La casa de mimbre.

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Érase una vez un bosque donde hadas y enanos habían hecho del bosque su hogar.

Cada mañana abandonaban la sombra del bosque para caminar hasta un gran llano cubierto de flores. Las hadas recogían las más pequeñas; los enanos, las más grandes. Entre ellas crecían hierbas medicinales que guardaban con cuidado, pues incluso en la paz de aquel bosque siempre había algún enano que terminaba con las rodillas raspadas o las manos llenas de espinas.

Una mañana, Ruiz, el más pequeño de toda la familia, encontró un gran montón de mimbre reposando en medio del llano.

No parecía abandonado. Olía a madera húmeda después de la lluvia.

Lo rodeó un par de veces, lo tocó con curiosidad y salió corriendo para avisar a los demás.

Cuando regresó acompañado por varios enanos, el montón había desaparecido.

Solo quedaba el césped.

Los adultos pensaron que todo había sido una mentira. Aquella tarde Ruiz fue castigado y ninguno volvió a mencionar el asunto.

Pero la curiosidad era más fuerte que el miedo.

Días después cruzó el bosque una vez más. El montón seguía sin estar allí.

Sin embargo, un aroma extraño, dulce y húmedo, viajó entre los árboles hasta detenerse frente a él, Ruiz siguió el olor.

Al otro lado del claro encontró el mismo montón de mimbre, aunque ya no era un montón.

Ahora tenía ventanas, cortinas, un pequeño tejado. Pero aun así, no tenía puerta.

Parecía una casa construida para que nadie pudiese entrar.

Ruiz regresó varios días seguidos, limitándose a observarla desde lejos, hasta que una tarde alguien tocó su hombro.

—¿Quién eres?

Ruiz dio un salto y cayó sentado sobre la hierba. Frente a él había una niña.

Era humana.

Llevaba un tutú desgastado y ropa de ballet que alguna vez debió ser hermosa. Sus zapatos estaban cubiertos de barro seco, como si hubiera recorrido medio bosque con ellos puestos. Ruiz no podía dejar de mirarlos.

—¿Por qué sales con ellos?

La niña levantó un pie, confundida.

—¿Mis zapatos?

Ruiz asintió.

—Te regañarán… Papá dice que los humanos son malos.

La expresión de la niña cambió poco a poco y la sorpresa dio paso al enojo.

—¿Quién te dijo eso?

Ruiz sintió que algo le apretaba el pecho. Su mirada buscó desesperadamente el bosque.

—Mi… pa-papá…

Salió corriendo con los ojos cerrados, como si al quedarse un segundo más fuera a descubrir algo que nunca debió existir.

Desde aquel día las noches dejaron de ser tranquilas.

Ruiz despertaba sobresaltado una y otra vez.

Los demás enanos comenzaron a burlarse de él, convencidos de que todavía seguía inventando historias sobre aquella extraña casa.

Hasta que decidió llevarlos consigo.

Cuando sus amigos alcanzaron a ver a la niña, huyeron despavoridos sin esperar a Ruiz. Él, en cambio, permaneció inmóvil.

La niña bailaba lentamente sobre el viejo suelo de mimbre.

Entonces lo vio.Un moretón oscuro cubría parte de su rostro.

Frente a ella, un hombre sin rostro corregía cada uno de sus movimientos con gestos secos. Ruiz no podía verle la cara. Por más que lo intentaba, donde debía haber un rostro solo encontraba un vacío imposible de describir.

Aun así…

Podía sentir su enojo.

Su padre apareció corriendo entre los árboles y lo tomó del brazo antes de que pudiera acercarse.

—Era verdad, Ruiz. Ya sabes lo que pensamos de los humanos.

—Pero, papá… Él la lastima.

Su padre guardó silencio unos segundos.

—Ella hará lo mismo con otros cuando crezca. Así son los humanos.

Ruiz bajó la cabeza sin responder.

Sin embargo, antes de marcharse volvió a mirar la casa.

La niña seguía bailando.

Giraba una y otra vez sobre aquel suelo que crujía bajo sus pies, como si la vieja casa de mimbre suspirara con cada vuelta.

