VIVIRSE PARTE 11: GRIETA (BORRADOR)

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Por alguna extraña razón, siempre me producía un escalofrío helado comprobar que las personas no eran cuerpos vacíos. Lo notaba en los detalles más mínimos: cuando alguien se quedaba inmóvil a mitad de una frase, mirando la nada, hundiéndose en esa profundidad propia donde nadie más podía seguirlo.

En mis años de universidad, cuando escuchaba a alguien hablar sobre la idea de borrar su presencia, de dejar de estar aquí, no me causaba lástima ni morbo. Me provocaba un vértigo sordo. Me aterraba entender que dentro de la cabeza de esa persona existía un bosque denso y oscuro, un lugar tan profundo donde cualquiera podía perderse para siempre sin que el resto notara el momento exacto en que la puerta se cerraba.

Para mí, sin embargo, ese lugar no era un peligro ni un final; era simplemente el único refugio real. Yo también caminaba por las orillas de ese bosque cuando el mundo de afuera se volvía insoportable, convencido de que avanzar un poco más entre los árboles solo significaba encontrar un silencio más puro, una verdad más limpia. Jamás lo vi como una destrucción. No se me ocurría pensar que internarse demasiado en la espesura significaba perder el cuerpo para siempre de este lado; para mí era una llegada, no una pérdida.

Con el tiempo aprendes a disimular esa náusea. Aprendes a controlar la postura, a congelar el rostro y a convencerte de que los demás son planos, de que nadie más guarda ese terreno oculto por dentro. Pero ver a este niño mirándome me devolvió el frío bajo la piel.

Tendría unos ocho años y apenas me llegaba a la cintura. Estaba parado justo de frente a mí.

—¿Ya lo leíste? —preguntó, dando un pequeño sorbo a un pequeño jugo de cartón.

—¿Lo conoces? —pregunté, señalando el lomo del libro en la estantería a mi derecha.

—Sí. Lo agarré el otro día pensando que tenía dibujos, pero solo tiene letras viejas —sus ojos soltaron un aleteo rápido e inusual antes de volver a fijarse en los míos, mientras le daba otro sorbo a la pajilla—. ¿A ti te gustan las historias sin dibujos?

—Fue algo diferente cuando lo leí.

—¿Diferente cómo? —dijo, presionando un poco el cartón con los dedos—. ¿Aburrido como los de la escuela?

—No, aburrido no. Solo… diferente.

—En mi salón dicen que los libros sin dibujos son para la gente grande que ya no se imagina cosas. ¿Tú ya no te imaginas cosas?

—Supongo que sí.

El niño volvió a beber despacio de su jugo, sosteniéndome la mirada sobre el borde del empaque.

—Es que si un libro tiene un perro dibujado, ya sabes cómo es el perro. Te lo dan listo. Pero este no tiene perros, ni casas, ni gente. ¿Tú qué viste cuando estabas leyendo?

—Solo palabras.

—Y aun así te quedaste viéndolas —comentó, dejando la pajilla entre sus labios—. En la escuela los libros te dicen qué hacer. En este no.

Me llevé la mano al cuello por instinto, sobándome la piel seca mientras intentaba entender a qué se refería.

—¿Por qué dices eso?

—Busqué sobre ese profesor Uriel M. Nadie lo conoce, es como si apareciera y desapareciera del mundo, dejando aquí esa grieta azulada y arrugada que tienes en tus manos.

Miré a ese niño. Parecía normal, era normal, pero sus ojos y su rostro tenían algo diferente: esa sensación de seguridad; no estaba alcanzando algo a lo lejos, lo estaba abrazando.

—¿Te puedo preguntar algo, pequeño?

—Sí, dime.

—¿Qué soñaste la noche que leíste ese libro?

Una pequeña reacción en su párpado izquierdo hizo que me diera cuenta de su asombro. Dejó caer el jugo a un costado y se empezó a secar la mano derecha con el pantalón; no respondió, dejó de beber por completo y se quedó en shock, mirándome fijamente.

A mi izquierda, cruzando la barda, el grito seco de mi tía retumbó desde la cocina, :

—¡Ya está la comida!

Dejé el libro apoyado en la orilla de la estantería a mi derecha. Miré al pequeño una última vez y le dediqué una leve sonrisa.

—Hasta luego —murmuré.

