DOS CENTÍMETROS
Prólogo
Hace un tiempo empecé a notar que ya no leía igual. Abría un texto, avanzaba unas líneas y, si algo no ocurría enseguida, el dedo empezaba a inquietarse.
Después descubrí algo bastante más incómodo: tampoco estaba escribiendo igual.
Este díptico nació de esa contradicción, de querer que el lector se quede y, al mismo tiempo, preguntarme cuánto estoy dispuesto a hacer para impedir que se vaya.
Al final, todo parece reducirse a una distancia bastante miserable.
Dos centímetros.
I. EL PULGAR
El escritor de antes tenía algunos privilegios. El lector había comprado el libro.
Parece una pavada, pero no lo es. Había pagado por él, lo había llevado hasta su casa, quizás había esperado el fin de semana para empezarlo y, cuando finalmente se sentaba a leer, uno podía darse ciertos lujos. Describir una calle. Demorarse en una ventana. Contar que llovía desde hacía tres días y que el protagonista todavía no sabía que esa mañana iba a cambiarle la vida.
El lector ya estaba ahí.
Ahora no. Ahora hay un pulgar apoyado sobre la pantalla y ese hijo de puta está listo para moverse.
No necesita explicar por qué. No tiene que cerrar el libro, levantarse del sillón ni decidir que nuestra historia es mala. Apenas tiene que deslizarse dos centímetros hacia arriba y nosotros desaparecemos.
Dos centímetros.
Ese es todo el territorio que separa a un escritor de la inexistencia digital.
Por eso uno empieza a escribir distinto. No necesariamente mejor. Distinto.
Mira el primer párrafo con desconfianza. Borra una frase que le gusta porque tarda demasiado en llegar a algún lado. Cambia el comienzo. Lo vuelve a cambiar. Se pregunta si debería arrancar con una muerte, una confesión, una puteada, una mujer desnuda cruzando la avenida Corrientes o un tipo entrando a un banco con un revólver.
Algo. Lo que sea. Pero rápido.
Porque el pulgar espera.
Y lo peor es que uno lo conoce. También es nuestro. Nosotros hacemos exactamente lo mismo con los demás.
Abrimos Facebook mientras esperamos que hierva el agua. Instagram sentados en el inodoro. X durante una propaganda. Una noticia mientras aguardamos que nos atiendan en algún lado. Leemos tres líneas, cuatro con suerte, y enseguida aparece esa pequeña ansiedad por saber qué habrá después.
No después en la historia. Después, abajo.
Otro texto. Otra foto. Otro video. Otra indignación. Otro perro que aprendió a abrir una heladera. Otra guerra. Otro cumpleaños. Otro tipo explicándonos en cuarenta segundos cómo deberíamos vivir.
Todo está ahí, esperando turno.
Entonces el escritor se encuentra compitiendo contra adversarios que jamás imaginó. Tolstói no tuvo que competir contra un gato cayéndose de una mesa. Borges nunca necesitó preguntarse si el segundo párrafo de El Aleph retendría audiencia.
Cortázar podía darse el lujo de pedirnos que aceptáramos que alguien vomitaba conejitos. Hoy probablemente habría algún especialista recomendándole:
—Julio, lo de los conejitos está buenísimo, pero tratá de meter uno en las primeras tres líneas.
Y Julio lo mandaría a la mierda.
Aunque después, cuando nadie lo mirara, quizás revisaría el comienzo.
Porque el problema del scroll no es solamente que haya cambiado la manera de leer. También está empezando a cambiar la manera de escribir.
Uno aprende palabras que antes pertenecían a los pescadores.
Gancho.
Hay que tener un gancho.
Los primeros segundos son fundamentales. La primera oración debe atrapar. El título tiene que provocar curiosidad. La imagen debe detener el desplazamiento. Todo parece pensado para capturar a una criatura que, por alguna razón, está desesperada por escaparse.
Y quizá lo esté.
Ahí aparece una pregunta bastante incómoda para quienes escribimos:
¿Cuánto estamos dispuestos a cambiar para que alguien se quede?
Porque una cosa es cuidar el comienzo de un relato, quitar lo que sobra, encontrar una frase capaz de abrir una puerta. Eso siempre fue parte del oficio. Otra muy distinta es escribir con miedo.
Miedo a demorarse, a describir, a que una historia necesite tres párrafos antes de mostrar los dientes. Miedo, en definitiva, a que el lector se vaya.
Hay relatos que entran pateando la puerta y otros que primero se limpian los zapatos en el felpudo. El problema es que estamos empezando a exigirles a todos que pateen.
