Raiden se encontraba de pie en una playa desconocida. Le quedaban muy pocas fuerzas; sus piernas temblaban como hojas y sus manos no dejaban de sacudirse. Su cuerpo estaba al borde de la desnutrición, completamente empapado en agua salada y cubierto de rasguños. Sus pies se hundían en una arena blanca, extrañamente espesa y suave al tacto.
Dio un paso hacia adelante. Luego otro. Continuó caminando, pero cada avance le cobraba un precio altísimo. Su cuerpo se debilitaba más con cada metro recorrido. Raiden veía todo borroso, su respiración era un silbido ronco y doloroso, y sudaba frío a pesar del clima. Sus ojos, normalmente llenos de energía, ahora no tenían ningún brillo.
Impulsado únicamente por su instinto de supervivencia y la desesperante falta de alimento, siguió caminando hasta adentrarse en un bosque cercano. Sin embargo, no era un bosque normal. Los árboles tenían troncos de un color blanco inmaculado, pero sus hojas y ramas eran idénticas a las de los pinos.
La vista de Raiden se nublaba cada vez más. Sentía que el mundo giraba violentamente a su alrededor. A medida que se adentraba en el espeso bosque, un agudo e incesante pitido comenzó a taladrarle los oídos. Su garganta, áspera y seca como el desierto, aullaba por una sola gota de agua.
Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, logró salir de aquella extraña zona boscosa.
A lo lejos, pudo distinguir siluetas de casas y tiendas de campaña. Había llegado a un lugar poblado. Sin embargo, su visión estaba tan deteriorada que solo veía manchas de colores borrosas. Lo único que lograba salir de su boca era un balbuceo lastimero:
—Gua… a… gua… a… gua…
Sus labios estaban agrietados y sangraban levemente por la severa deshidratación.
Cada vez se acercaba más al poblado. El ruido de la civilización no tardó en llegar a sus oídos. Varias personas pasaban caminando cerca de él.
Fue entonces cuando el cuerpo de Raiden colapsó. Había llegado a su límite absoluto. Todo se empezó a oscurecer rápidamente y cayó de rodillas antes de desplomarse boca abajo en el suelo de tierra, exhausto.
Inmediatamente, los transeúntes se acercaron.
—¡Oye, muchacho! ¿Estás bien? —preguntó una voz muy grave, perteneciente a un hombre corpulento.
Las personas rodearon al chico al instante, cuchicheando con curiosidad por su lamentable estado. De pronto, una voz suave pero firme resonó entre la multitud. Provenía de una mujer.
—Aléjense todos, el chico necesita espacio para respirar.
Raiden abrió los ojos lentamente, pero seguía viendo todo borroso. Sintió cómo unas manos lo tomaban con una fuerza sorprendente pero con mucha delicadeza por el cuello de la chaqueta, levantándolo del suelo como una madre levantaría a su hijo pequeño.
—Chico, toma un poco de agua. Debes estar sediento —dijo la mujer, aunque a los oídos de Raiden su voz sonaba lejana y con eco.
La mujer le acercó un vaso de madera lleno de agua fresca a los labios. Raiden, con mucho esfuerzo, abrió la boca.
Sin dudarlo, tragó el líquido desesperadamente, vaciando el vaso en cuestión de segundos.
—Oye tú, ven aquí y llévalo a mi local —ordenó la mujer, pero su voz se escuchaba cada vez más distante.
—Okey, pero no me grites —respondió la primera voz grave que Raiden había escuchado.
Después de eso, Raiden cerró los ojos y se sumió en una profunda inconsciencia.
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Los ojos del chico se abrieron lentamente.
—Ah… shhh… —se quejó.
Todo se veía borroso al principio, pero parpadeando un par de veces, su vista se fue aclarando. Estaba sentado en una robusta silla de madera. Al moverse un poco para acomodarse, un trapo húmedo y frío se resbaló de su frente y cayó a su regazo.
—Me duele muchísimo la cabeza… —murmuró, cerrando el ojo izquierdo debido a una fuerte punzada de dolor—. Siento como si hubieran golpeado mi cabeza contra el suelo varias veces.
