todo. En el sueño, paseaban juntos cerca del lago, conversando sin las barreras del orgullo ni los fantasmas de las casas de Hogwarts.
En medio del descanso, ajena a la luz de la luna que filtraba la cortina, una sonrisa tenue se dibujó en los labios de la joven, mientras un rubor suave y cálido le cubría el rostro en la penumbra de la habitación.
El acceso a la información técnica sobre la licantropía no era un problema en la biblioteca de Hogwarts, pero el verdadero obstáculo para la Pócima Matalobos radicaría en la volatilidad de sus reactivos. Durante varias noches en la Sala de los Menesteres, Alan se dedicó a trazar los primeros esquemas teóricos en pergaminos extendidos sobre una mesa de roble. La combinación de acónito procesado con secreción de descurainia requería un equilibrio térmico que la mayoría de los calderos estándar no podían soportar sin corroerse en el proceso.
Para avanzar sin despertar sospechas en el mercado negro ni llamar la atención de Slughorn, decidió financiar la adquisición de un caldero de aleación de peltre y plata mediante pequeños encargos discretos. Dividir sus recursos entre las entregas del Profeta y los costos de insumos raros exigía una gestión cuidadosa, pero la afrontaba con un entusiasmo ligero, disfrutando del reto como quien resuelve un acertijo fascinante.
Fue tras una visita al ala oeste, intentando localizar un volumen descatalogado sobre botánica avanzada, cuando tropezó con una escena inusual. En el pasillo adyacente a la Torre de Astronomía, una chica de cabello rubio muy claro y mirada soñadora intentaba equilibrar una pila improbable de tres tomos gigantescos, una pecera pequeña sin agua y un manojo de plantas secas.
El inevitable colapso ocurrió a dos metros de Alan. Las plantas cayeron sobre el suelo de piedra junto con los libros, mientras la pecera rodaba hasta detenerse contra la bota de Severus.
—Técnicamente, el suelo tiene una atracción gravitatoria muy insistente hoy —comentó la muchacha sin perder la compostura, agachándose despacio para recoger las ramas secas. Tenía una expresión serena, casi divertida, y llevaba un par de plumas de lechuza enganchadas detrás de la oreja.
Alan soltó una carcajada suave, llena de calidez, y se agachó para recoger la pecera intacta. Se la devolvió con una sonrisa franca y desenfadada.
—O tal vez la gravedad simplemente decidió jugarte una broma pesada —dijo Alan, guiñándole un ojo con buen humor—. Me llamo Severus.
—Lo sé. Escribes las columnas sobre reactivos en el periódico. Soy Pandora —respondió ella, aceptando el recipiente de vidrio con una sonrisa ligera—. Estaba buscando un lugar con suficiente ventilación para comprobar si el polvillo de las alas de la mariposa nocturna reacciona mejor con el canto de los grillos o con la humedad del ambiente.
Alan la miró fijamente durante un instante, disfrutando de la extraña chispa de la muchacha y de la absoluta falta de pretensión en su discurso. Había algo genuinamente agradable, fresco y brillante en su presencia, totalmente ajeno a las tensiones ideológicas que asfixiaban al colegio.
—El canto de los grillos le dará un toque musical encantador, no lo dudo —respondió Alan con un tono alegre y divertido—, pero si quieres evitar que todo te explote en la cara, yo apostaría por la humedad. Créeme, es mucho más amigable.
—Es una perspectiva bastante terrenal, pero le daré una oportunidad —respondió Pandora con una risita contagiosa, aceptando encantada la ayuda que Alan le ofreció para sostener la pecera y los libros.
A la mañana siguiente, la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras reunía nuevamente a las casas de Gryffindor y Slytherin. La atmósfera en el aula era densa, marcada por el cansancio evidente de un sector del salón.
James Potter mantenía la cabeza apoyada sobre la mesa, con los ojos entreabiertos y las ojeras marcadas como sombras oscuras bajo las pestañas. A su lado, Sirius Black masticaba la parte trasera de su pluma con apatía, moviéndose con la rigidez de quien ha pasado horas en una postura incómoda sobre el suelo frío.
Sin embargo, fue Remus Lupin quien atrajo la atención de Alan. Al ajustar el cuello de su túnica para tomar apuntes, el dobladillo se desplazó ligeramente, dejando al descubierto marcas moradas profundas y un vendaje ceñido alrededor de la muñeca izquierda. Su rostro reflejaba una palidez casi enfermiza, haciendo evidente el desgaste físico que la transformación de la noche anterior le había exigido.