Pasaron los días. Esta vez Ruiz no volvió a salir del bosque. Permanecía en su pequeña choza mirando el techo de madera mientras las horas pasaban sin hacer ruido. El anciano fue a buscarlo una mañana y, antes de entrar, tomó un poco de pintura roja con la que coloreó su rostro siguiendo las antiguas costumbres del bosque.

—¿Ruiz?

—Sí… abuelo.

—¿Puedes decirme por qué no nos acercamos a los humanos?

—Porque son malvados.

El anciano sonrió con tristeza y negó despacio.

—No es así, Ruiz. Les tememos. Hace mucho tiempo, cuando ni siquiera habías sido concebido, éramos como uña y carne con los humanos. Nuestras generaciones más longevas vivían durante siglos, pero para ellos nuestras visitas eran apenas un instante. Comenzaron a sentir que los abandonábamos y quisieron apresarnos para… Hermes, ¿cómo era esa palabra humana?

—Estudiarnos, papá.

—Exacto… estudiarnos. Así que, mi niño, no es que los odiemos. Solo queremos protegernos de aquello que nos hicieron… y protegerlos de aquello en lo que podríamos convertirnos.

—¿Entonces, Ruiz…? —preguntó Hermes con una sonrisa cansada.

Ruiz bajó la cabeza.

—Nada de incursiones…

El tiempo volvió a pasar. Apenas fueron unos meses, pero había un pensamiento que regresaba siempre con una puntualidad insoportable. La casa de mimbre. Y aquel rostro aún magullado en sus recuerdos.

La palabra seguía apareciendo en su mente sin que lograra apartarla.

Una noche salió de su choza guiado por las luciérnagas que revoloteaban entre los árboles. Las verdes se perdían hacia las copas, las doradas descansaban entre los arbustos y las azules avanzaban en una sola dirección, como si conocieran el camino.

Siguiéndolas llegó hasta un lago cubierto de flores silvestres y plantas medicinales. Se arrodilló junto al agua y comenzó a recoger algunas con cuidado, formando un pequeño ramo entre sus manos. Al inclinarse vio su reflejo temblando sobre la superficie. Aún podía distinguir el miedo en sus ojos.

Respiró hondo.

Luego siguió únicamente a las luciérnagas azules.

No tardó en encontrar a alguien esperándolo.

El hada Elena descendió lentamente hasta quedar frente a él. Sus alas apenas agitaban el aire y una tenue luz azul iluminaba el sendero.

—Así que esta es tu elección, Ruiz.

El pequeño enano dio un respingo.

—¡Señorita Elena! Por favor… no se lo diga a mi padre.

Ella sonrió con una tristeza serena.

—No lo haré. Pero debes saber que, una vez entregues esas flores a la humana, tu vida quedará ligada a la suya para siempre.

Ruiz apretó el ramo contra su pecho.

—Señorita Elena… siento que ese es mi destino, aunque papá y el abuelo digan lo contrario.

El hada cerró los ojos un instante, como si aquella respuesta no la sorprendiera.

—Lo sabíamos. Incluso en este ciclo, después de trescientos años… volviste a encontrarla. No intentaré detenerte, Ruiz. Haz lo que tu corazón te dicte.

Ruiz hizo una pequeña reverencia.

—Lo siento… señorita.

Y salió corriendo.

Esta vez lo hizo con los ojos abiertos.

Ruiz corrió siguiendo el vuelo de las luciérnagas azules hasta que los árboles comenzaron a abrirse. Desde la última hilera del bosque alcanzó a ver el tejado de mimbre aún húmedo por una lluvia reciente. Las gotas resbalaban lentamente por las paredes entretejidas y el aroma a madera mojada llegaba hasta donde él estaba.

Al salir del bosque se escondió tras una piedra. Apretó con fuerza el pequeño ramo entre sus manos mientras observaba la casa. Aún le daba miedo. Por momentos daba un paso al frente y al siguiente retrocedía, como si su propio cuerpo quisiera regresar al bosque.