De repente, un olor exquisito llamó su atención.
Su vista finalmente se aclaró por completo y lo que vio lo dejó impresionado. Se encontraba en el interior de un pintoresco restaurante. A su lado derecho había un par de mesas redondas cubiertas con manteles de un blanco impecable. Justo enfrente de él, pegado a la pared, había un largo mesón de madera y un estante, sobre el cual reposaban varios platos de loza blanca.
—¿Qué es esto? ¡Huele delicioso!
Sin dudarlo un solo segundo, Raiden se levantó de la silla de un salto y corrió hacia el estante.
Los platos estaban rebosantes de comida recién hecha: arroz humeante, carne asada, huevos y pan fresco. Movido por sus instintos más primarios, Raiden empezó a devorar todo a dos manos. Todos los modales que su abuelo le había enseñado se fueron por la borda. Llevaba varios días sin probar un bocado y no pensó en las consecuencias; solo le importaba satisfacer su voraz apetito.
De repente, la puerta principal del restaurante se abrió de golpe haciendo sonar una campanilla.
—¡Oye, Ma! ¡No pude conseguir el…! —La voz se detuvo en seco.
En la entrada apareció una chica que sostenía una gran bolsa de tela llena de verduras. Tenía el cabello corto hasta el cuello, de un color azul oscuro, pero con algunos mechones en un tono de azul marino casi negro, dándole un aspecto único. Una diadema negra adornaba su cabeza, decorada con un pequeño parche blanco que tenía la figura de un conejo sonriente. Vestía un delantal que parecía ser el uniforme oficial del restaurante.
Al escuchar la puerta abrirse, Raiden giró la cabeza lentamente. Tenía las mejillas infladas a más no poder, rebosantes de comida.
La mirada de ambos se cruzó.
Un silencio sepulcral, espeso e incómodo, dominó todo el ambiente. Raiden seguía masticando cómicamente, sin atreverse a tragar.
—¡¡LADRÓOOOOON!! —gritó la chica a todo pulmón.
Soltó la bolsa de golpe. Todas las verduras —tomates, cebollas y zanahorias— se desparramaron rodando por el suelo de madera. La chica extendió su brazo derecho hacia adelante con furia.
—¿Ladrón? ¿…Yo? —Raiden se señaló a sí mismo, con la boca aún llena y la voz amortiguada.
Frente a los asombrados ojos de Raiden, de la mano extendida de la chica empezó a materializarse energía que tomó la forma de un enorme mazo. Era de un color azul translúcido, más claro que el cielo de la mañana, y su tamaño era desproporcionadamente grande en comparación con la complexión de la chica.
—¿¡Quién más va a ser!? —le reclamó ella, furiosa—. ¡Solo estás tú aquí adentro cuando ni siquiera hemos abierto, y te estás tragando los desayunos de nuestros clientes!
«¡Wow! ¡Qué habilidad tan increíble!», pensó Raiden, maravillado por el arma. Pero entonces, bajó la vista hacia sus propias manos cubiertas de grasa y miró la pila de platos vacíos frente a él.
«Bueno… ahora que lo pienso objetivamente, ella tiene toda la razón de estar enojada».
—¡Lo ves! ¡Así que lo admites con tu silencio! ¡Responde! ¿¡Cómo entraste!?
—¡No sé! ¡De repente desperté aquí, te lo juro! ¡Creo que aquí hay un gran malentendido, no soy ningún ladrón! —Raiden tragó la comida de golpe, extendió los brazos y empezó a sacudirlos frenéticamente mientras negaba con la cabeza.
Sin escuchar razones, la chica de pelo azul agarró el mazo con ambas manos, lo inclinó hacia atrás para tomar impulso y corrió directo hacia Raiden.
Los agudos instintos de combate del chico se activaron. Un milisegundo antes de que el pesado mazo lo alcanzara, Raiden dio un ágil salto hacia atrás.
¡BAM!