Desde la mesa contigua, Lily Evans miraba a Remus con una mezcla de lástima y preocupación, enviándole notas breves para ofrecerle sus apuntes. James apenas reaccionaba a los movimientos a su alrededor, demasiado exhausto para intentar llamar la atención de Lily como solía hacer.
Alan observó la escena desde la parte trasera del aula. Ver el sufrimiento de Lupin no despertó en él un cálculo distante, sino una empatía sincera y madura. La confirmación visual de su dolor ratificó la validez de su nuevo proyecto: la Pócima Matalobos no era un simple trofeo académico, sino una oportunidad real de llevar un poco de alivio a alguien que, pese a las diferencias de casa, merecía una vida mejor.
Mientras el castillo intentaba retomar el ritmo habitual, en los rincones más oscuros de las mazmorras de Slytherin se gestaba un contragolpe.
Mulciber, con el rostro aún pálido tras su paso por la enfermería y la reputación resentida entre sus iguales, se encontraba reunido con tres estudiantes de séptimo año vinculados a las familias puristas más influyentes. Sobre una mesa de piedra baja, varios mapas del castillo permanecían desplegados junto a pequeñas fialas de sustancias no catalogadas.
—Snape cree que por publicar un par de artículos y andar por ahí sonriendo como si fuera el dueño del colegio ha cambiado las reglas aquí dentro —siseó Mulciber, apretando el puño sobre la mesa—. La gente está empezando a escucharlo. Los de primer y segundo año ya ni siquiera prestan juramento de lealtad a la causa en la sala común.
—Dumbledore y Slughorn lo están protegiendo —señaló uno de los Slytherin más mayores, con voz grave—. Si le ocurre algo obvio dentro del castillo, habrá una investigación directa.
—No será dentro del castillo, ni será obvio —intervino Mulciber con una sonrisa torcida y fría—. Vamos a utilizar su propia confianza contra él. Preparen el suministro para la próxima salida a Hogsmeade o durante las guardias de la biblioteca. Cuando el prestigio que ha construido se desplome por un “accidente” en su laboratorio personal, nadie volverá a tomarlo en serio.
El grupo asintió en silencio. Sin saberlo, el tiempo para el choque entre la vieja guardia radical de las serpientes y la viva luminosidad de Alan comenzaba a descontar sus últimos minutos.
Capítulo Vl: Sombras en el balcón
Las semanas posteriores a la noche de luna llena transformaron la rutina de Alan en un delicado malabarismo de horas reducidas de sueño, entregas para el Profeta y sesiones maratónicas en la Sala de los Menesteres. La Pócima Matalobos era una criatura caprichosa en términos de química mágica. Un error de apenas tres grados en la temperatura del caldero de peltre y plata al infundir la raíz de acónito reducía la mezcla a una escoria grisácea e inútil, obligándolo a tirar días de trabajo por la canaleta.
Los fracasos, sin embargo, venían acompañados de epifanías deslumbrantes. Tras un tercer intento fallido por estabilizar el ciclo de transformación sanguínea mediante jugo de mandrágora concentrado, Alan observó una reacción lateral insólita: los vapores no suprimían la Bestia, sino que alteraban momentáneamente la impronta morfológica del tomillo que usaba como catalizador.
Apoyando los codos sobre la mesa llena de notas, Alan soltó una risa baja y llena de asombro. Había tropezado por pura casualidad con la base teórica de algo completamente distinto: una hipótesis embrionaria para una poción de Transfiguración que, en teoría, podría permitir a un mago asumir una forma animaga temporal sin el tortuoso proceso de sostener una hoja de mandrágora en la boca durante un mes entero. Era un concepto revolucionario, una idea que archivó cuidadosamente en su cuaderno privado antes de volver a centrarse en la urgencia real de la licantropía.
La vida en el castillo continuaba con su pulso habitual, ajena a los descubrimientos que se gestaban en la octava planta.
Para Lily Evans, los días transcurrían entre el aroma a pergamino de la biblioteca, los repasos intensivos para los T.I.M.O.s del próximo año y la preparación de sus planes a futuro. Mientras tomaba apuntes detallados en la clase de Encantamientos, sus pensamientos a menudo volaban hacia lo que deseaba hacer tras graduarse: se veía a sí misma trabajando en la investigación de Pociones Avanzadas o tal vez ingresando a la academia de Aurores para marcar una diferencia en tiempos tan oscuros.