Sintió un tirón en la ropa.

Todo su cuerpo se estremeció.

Pensó que aquel hombre sin rostro por fin lo había encontrado.

Giró lentamente.

Pero no era él.

Era la niña.

Su cabello había crecido un poco y ahora caía desordenado sobre sus hombros. Seguía siendo enorme comparada con Ruiz, aunque apenas habían pasado unos meses.

—¡Eres tú, amiguito! Sabía que eras real… Pero sigues siendo un enano, igual que en los cuentos.

Ruiz escondió el ramo torpemente detrás de la espalda.

—Te… te traje estas plantas. Sirven para los moretones… Si me disculpas, ya debo irme.

La niña ladeó la cabeza.

—¿Tan rápido? ¿No jugarás conmigo?

Ruiz parpadeó confundido.

—¿Jugar?

Ella sonrió.

—Sí. El juego es… atrápame si puedes.

Antes de que Ruiz pudiera responder, la niña salió corriendo hacia el llano entre risas.

—¡Espera! ¡No vayas al bosque!

Ruiz echó a correr detrás de ella con el ramo aún en la mano. Durante horas recorrieron el claro, rodearon el lago, atravesaron pequeños senderos cubiertos de flores y espantaron bandadas de pájaros que descansaban sobre los árboles. Cada vez que Ruiz estaba a punto de alcanzarla, ella reía y escapaba otra vez.

Cuando el cielo comenzó a aclararse ambos terminaron tendidos sobre la hierba, completamente agotados. Las últimas estrellas aún brillaban sobre ellos mientras el amanecer teñía lentamente el horizonte.

La niña respiró hondo.

—Es divertido jugar contigo, amiguito… No vuelvas a irte, por favor.

Ruiz giró apenas la cabeza.

—Pero…

Ella levantó un dedo, interrumpiéndolo.

—Antes dime una cosa.

Ruiz la miró curioso.

—¿Cuál?

—¿Cómo te llamas?

Él tardó unos segundos en responder.

—¿Yo?… Me llamo Ruiz. ¿Y tú cómo te llamas, niña?

La pequeña frunció el ceño exageradamente.

—¿Ruiz? Qué nombre tan raro…

Ruiz agachó la cabeza avergonzado.

—Lo siento…

La niña soltó una carcajada.

—¡Bobo! Dulce quise decir.

Ruiz levantó la vista sin entender.

—¿Dulce? ¿Mi nombre?

—No. Mi nombre es Dulce.

Durante un instante el mundo pareció quedarse inmóvil.

En los ojos de Ruiz un pequeño brillo recorrió lentamente el iris, llevándose consigo un peso que ni él mismo sabía que cargaba. Por primera vez desde que encontró aquella extraña casa, sintió que el miedo se hacía un poco más pequeño.

Muy lejos de allí, ocultos entre la espesura del bosque, el padre de Ruiz y el anciano observaban en silencio.

—Sabíamos que debía suceder… pero fue demasiado rápido.

El anciano mantuvo la mirada fija en los dos niños.

—Las profecías nunca se equivocan. Incluso en este ciclo, después de trescientos años… volvió a encontrarla.

—Aun así…

—Yo también desearía poder hacer algo… Ahora solo nos queda esperar.

Ruiz avanzó hacia el borde del bosque con el mismo gesto de siempre, como si el camino fuera una rutina que el cuerpo ya entendía sin necesidad de pensarla. Empujó las primeras ramas, dejó atrás la última línea de flores del claro y respiró con alivio, esperando el silencio familiar de los árboles.

No llegó. Ruiz se detuvo en seco y miró alrededor. El bosque seguía ahí, intacto y quieto, igual que siempre. Volvió a avanzar un paso, luego varios, y al alzar la vista otra vez, la casa de mimbre seguía ahí, sin haber desaparecido.

Ruiz frunció el ceño. Retrocedió rápido, casi tropezando con una raíz. Se giró. El bosque seguía detrás, exactamente donde debía estar. Tragó saliva y volvió a entrar, esta vez más despacio, tocando los troncos como si buscara una señal oculta entre la corteza.