Giré sobre mis talones y me encaminé hacia la puerta del patio trasero que quedaba a mis espaldas. A un lado de la cocina, en las escaleras que daban de frente a la estantería, vi la sombra de alguien sentado en los peldaños más oscuros, mirándome en absoluto silencio.

En cuanto crucé el umbral hacia el patio, Cristofer bajó los escalones sin hacer ruido.

El niño pequeño continuaba parado junto a la estantería, aún en shock. Sus ojos soltaron de nuevo un aleteo rápido e inusual antes de girarse hacia las escaleras y fijar la mirada en Cristofer. Ninguno habló. Se sostuvieron los ojos en silencio.

Sin dudarlo, Cristofer cruzó, tomó el libro de la repisa y lo escondió bajo su playera. El niño solo lo observó marcharse, guardando el secreto mientras la única grieta de la casa desaparecía con él.

Cuando salí, vi las mesas juntas en forma de una larga línea. Cerca de veinte personas desconocidas conversaban ruidosamente sobre cosas completamente ajenas a mí. Caminé a un costado de las mesas, esquivando las sillas y los codazos, hasta llegar a un asiento vacío en la orilla.

Enfrente tenía a mi padre. Tenía los hombros caídos y el rostro gastado con esa pesadez característica de quien pasa doce horas seguidas de pie frente a la maquinaria de la fábrica. A su costado estaba mi madre, alcanzándole un plato con comida servida mientras atendía la plática del resto.

—Sírvete antes de que se enfríe —dijo ella, pasándome una cuchara sin mirarme realmente.

—Así está bien —respondí,

Ella no insistió; se giró hacia los tíos y volvió a la conversación. Entre mi padre y yo no hubo una sola palabra. Él mantuvo la atención fija en su plato, comiendo con una lentitud, desgastada, mientras el viento del patio nos pasaba por un lado sin tocar la distancia que nos separaba.

Conforme la luz fue cayendo, las voces de la mesa comenzaron a apagarse. Las veinte personas se fueron dispersando poco a poco, despidiéndose con la prisa de siempre, hasta que la mesa quedó vacía con platos, servilletas arrugadas y vasos olvidados.

Mi padre se levantó y empezó a apilar las sillas de plástico. Me acerqué a ayudarle. Mientras lo miraba moverse, sentí un impulso torpe de romper la inercia, pero no sabía exactamente por dónde empezar. ¿Qué le pregunto? ¿Cómo se lo digo sin que suene forzado?

Él tomó cuatro sillas de un jalón y caminó hacia el porche; yo agarré otras tres y lo seguí unos pasos atrás.

—¿Qué hiciste ayer? —pregunté mientras dejábamos las sillas junto a la pared.

—Trabajar —dijo.

Dio media vuelta y regresó a la mesa. Fui detrás de él para cargar un par de bancas. La respuesta había caído como una piedra inútil. ¿Qué más le pregunto ahora? Repasé rápido en mi cabeza algún recuerdo viejo, cualquier tema que no fuera un callejón sin salida.

—¿Desde cuándo no tomas cerveza? —probé mientras acomodaba las bancas a un costado del pasillo.

—Hace mucho —respondió, levantando dos platos sucios de la madera sin detenerse.

Me volví a acercar mientras él empezaba a doblar las patas de la primera mesa plegable. Nos quedamos frente a frente sosteniendo el marco de metal. La duda me apretó la garganta otra vez. ¿Tiene sentido seguir buscando? ¿Qué más le digo?

—¿Aún tienes el tocadiscos?

—Ahí sigue —dijo.

No hubo un solo matiz en su voz, ni un cambio en su gesto, ni la menor intención de devolverme la palabra. Cargamos la mesa juntos hacia el muro del patio. La recargó con cuidado, se sacudió las manos en el pantalón y dio un par de pasos hacia la entrada.

En ese momento lo entendí: no era que no supiera qué responder o que estuviera demasiado cansado. Simplemente no quería contestarme. No tenía ningún interés en congeniar conmigo, ni en construir un puente, ni en fingir que el silencio entre los dos era algo que le interesara romper.

—para que seguir intentando— murmuré junto a un suspiro, mirando hacia arriba. Viendo la ventana de mi antiguo cuarto, la luz aún prendida, aún con una grieta en la ventana…aún sin reparar.

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