A su alrededor, el drama cotidiano de Hogwarts no daba tregua. James Potter pasaba por su lado en los pasillos haciendo volar su Snitch dorada con piruetas innecesarias, buscando sacarle una sonrisa o al menos una mirada. Lily apenas le dedicaba una inclinación de cabeza educada pero distante. En cambio, más de una vez, al cruzar el patio o en el Gran Comedor, sus ojos terminaban buscando casi sin querer la silueta de Severus. Verlo reír de forma ligera con algún compañero de Slytherin o responder con soltura a los profesores le sacaba un suspiro inaudible y confuso que ella misma se apresuraba a reprimir.
Unos pasillos más allá, Sirius Black caminaba con su paso despreocupado habitual, lanzando bromas al aire junto a James, disputándole una manzana a Peter Pettigrew y empujando suavemente el hombro de Remus, quien lucía considerablemente más recuperado. Sin embargo, la atmósfera festiva del grupo se cortó de golpe cuando una lechuza ulula de plumaje oscuro dejó caer un sobre con el sello de cera de la familia Black en las manos de Sirius.
El rostro de Sirius se ensombreció al instante. La incomodidad y la amargura recorrieron sus facciones al reconocer la caligrafía de su madre. James, notando el cambio inmediato, le pasó un brazo por los hombros en silencio, mientras Remus y Peter se situaban a sus lados, ofreciéndole ese respaldo mudo que no necesitaba palabras para ser efectivo.
Esa misma noche, el club de las eminencias del profesor Slughorn celebraba una de sus exclusivas cenas. Lily vestía una túnica sencilla pero elegante, arreglándose frente al espejo mientras intentaba sofocar una extraña inquietud que le oprimía el pecho desde la tarde.
La fiesta estaba en su apogeo cuando llegó a la estancia de Slughorn. La música suave y las risas llenaban el ambiente, pero lo que captó la atención de Lily de inmediato fue la presencia de Alan. Estaba de pie cerca de la mesa de aperitivos, rodeado por dos estudiantes de Ravenclaw y un profesor invitado. Alan no solo dominaba la conversación con su habitual inteligencia, sino que bromeaba abiertamente, haciendo reír al grupo con un encanto maduro y sin esfuerzo que fascinaba a todos a su alrededor.
Lily se quedó inmóvil a unos pasos, contemplándolo con una mezcla de fascinación e incredulidad. No podía apartar la mirada. Y entonces, ocurrió.
Una chica de quinto año de Hufflepuff se acercó a Alan con el rostro encendido por los nervios y le extendió una pequeña carta doblada con cuidado. La escena fue inconfundible. En ese preciso instante, una punzada aguda y helada atravesó el corazón de Lily, transformándose rápidamente en una molestia punzante. Se sintió furiosa con Severus por provocarle eso, pero aún más furiosa consigo misma por sentir algo que ni siquiera sabía cómo nombrar. Sin esperar a ver la respuesta, dio media vuelta y salió apresuradamente hacia el balcón que daba a los jardines oscuros, respirando el aire frío de la noche mientras una lágrima traicionera se le escapaba por la mejilla.
Pocos segundos después, en el salón, Alan aceptó la carta con una inclinación de cabeza respetuosa. Con una sonrisa amable y cálida, declinó la confesión con la delicadeza necesaria para no avergonzar a la muchaha, añadiendo un comentario ligero que le sacó una risa aliviada a la joven antes de que esta se retirara tranquila.
Alan caminó hacia el balcón buscando un poco de aire fresco y encontró a Lily de pie contra la barandilla de piedra, con la mirada perdida en las estrellas. Tosió levemente para anunciar su presencia.
—¿Lily?
Ella se giró de golpe, limpiándose con rapidez la lágrima con la manga de la túnica antes de que él pudiera notarla del todo. Se erguí con la espalda rígida, cruzándose de brazos y adoptando una postura tajante.
—Vaya, felicidades, Severus —dijo con un tono seco y tenso, evitando mirarlo a los ojos—. Veo que el cambio te ha sentado tan bien que hasta recibes cartas de amor en medio de las fiestas.
Alan se quedó en silencio un segundo, sorprendido por la agresividad repentina de sus palabras. Luego, una sonrisa suave se dibujó en sus labios, seguida de una risa baja y sincera que hizo que Lily se pusiera aún más roja.