Caminó contando los pasos casi sin darse cuenta, cruzó el mismo sendero de piedras y pasó junto al árbol torcido que recordaba desde niño. Y aun así, al salir, el claro volvía a esperarlo, idéntico, como si el bosque no hubiera avanzado con él ni un solo metro.

El aire se le volvió más pesado en el pecho. Respiró más rápido y entró de nuevo, esta vez corriendo.

Las ramas le golpearon la cara, pero no se detuvo. Siguió, giró, cambió de dirección, intentó perderse dentro del bosque como si pudiera engañarlo con insistencia. El corazón le golpeaba el pecho con fuerza, cada vez más rápido, cada vez más alto.

Cuando creyó haber llegado lo suficientemente lejos, cuando ya no reconocía nada, cuando el sonido del agua del lago se había quedado atrás…

Salió otra vez al mismo claro, frente a la misma casa de mimbre, envuelto en el mismo silencio de siempre. Ruiz se quedó inmóvil, y el palo que llevaba en la mano resbaló de sus dedos hasta caer al suelo sin que él hiciera nada por sostenerlo.

No gritó. No habló.

Solo dio un paso hacia atrás, luego otro, como si el suelo pudiera abrirle una salida distinta si insistía lo suficiente. Volvió a entrar al bosque una vez más, esta vez con desesperación, empujando ramas, tropezando, cayendo, levantándose sin mirar.

Y volvió a salir.

El mundo no cambiaba.

El bosque no lo dejaba volver.

Las piernas le fallaron sin aviso. Cayó de rodillas en la hierba y extendió una mano hacia los árboles, como si el gesto pudiera devolverle algo que ya no respondía.

El silencio se quedó con él durante un tiempo imposible de medir.

Cuando dejó de intentar, se arrastró hasta la piedra donde solía esconderse. Allí se quedó, encogido, mirando el borde del bosque sin entender qué había cambiado entre un paso y el siguiente.

Ruiz siguió intentando como si el bosque fuera un error corregible, como si insistir lo suficiente pudiera devolverle la lógica al mundo. Entró otra vez, sin correr al principio, midiendo los pasos, tocando los troncos como quien busca una grieta en una pared invisible, avanzando con la certeza de que esta vez algo debía cambiar, pero al cruzar la misma línea el aire se volvió a cerrar y el claro apareció de nuevo sin transición, sin aviso, sin permiso, como si nunca hubiera existido otra cosa posible.

Se detuvo sin comprenderlo del todo. Respiró hondo y volvió a entrar, pero no hubo ninguna diferencia: el bosque, simplemente, no respondió.

Caminó más profundo, esta vez con rabia contenida, empujando ramas, ignorando el dolor de los golpes en la cara y los brazos, buscando un punto donde la repetición fallara, donde el patrón se rompiera, donde el mundo demostrara que aún tenía fisuras, pero cada sendero lo devolvía al mismo lugar, la misma piedra, la misma casa de mimbre, el mismo silencio húmedo que parecía observarlo sin ojos.

El aire empezó a pesarle en el pecho.

Entró otra vez.

El paso ya no era caminata, era carrera, un intento desesperado de perderse dentro de algo que siempre había sido su único refugio, el sonido de sus propios pasos volviéndose demasiado fuerte, demasiado presente, hasta que el bosque dejó de ser dirección y se convirtió en círculo, y cada vuelta terminaba en el mismo borde donde la luz del claro lo esperaba como una sentencia paciente.

Cuando salió por última vez ya no había duda, solo repetición.

El palo que llevaba cayó sin ruido, como si el bosque se lo hubiera quitado antes de tocar el suelo.

Ruiz no gritó porque el cuerpo no le dio permiso para convertirlo en sonido.

Solo dio un paso atrás, luego otro, como si retroceder pudiera deshacer lo ocurrido, como si la distancia entre él y el bosque aún significara algo, pero el límite ya no respondía, ya no cedía, ya no era frontera sino cierre.