El arma mágica impactó fuertemente, haciendo temblar ligeramente el piso.
Raiden, que había aterrizado de rodillas a un par de metros, quedó atónito. «Vaya… no quiero ni imaginar qué hubiera pasado si me daba a mí».
La chica levantó el mazo lentamente. Parecía pesar tanto como uno de hierro macizo. Al apartarlo del suelo, Raiden pudo ver un cráter circular perfectamente formado en la madera.
Ella volvió a colocar el mazo sobre su hombro, en posición de ataque.
Lanzó otro golpe devastador hacia Raiden, pero él era muchísimo más ágil. Dando un gran salto acrobático, esquivó el impacto y aterrizó, un poco torpe, sobre el largo mesón de madera. Apenas logró mantenerse en el borde, por lo que tuvo que agitar los brazos cómicamente hacia adelante y hacia atrás para recuperar el equilibrio.
La chica había fallado de nuevo, pero su mazo había destrozado por completo la silla donde Raiden había despertado minutos antes, convirtiéndola en astillas.
—¡¡AAAAAH!! ¡Mira lo que me hiciste hacer! ¡Ahora mi madre me va a dar una paliza! —gritó la chica, dividida entre el pánico y la furia.
—¡Oye, cálmate! ¡Déjame explicarte, ni siquiera sé dón…!
Antes de que pudiera terminar, la chica intentó golpear sus piernas con un ataque horizontal. Raiden saltó hacia arriba en el mesón justo a tiempo. El mazo destrozó un gran pedazo de la madera del mostrador.
—¡Maldición! —Raiden cayó directamente de pie encima del mazo mágico, presionándolo contra los restos del mueble—. Oye, en serio, es mejor que te calmes. ¡Te estoy intentando explicar!
—¡Bájate de mi arma ahora mismo! —exigió la chica, jalando fuertemente el mango hacia arriba.
De repente, la energía azul que conformaba el mazo empezó a brillar intensamente y a cambiar de forma. Raiden se tambaleó sobre el arma debido a la repentina alteración, perdiendo el equilibrio. En cuestión de un segundo, el pesado mazo se había transformado en una afilada espada larga, completamente azul y translúcida.
—¡Vaya! ¿Puedes crear diferentes tipos de armas? —preguntó Raiden, con los ojos brillando de fascinación.
Ignorándolo, la chica se subió rápidamente de un salto y se plantó encima del destrozado mesón frente a él.
—¡Oye, cálmate ya! —volvió a suplicar Raiden, retrocediendo.
En ese momento, la chica empezó a balancear la espada de un lado a otro con claras intenciones homicidas. Sin embargo, Raiden notó de inmediato que sus movimientos eran torpes; la movía sin técnica, como una completa novata.
Raiden dio media vuelta y empezó a correr por encima del largo mesón para alejarse de ella. Era rápido, pero en su apresurada huida pisó de lleno uno de los platos de loza sucios. Su pierna izquierda resbaló hacia adelante y perdió el equilibrio por completo. Al llegar al final del mostrador, Raiden cayó pesadamente hacia el suelo, estrellando la espalda contra la pared de madera, justo al lado de una de las mesas con manteles blancos.
La chica saltó ágilmente del mesón. Corrió hacia Raiden levantando la espada sobre su cabeza con ambas manos.
—¡¡AHHHHH!! ¡TOMA ESTO! —gritó la peliazul, dejándose caer con fuerza.
Reaccionando en una fracción de segundo, Raiden agarró una de las sillas cercanas por las patas y la interpuso como un escudo improvisado. La chica atacó con rabia, pero debido a su falta de fuerza física, la espada azul quedó profundamente incrustada en el resistente asiento de madera. Por más que tiraba del mango y gruñía por el esfuerzo, no podía sacarla.
—¡Oye, tranquilízate por favor! ¡Te juro que no soy ningún ladrón! ¡Me llamo Nakamura Raiden y ni siquiera sé dónde estoy! —suplicó desde el suelo, oculto tras la silla.