Poco a poco, la risa de Alan se apagó, dando paso a una expresión seria pero profundamente relajada, serena y madura.
—Sabes, Lily… la gente cambia cuando pierde algo verdaderamente importante —dijo Alan con voz pausada, sosteniendo su mirada con una firmeza tranquila que la desarmó al instante—. Yo cambié para bien. Pero quizás nunca sepa si lo que perdí realmente fue para siempre. Aun así, hay que seguir adelante. ¿Sabes cuándo comprendí quién era? Hasta ese momento me di cuenta de que no quería ser esa persona. Aunque a veces creo que aún no sé del todo quién soy… pero tengo una respuesta: yo soy Severus y, a la vez, ya no lo soy.
Lily lo escuchó con el aliento contenido. Las palabras resonaron en su pecho, claras pero llenas de un misterio profundo que la dejó sin aliento, llenándola de más preguntas que respuestas sobre la verdadera naturaleza del muchacho que tenía enfrente.
En ese momento, la puerta del balcón se abrió y Mary Macdonald asomó la cabeza para avisarle a Lily sobre el postre. Alan les ofreció a ambas una reverencia educada y elegante, dedicándole a Lily una última mirada cálida antes de retirarse tranquilamente hacia el interior de la fiesta.
La preparación del primer prototipo de la Pócima Matalobos exigía un rigor absoluto. En el refugio silencioso de la Sala de los Menesteres, Alan trabajaba rodeado por el vaho suave del caldero de aleación de plata. La combinación de flor de acónito desecada al vacío y savia de mandrágora requería una agitación constante en sentido antihorario durante cuarenta minutos a temperatura constante. Cada hora dedicada al laboratorio restaba tiempo valioso de descanso, pero la perspectiva de validar la fórmula teórica mantenía su energía en un punto álgido.
Aprovechando la salida de fin de semana a Hogsmeade, Alan bajó al pueblo con dos objetivos claros: reabastecerse de raíces de heléboro en la botica local utilizando los honorarios recibidos por su segunda columna en el Profeta y coordinar el envío de un nuevo caldero de mayor capacidad.
Mientras caminaba por un callejón secundario cerca de la tienda de plumas, el ambiente cambió de forma drástica. Cuatro figuras le salieron al paso, bloqueando las salidas de la callejuela de piedra. Mulciber avanzaba en el centro con una sonrisa cargada de rencor, escoltado por tres estudiantes mayores de Slytherin. Esta vez no había espectadores, ni la posibilidad de que los Merodeadores aparecieran a intervenir. El entorno estaba aislado, preparado minuciosamente para un ajuste de cuentas cobarde.
Mulciber sacó la varita con lentitud, saboreando el momento.
—Esta vez no hay Gryffindors para cuidarte la espalda, Snape. Vamos a ver si tu nueva actitud sonriente te sirve cuando estés en el suelo.
Alan no mostró la menor señal de pánico. Llevó la mano derecha hacia el bolsillo de la túnica con total serenidad, dispuesto a desplegar su magia con la precisión que lo caracterizaba. Sin embargo, antes de que ninguna varita ejecutara el primer movimiento, una voz pausada y jovial resonó a espaldas del grupo de asaltantes.
—Buenas tardes, caballeros. Es un día extraordinariamente apacible para pasear, ¿no les parece?
Mulciber y sus acompañantes se dieron la vuelta de golpe. Albus Dumbledore estaba de pie a pocos metros, luciendo una túnica color magenta brillante y sosteniendo una bolsa de papel llena de caramelos de limón. El director los observaba sobre sus gafas de media luna con una expresión de amable curiosidad.
—Profesor Dumbledore… —balbuceó Mulciber, dando un paso atrás instintivo mientras intentaba ocultar la varita entre los pliegues de la manga.
—Me alegra ver que los estudiantes de distintas casas disfrutan del aire fresco —continuó Dumbledore con tono enigmático, ofreciéndole la bolsa de golosinas al grupo de Mulciber—. Les recomiendo encarecidamente probar las plumas de azúcar de Honeydukes antes de que se agoten. El Sr. Flume me comentó que hoy tienen un lote excelente. Sería una lástima que malgastaran la tarde en este callejón sombrío.
Los tres Slytherin mayores no esperaron una segunda advertencia. Intercambiaron miradas nerviosas, hicieron una inclinación de cabeza apresurada y se alejaron a paso rápido hacia la calle principal. Mulciber los siguió a regañadientes, dedicándole a Snape una última mirada llena de rabia contenida antes de desaparecer tras la esquina.