Se quedó mirando el borde con la respiración rota, entendiendo tarde que el bosque no lo estaba rechazando a él, sino manteniendo algo sellado entre ambos, algo que ya no dependía de su voluntad.

Sus piernas cedieron.

Cayó.

Y por primera vez no intentó levantarse de inmediato.

Se arrastró hasta la piedra donde solía esconderse, apoyó la espalda y dejó la mirada fija en la línea de árboles que ya no era entrada ni salida, solo un borde inmóvil que seguía existiendo sin él dentro.

El tiempo dejó de comportarse como algo útil.

Ruiz se quedó ahí, respirando más lento, sin saber en qué momento exacto había dejado de poder volver.

—¡Ruiz! ¿Ruiz? ¿Estás ahí?

Ruiz se asomó por la piedra con los ojos llorosos y Dulce se acercó preocupada.

—¿Por qué lloras, amigo? ¿Te duele la herida?

—No, no es eso. Creo que ya no podré volver a casa. No puedo entrar al bosque.

Un silencio invadió el lugar; solo la brisa rozando el césped y la respiración profunda de Dulce llenaban los oídos de Ruiz.

—¿Es mi culpa, verdad? Por ser egoísta.

—No, no lo es.

—Sí lo es, Ruiz. Yo deseé que te quedaras para siempre… Es mi culpa.

—Pero…

—No te preocupes, yo te devolveré al bosque.

—Pero no sabes cómo, Dulce. No es tu culpa…

—Papá debe saberlo, él lo sabe todo.

Dulce se levantó, pero Ruiz la tomó del brazo, agitando la cabeza de lado a lado.

—Mi familia me dijo que no me acercara a los humanos… Por favor, no le digas.

—Pero yo soy humana, Ruiz… Papá es… el mejor padre.

—Aun así, Dulce… he visto lo que te ha hecho.

—¿Esto? —Dulce le mostró algunos de sus moretones.

—Solo me caí, Ruiz… No fue él.

En sus ojos algo se podía ver, casi como una mentira dicha demasiadas veces.

La casa de mimbre brilló: parecía una luz amarilla tenue que alumbraba el patio…

Dulce se despidió prometiendo que no diría nada, y pasaron algunos días. Dulce y Ruiz se divertían corriendo en el llano y yendo al lago a pescar.

Dulce jamás se quitaba su tutú, aunque este se volviera cada vez más oscuro por la suciedad.

Uno de aquellos días, el padre de Dulce —aún sin rostro para Ruiz— lo vio caminar de la mano con ella y les gritó.

—Dulce… ¿Dónde encontraste eso?

—Papá, es mi amigo. ¡Por favor, no le hagas daño!

El padre de Dulce se aproximó corriendo tras ellos. Dulce se había paralizado y apretó fuertemente a Ruiz; él no sabía qué hacer, el miedo lo había invadido.

Su cuerpo se movió solo, arrastrando a Dulce con él.

—No tengas miedo, yo te voy a proteger.

Dulce finalmente pudo correr, aunque solo había bosque adelante. Ruiz no sabía qué hacer, pero algo lo empujaba hacia el bosque. Levantó la mano y la extendió hacia los árboles, gritando como si el mundo entero estuviera en su contra.

Finalmente atravesaron el bosque. Ruiz se sentía extraño.

Dulce chocó con una raíz y su pierna se torció levemente. Sus lágrimas cayeron de inmediato y Ruiz no sabía qué hacer.

Rápidamente tomó del suelo un palo que parecía una raíz retorcida y, con algo de fuerza, le dio la forma de un bastón.

Dulce se apoyó en él y comenzó a caminar, más y más lejos. Cerca de otro llano vieron al padre de Dulce correr desesperado tras ellos.

Pero unas enredaderas envolvieron al hombre, como si no quisieran que los alcanzara.

—¿Qué? ¿Señorita Elena?

—Ruiz, lo sacaré del bosque. No volverá a pisarlo, pero ella también será expulsada.

—Pero, señorita…

—Tú debes volver. Tu padre te espera. Dejaré que te despidas.

—Sí, señorita… Vamos, Dulce.