Al ver que no podía liberar su arma, la chica finalmente soltó el mango de la espada.
—Uuuufff… —Raiden suspiró aliviado, soltando lentamente la silla, pensando que la chica al fin se había calmado—. Como te iba diciend…
En un destello de luz, la espada clavada en la silla desapareció y, de inmediato, la chica creó otro mazo, ¡incluso más grande que el anterior!
—¡Espera, espera, espera, espera, ESPERA! —gritó Raiden, desesperado, levantándose rápidamente y agitando los brazos.
—¡No me importa quién seas! ¡Te comiste la comida y ahora estoy furiosa! —bramó la chica, cegada por la ira.
Lanzó el enorme mazo hacia adelante con toda su fuerza, dejándose llevar por el propio peso abrumador del arma.
Al ver que no había escapatoria, Raiden plantó firmemente los pies en el suelo y levantó los brazos. ¡Atrapó la cabeza del mazo con sus propias manos! Sus músculos se tensaron hasta el límite y una gruesa vena saltó en su frente por el esfuerzo extremo. El mazo pesaba una barbaridad y, como Raiden aún no estaba recuperado de sus heridas previas y su naufragio, le costaba el triple. Pero con un grito ahogado, usando toda su fuerza bruta, logró frenar el ataque en seco.
«¡Ah! ¿Qué clase de fuerza física tiene este chico?», pensó la peliazul, abriendo los ojos de par en par, totalmente sorprendida de que alguien detuviera su ataque con las manos desnudas.
—¡Ruri! ¿¡Qué crees que estás haciendo!? —resonó una voz autoritaria.
La chica peliazul se sobresaltó y giró la cabeza hacia una puerta de madera al fondo del local.
Allí estaba parada una mujer un poco mayor. Tenía el cabello largo, pero de un tono azul muy claro, casi celeste, diferente al de la chica. Se le notaban algunas arrugas de expresión en el rostro, pero su postura era imponente. Llevaba exactamente el mismo uniforme de delantal que la joven.
Al ver a la mujer, Ruri, asustada, soltó el mango del mazo. Sin el soporte de la chica, todo el peso abrumador cayó de golpe sobre Raiden, quien no pudo soportarlo y se desplomó de rodillas, soltando el arma.
—¡Ma! ¡Este tipo entró a robar y se comió todo el desayuno de nuestros clientes! —se quejó Ruri, señalando acusadoramente a Raiden, que seguía en el suelo.
—Ruri, desaparece ese mazo de inmediato. El pobre chico apenas y tiene fuerzas para respirar —ordenó la mujer mayor con total calma, cruzándose de brazos.
—¡Pero Ma, él se…!
—¿Me estás cuestionando? —La mujer la miró fijamente con una expresión tan severa que helaba la sangre.
Ruri palideció al instante. Chasqueó los dedos y el pesado mazo que aplastaba a Raiden se desvaneció en partículas de luz azul.
—Ha… ha… ha… —jadeó Raiden, respirando con dificultad y poniéndose de pie lentamente—. Gra… gracias… haa.
La mujer mayor se acercó caminando tranquilamente hasta donde estaban los dos jóvenes.
—Oye, muchacho, ¿te encuentras bien? —preguntó, con genuina preocupación en su voz.
—Oye, Ma, ¿quién es este chico ladrón entonces? —insistió Ruri, con el ceño fruncido.
—Eh, sí, estoy bien… gracias por preguntar. ¡Y te repito que no soy ningún ladrón! —respondió Raiden, frotándose los brazos adoloridos.
—Entonces, ¿de dónde vienes, muchacho? —preguntó la mujer mayor, mirándolo con curiosidad.
¡GRRRRRRRR!
Un fuerte y estruendoso rugido provino del estómago de Raiden, resonando cómicamente en todo el restaurante silencioso.
—Je… lo siento, la verdad es que no he comido nada en días —admitió Raiden, rascándose la nuca con una sonrisa apenada por la situación.
La mujer mayor sonrió cálidamente.
—Responderás a todas mis preguntas… pero mientras comemos.


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