Dumbledore miró a Alan con una ligera chispa de diversión en los ojos, le ofreció un caramelo de limón con un gesto elegante y, sin añadir una sola palabra sobre el conato de duelo, continuó su paseo hacia la plaza principal.
Alan soltó un suspiro divertido, guardó la varita y continuó su camino hacia la lechuzería del pueblo. Allí lo esperaba una sorpresa aún mayor: una carta de respuesta de su madre, Eileen Prince. Al romper el sello, leyó las líneas trazadas con caligrafía apresurada pero firme. Su madre le informaba que finalmente había tomado la decisión definitiva de abandonar a Tobías y la casa de Cokeworth. Se encontraba ya en el pueblo, buscando un pequeño inmueble en alquiler para instalarse cerca de Hogwarts.
Alan dejó escapar un largo suspiro de alivio, sintiendo cómo una de las cargas más pesadas del pasado se disolvía por completo. Guardó la carta y se dirigió a paso firme al encuentro de su madre en la posada del pueblo.
En la calle principal de Hogsmeade, el ambiente era bullicioso. Cerca de las Tres Escobas, los Merodeadores caminaban juntos buscando escapar por un rato de la rutina académica. Sirius avanzaba en el centro, recuperando parte de su humor habitual mientras James le contaba una historia exagerada sobre una maniobra de Quidditch. Remus y Peter reían a su lado, apoyando a Sirius y haciendo chistes ligeros para mantenerlo distraído de la tensión que la carta de su familia le había provocado el día anterior.
A corta distancia, Lily Evans paseaba junto a Mary y Marlene por las tiendas de ropa y regalos. Aunque sus amigas conversaban animadamente sobre los T.I.M.O.s y los vestidos para las vacaciones, Lily se mantenía inusualmente callada.
Las palabras de Severus en el balcón durante la fiesta de Slughorn no dejaban de repetirse en su mente como una cinta de vídeo en bucle continuo: “Yo soy Severus y, a la vez, ya no lo soy… la gente cambia cuando pierde algo verdaderamente importante”.
La mirada madura de Severus, su tono sereno, su risa ligera y sincera… nada de eso encajaba con el muchacho resentido con el que había roto la amistad meses atrás. Lily sintió un nudo opresivo en la garganta al hacerse las preguntas que había estado esquivando durante semanas: ¿Acaso era ella lo que Severus había perdido? ¿Realmente había sido ella quien, sin saberlo, frenaba su verdadero potencial al mantenerlo atado a las viejas dinámicas de Cokeworth? ¿Cómo era posible que una persona pudiera cambiar tanto en tan poco tiempo?
Lily se detuvo un segundo frente a un escaparate, mirando su propio reflejo en el cristal, incapaz de acallar la confusión que crecía en su interior.
El reencuentro entre la madre y el hijo en la plaza principal de Hogsmeade ocurrió sin dramatismo, pero cargado de un afecto reservado y genuino. Ninguno de los dos pronunció el nombre de Tobías; la ausencia del hombre no era un tabú doloroso, sino un espacio limpio sobre el cual no valía la pena volver a derramar tinta. Se saludaron con un abrazo breve, compartieron una sonrisa sincera y, sin perder tiempo, emprendieron la búsqueda de un lugar donde comenzar de nuevo.
Mientras caminaban por las calles adoquinadas revisando los avisos de alquiler en las vitrinas de los comercios, Eileen observaba de reojo la postura erguida y la tranquilidad con la que su hijo se movía entre la gente. En su mente resonaban las palabras apasionadas que Severus le había dicho en aquella cocina gris de Cokeworth antes de subir al tren: la advertencia cruda de que él no pensaba regresar jamás a esa casa, y la dolorosa verdad de que ella se estaba consumiendo viva en una celda que no merecía. El miedo a perder a su único hijo, la única luz en su existencia, había sido el impulso definitivo para romper el paralizante temor que la mantuvo atada durante años. Ahora, al verlo reír con ligereza mientras comentaban las ventajas de un inmueble cercano al lindero del bosque, Eileen sintió un alivio profundo. Había tomado la decisión correcta.