Dulce estaba maravillada con el aleteo del hada que brillaba con intensidad ante ella. Tras ser jalada por Ruiz, le preguntó:

—¿Ella es un hada? ¿Por qué no me dijiste que existían?

—El abuelo me dijo que no hablara de ellas con nadie, ni siquiera con otras aldeas.

—¿Otras aldeas? No estás tan solo, Ruiz. No como yo.

—Tú tampoco, Dulce. Cuando entré al bosque lo vi… tu futuro.

—¿Mi futuro?

—Ya no estarás más sola.

Al salir del bosque, una autopista se extendía ante ellos. Apenas pasaban autos, pero uno se detuvo.

Bajaron una mujer y su marido, y corrieron preocupados hacia donde estaba Dulce. Con cuidado, la mujer la levantó del suelo y le preguntó qué hacía allí, sola.

—No estoy so… —Dulce miró hacia abajo. Algo que no lograba recordar ya no estaba.

—Perdón, ¿había alguien más contigo, niña?

—Cariño, probablemente esté cansada. Llevémosla al auto.

Ruiz observó desde el bosque cómo se la llevaban, aturdido, sin fuerzas ya ni para llamarla.

Al volver a la aldea, el hada Elena lo recibió en silencio. Su padre y su abuelo, sorprendidos de verlo entero, lo abrazaron con una alegría que no necesitaba palabras.

Pasaron los años. Ruiz ya era un enano adulto, aunque su estatura apenas había cambiado. Fue el hada Elena quien le trajo la noticia que tarde o temprano sabía que llegaría: el ciclo de Dulce estaba por terminar.

Algo se apagó en él al escucharlo. Pasó días inquieto, dando vueltas sin rumbo, hasta que una mañana, sin decidirlo del todo, sus pasos lo llevaron de nuevo hacia el bosque. Algo que no hacía desde hacía años.

Cuando llegó al claro, la casa de mimbre ya no estaba. En su lugar se alzaba una cabaña de madera oscura, con una chimenea que dejaba escapar un hilo de humo hacia el cielo.

Siguió caminando, esta vez despacio, con el peso de saber lo que iba a encontrar. La piedra donde solía esconderse le pareció diminuta ahora. Detrás de ella, sentada en una hamaca colgada de un viejo árbol, una anciana dormitaba a la sombra de una pequeña casa de mimbre.

Ruiz se acercó y se sentó frente a ella.

—¿Dul… Dulce?

La mujer abrió los ojos despacio.

—¿Un niño? ¿Quién eres, amiguito?

—Soy Ruiz, Dulce.

—¿Ruiz?… Amiguito, hace tanto que no te veía. ¿Esto es un sueño?

—No, Dulce. Esta vez soy yo de verdad.

—Ruiz… ¿por qué no volviste? Te esperé mucho tiempo.

—Lo siento. Tenía miedo.

—¿De qué tenías miedo, querido Ruiz? Los humanos no somos tan malos como creías.

—Ahora lo sé… ahora lo sé.

—Aun así, te equivocaste en algo.

—¿Yo?

—Sí. Estuve sola mucho tiempo.

—Pero tenías una nueva familia.

—Y aun así, aunque te había olvidado, seguía sintiendo que estabas ahí, en algún lugar. —Sonrió, con los ojos húmedos—. Siempre quise decirte esto: gracias por salvarme, Ruiz.

Los ojos de él se llenaron de lágrimas al ver aquella sonrisa desdibujarse poco a poco, como si la oscuridad la fuera cubriendo desde adentro.

Se quedó ahí, junto a la hamaca que se mecía cada vez más despacio, viéndola apagarse. Dentro de la cabaña, en una vitrina, descansaban los tutús que había usado a lo largo de los años —algunos diminutos, otros ya de mujer— junto a trofeos dorados que hablaban de una vida entera vivida sin él.

Ruiz sonrió, se levantó y caminó lentamente de vuelta al bosque, dejando atrás, en el paisaje que empezaba a oscurecer, la silueta inmóvil de Dulce junto a la casa de mimbre.

Fin.

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