Encontraron una casa pequeña de fachada de piedra y tejado de pizarra. La economía actual solo permitía un alquiler modesto, pero para ambos era más que suficiente. Dedicaron un par de horas a limpiar el polvo y organizar los pocos muebles con la ayuda de encantamientos sutiles. Cuando la tarde comenzó a caer, Alan se despidió de su madre con un gesto afectuoso, prometiéndole regresar el siguiente fin de semana, y emprendió el camino de vuelta hacia el colegio con el corazón considerablemente más ligero.
El camino de regreso a Hogwarts estaba flanqueado por los árboles altos del bosque, cuyas hojas secas crujían bajo las botas de Alan. Al aproximarse a las imponentes puertas de hierro forjado que delimitaban el recinto escolar, distinguió una figura solitaria recortada contra la penumbra del atardecer.
Lily estaba allí, ajustándose la bufanda de Gryffindor contra el viento fresco. No parecía estar de paso; la postura de sus pies y la forma en que miraba fijamente hacia el sendero del pueblo dejaban claro que estaba esperando a alguien de manera premeditada. Al cruzarse sus miradas, Alan acortó la distancia con paso tranquilo. Para Lily, en ese preciso instante, el murmullo distante de otros estudiantes que regresaban de las tiendas y el susurro del viento desaparecieron por completo. En su campo de visión no existía nadie más que el muchacho que avanzaba hacia ella.
Lily dio un paso al frente, con los labios entreabiertos y la determinación brillando en sus ojos verdes, lista para exigir las respuestas que la atormentaban desde la fiesta de Slughorn. Sin embargo, antes de que pudiera pronunciar la primera palabra, la voz firme de la profesora McGonagall resonó desde la parte superior de las escaleras de piedra, llamándola con urgencia para revisar unos asuntos pendientes de la prefectura.
La determinación de Lily se desmoronó de golpe, reemplazada por una sonrisa rígida y forzada de pura frustración. Alan, incapaz de contener la diversión ante la ironía del momento, dejó escapar una risa suave y genuina. Lily infló las mejillas, le dedicó una mirada fulminante cargada de indignación infantil y dio media vuelta, marchándose a pasos agigantados y visiblemente molesta.
Alan observó cómo la silueta de la joven desaparecía tras el arco de entrada, mientras su risa se apaciguaba lentamente hasta convertirse en una expresión pensativa y madura. Comprendía los sentimientos de Lily, o al menos creía entender la complejidad de lo que a ella le estaba ocurriendo. Sabía perfectamente que ella no se estaba enamorando del viejo Severus resentido de Cokeworth, sino de la versión de Alan que ahora habitaba ese cuerpo: un joven seguro, cálido y emocionalmente resuelto.
Sin embargo, en su propio interior, la frontera entre ambas identidades comenzaba a volverse difusa. ¿Dónde terminaba la mente de Alan y dónde empezaba la esencia de Severus? La Oclumencia refinada había integrado los recuerdos y la sensibilidad del pasado con la madurez del presente, convirtiéndolo en un ser unificado.
Además, la sola mención silenciosa de un nombre en sus pensamientos —Harry Potter— actuaba como un freno invisible sobre cualquier respuesta que pudiera ofrecerle a la muchacha. Lily era aún una joven de dieciséis años que intentaba descifrar la confusión de su propio corazón, mientras que él cargaba con la responsabilidad de un futuro entero por reescribir.
Con un suspiro pausado pero sereno, Alan se ajustó la túnica y cruzó el umbral de las pesadas puertas de roble, adentrándose en el calor del castillo.
Capítulo Vll: El nacimiento del Nuevo Príncipe
El líquido en el caldero de aleación de plata y peltre adoptó finalmente un matiz azul zafiro, denso y traslúcido, despidiendo un vaho leve de aroma metálico y fresco. La Pócima Matalobos, tras semanas de intentos fallidos, cálculos térmicos y recalibraciones de acónito, era una realidad tangible en la mesa de la Sala de los Menesteres.
Al día siguiente, Alan esperó a que la marea de alumnos se dispersara tras la clase de Transformaciones. Remus Lupin recogía sus pergaminos con la lentitud habitual de quien aún arrastra las secuelas físicas de una noche de luna llena.
—Lupin, ¿tienes un momento? —preguntó Alan con tono tranquilo y cercano, acercándose a su mesa.
Remus alzó la vista, algo sorprendido, pero asintió despacio mientras sus amigos se adelantaban por el pasillo.
—Claro, Severus. ¿Qué ocurre?
Alan no dio rodeos inútiles, pero su voz mantuvo un matiz cálido y libre de cualquier amenaza.
—Sé lo que te ocurre cada mes. Sé que eres un hombre lobo.
El color desapareció del rostro de Lupin en un segundo. Sus manos se congelaron sobre el tintero y un temblor imperceptible le recorrió los hombros. La paranoia y el pánico amenazaron con ahogarlo, pero la postura de Alan era absolutamente relajada, sin sombra de chantaje ni hostilidad.
—No vengo a exponer tu secreto ni a juzgarte —continuó Alan, esbozando una sonrisa serena mientras sacaba un pequeño frasco de vidrio sellado de la túnica—. He estado trabajando en esto durante meses. Es un prototipo funcional de la Pócima Matalobos. No cura la licantropía, pero si la tomas durante la semana previa a la luna llena, te permite conservar tu mente humana durante la transformación. No habrá dolor irracional, ni deseo de morder, ni necesidad de hacerte daño a ti mismo.
Remus miró el frasco con los ojos abiertos de par en par, atrapado entre una punzada de esperanza abrumadora y el terror paralizante de estar ante una ilusión cruel.
—¿Por qué? —alcanzó a articular Remus con la voz quebrada—. Después de todo lo que ha pasado entre nosotros… ¿por qué harías algo así por mí?
Alan contempló el ventanal durante un breve instante antes de responder, recordando la aspereza de la infancia de Severus en Cokeworth y el dolor de crecer en un hogar roto.
—Crecí en una casa donde la violencia y la falta de control de mi padre, Tobías, hacían que cada día fuera un tormento —dijo Alan con voz pausada y sincera—. Cuando pensé en tu situación, en la condena de perder el control de tu propia mente cada mes sin poder evitarlo, me di cuenta de que tu infierno personal era aún peor que el que yo viví de niño. Sentí que si tenía el talento para cambiar eso, debía intentarlo. Y lo logré.
Remus tragó saliva, profundamente conmovido. Ambos acordaron realizar una prueba controlada antes de la próxima luna llena, supervisando juntos los parámetros de la dosis.
Cuando Remus se reunió con sus amigos en el dormitorio de Gryffindor, su agitación era evidente. Con las manos temblorosas y la voz entrecortada por una mezcla de euforia y nerviosismo, les contó la conversación sostenida con Snape y la existencia de la pócima.
Sirius Black lo escuchó con los brazos cruzados, apoyado contra la columna de su cama. Aunque sus ojos reflejaban una alegría genuina por la posibilidad de que su amigo dejara de sufrir, su naturaleza cautelosa lo mantuvo escéptico.
—Es una noticia increíble, Remus, pero ten cuidado —advirtió Sirius con tono serio—. Snape ha cambiado, sí, pero crear algo que la comunidad mágica no ha podido resolver en siglos suena casi demasiado bueno para ser cierto.
James Potter, por su parte, permaneció en silencio en la esquina de la habitación, procesando una tormenta de emociones contradictorias. Sintió miedo instintivo de que el secreto de Remus terminara saliendo a la luz, pero también una innegable alegría por la oportunidad de aliviar el sufrimiento de su hermano de armas. Sin embargo, en el fondo de su pecho, un aguijón de celos le quemaba el orgullo: Snape había creado algo magistral, una obra de altruismo puro que él jamás habría sido capaz de concebir. Por primera vez en seis años, James miró hacia la puerta del dormitorio y se hizo una pregunta sincera: ¿Realmente conozco a Severus Snape?
La noticia no tardó en llegar a oídos de Lily Evans a través de una confidencia atolondrada de Remus esa misma tarde en la biblioteca.
Lily escuchó el relato sumida en un asombro casi incrédulo. Que Severus hubiera descubierto la condición de Remus y, en lugar de usarla como arma o chantaje, hubiera dedicado meses de esfuerzo en privado para salvarlo del tormento de la metamorfosis, rompía todos los esquemas que ella había construido sobre él.
A pesar del distanciamiento del pasado, un sentimiento involuntario de orgullo ajeno le llenó el pecho al ver la brillantez académica y la generosidad de Severus a una edad tan temprana. Pero a ese orgullo se le sumó una chispa inevitable de envidia profesional por su maestría incomparable en Pociones, y, sobre todo, un aumento insostenible en la maraña de dudas que le encogían el corazón.
Apoyando la frente contra la palma de su mano en la mesa de estudio, Lily suspiró. Ese muchacho ya no era el niño resentido de Cokeworth ni el rival distante que intentaba ignorar. Severus Snape se había convertido en un enigma fascinante y luminoso del que ya no podía —ni quería— escapar.
El aula en desuso del piso inferior, envuelta en el olor a polvo y piedra fría, se convirtió en el escenario de una reunión que en cualquier otra época habría parecido un despropósito. Un círculo improbable aguardaba en silencio: el grupo de los Merodeadores, con James Potter inquieto contra la pared y Sirius vigilando el umbral; Lily Evans con la mirada fija en cada movimiento; y Alan, que colocaba sobre la mesa de madera la dosis exacta de la Pócima Matalobos.
Remus Lupin avanzó con rostro pálido pero firme. No hubo vacilaciones ni preguntas de última hora. Tomó el matraz de vidrio, observó el denso brillo azul del líquido y apuró el contenido de un solo trago. El silencio que siguió fue casi reverencial. Alan realizó los chequeos rutinarios con soltura y tranquilidad, midiendo las reacciones mágicas en el pulso y la temperatura de Remus, asegurándose de que la fase de absorción fuera impecable antes de que la noche cayera definitivamente sobre los terrenos.
Cuando la luna llena alcanzó el cenit, la Casa de los Gritos albergó una transformación histórica. Todos se mantenían en sus posiciones de resguardo tras las pesadas vigas reforzadas. Remus observó el disco plateado a través de los ventanales enrejados. El proceso físico comenzó con la aspereza inevitable de la magia antigua: la curvatura del espinazo, el estiramiento de los tendones y el alarido atávico de la metamorfosis.
Sin embargo, esta vez el fuego salvaje de la Bestia no estalló. No hubo embestidas ciegas contra las paredes, ni garras desgarrando su propia carne en la desesperación del dolor. El gran lobo de pelaje grisáceo permaneció sobre sus cuatro patas, respirando con pesadez, pero sus ojos amarillos conservaban la lucidez absoluta de la conciencia humana.
Durante toda la noche, el grupo monitoreó al licántropo contenido. Había en la criatura una calma inédita, un dominio sobre el instinto que cambió para siempre la percepción de los presentes. Al despuntar los primeros rayos del alba y revertirse el trance, Remus yacía sobre el suelo con el agotamiento físico propio de la transformación, pero con una claridad intacta en la mirada.
Con el rostro surcado por dos filas de lágrimas silenciosas, Remus se incorporó torpemente y, desbordado por la emoción, abrazó a Alan con fuerza.
—Gracias… —alcanzó a articular con la voz entrecortada por el llanto y la fatiga.
A su alrededor, Sirius, Lily y el resto sonrieron con una mezcla de alivio y asombro. Alan ayudó a estabilizar a Remus con un tónico reconfortante, dándole una palmadita en el hombro con genuina calidez.
—Tendrás la poción lista antes de cada ciclo de luna —le aseguró Alan con tono alegre y sereno antes de dar media vuelta para regresar al castillo.
El grupo de Gryffindor se quedó atrás en la penumbra de la sala, compartiendo una marea de emociones no expresadas. Finalmente, James Potter se rascó la cabeza con abierta frustración, soltó un resoplido y echó a correr para alcanzar a Snape por el sendero empedrado.
se detuvo frente a él. Sin rastro de su antigua arrogancia ni atisbo de sarcasmo, con una gravedad limpia en el rostro, James habló con voz firme:
—Lamento… todo lo que pasó antes entre nosotros. De verdad. Y gracias… gracias por lo que hiciste por Remus.
Sin esperar respuesta, apoyó las manos en los bolsillos y añadió con una mueca rápida:
—Que conste que te alcanzaré y te superaré en Pociones antes de que nos graduemos.
Dicho esto, James se dio la vuelta y echó a correr hacia el castillo con el rostro encendido de vergüenza. Alan se quedó perplejo un instante, viendo la silueta del chico alejarse a grandes zancadas, hasta que una carcajada limpia y sonora se le escapó del pecho.
En ese mismo instante, en lo más profundo de su ser, sintió cómo la masa residual de resentimiento del Severus original cedía por completo. Las emociones del pasado se disolvieron, aceptando sin reservas al ser que había tomado las riendas de su vida. Ya no había una frontera entre Alan y Severus; la fusión era perfecta. Dio media vuelta con una sonrisa luminosa en los labios y caminó hacia los arcos de Hogwarts, reconociéndose plenamente en su nueva identidad: el nuevo Príncipe Mestizo, entero, maduro y dueño absoluto de su destino.
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