Y algunas historias se rompen haciendo eso.
A veces imagino al escritor de hoy sentado frente a la computadora y, del otro lado, un lector desconocido sosteniendo el teléfono.
No puedo verlo. No sé quién es, dónde está ni qué estaba haciendo antes de encontrarme. Tal vez espera el colectivo, tal vez está acostado o lleva veinte minutos desplazando el dedo sin recordar demasiado bien qué vio durante esos veinte minutos.
Yo tengo unas pocas líneas. Él tiene un pulgar.
La pelea parece bastante desigual.
Así que escribo la primera frase. La leo. La borro. Escribo otra.
Y mientras pienso la siguiente, sé perfectamente que del otro lado ese desgraciado ya está apoyando el dedo sobre la pantalla.
Si llegaste hasta acá, por ahora voy ganando.
II. LA PELEA
Gané.
Llegaste hasta el final. El pulgar no se movió.
Ahora viene la pregunta que preferiría no hacerme:
¿Qué tuve que hacer para conseguirlo?
Porque quizás festejé demasiado pronto.
Usé una puteada antes de que terminara la primera página. Metí un gato, a Tolstói, Borges, Cortázar y una mujer desnuda cruzando la avenida Corrientes. Hablé de sexo aunque fuera apenas para mencionarlo. Te hablé directamente. Hice chistes. Corté frases. Cambié el ritmo cada vez que sospeché que podías aburrirte y, cuando llegamos al final, hasta te convertí en parte del remate.
No estuvo mal. Pero tampoco fue inocente.
Yo sabía que estabas ahí. Mejor dicho, sabía que tu pulgar estaba ahí. Y escribí teniéndolo en cuenta.
Ese es el punto en el que la pelea contra el scroll empieza a ponerse bastante más incómoda, porque ya no alcanza con señalar al lector y quejarse de su falta de paciencia. Tampoco sirve echarle toda la culpa a Instagram, Facebook, TikTok, X, los algoritmos o esa maquinaria interminable que necesita que sigamos mirando porque mientras miramos alguien está haciendo negocio.
Nosotros también aprendimos. Y aprendimos rápido.
Ahora sabemos que hay que enganchar en las primeras líneas, que el título debe despertar curiosidad, que conviene evitar introducciones largas y ofrecer pequeñas recompensas durante el recorrido. Sabemos que un párrafo demasiado extenso puede espantar, que una imagen ayuda, que una pregunta retiene y que ciertas palabras funcionan mejor que otras.
Y empezamos a aplicarlo.
Al principio parece solamente oficio. Después uno mira una descripción que le gusta y se pregunta si no será demasiado larga. Recorta una reflexión porque tarda en llegar al punto, adelanta un conflicto que necesitaba tiempo o hace hablar a un personaje antes de que el personaje tuviera algo para decir.
Acelera. No porque la historia lo pida, sino porque alguien puede irse.
Ahí aparece una forma bastante nueva del miedo a escribir.
Antes podíamos temer que un texto fuera malo, que una historia no funcionara, que un personaje resultara falso o que aquello que intentábamos contar no estuviera a la altura de lo que habíamos imaginado.
Ahora también podemos temer que tarde demasiado.
Y ese miedo empieza a meterse en la escritura. La descripción se vuelve sospechosa porque demora, el silencio parece inútil porque no genera interacción y la sutileza corre con desventaja porque necesita algo que las plataformas consideran casi una extravagancia: tiempo.
Entonces cortamos, aceleramos, subrayamos, explicamos. Ponemos una frase fuerte arriba, otra en el medio por si el lector está pensando en irse y alguna cerca del final para premiar al sobreviviente.
Hasta que un día nuestro relato empieza a parecerse a esos restaurantes que ponen un mozo en la vereda para impedir que uno llegue al de al lado.
—Pase, señor. Mire qué comienzo. Tenemos misterio. Hay sexo en el segundo párrafo. En el cuarto muere alguien. No se vaya, que enseguida viene el giro inesperado.
Da un poco de vergüenza cuando uno lo mira así.
Porque quizás el verdadero triunfo del scroll no sea conseguir que la gente lea menos. Quizás sea conseguir que nosotros escribamos para él.
No peor en gramática ni necesariamente peor en técnica. Puede incluso ocurrir lo contrario: textos más precisos, comienzos más fuertes, menos palabras inútiles. El problema aparece en otro lugar, mucho más difícil de medir. Empezamos a escribir con menos paciencia, menos riesgo y, sobre todo, menos confianza en quien está del otro lado.
Tratamos al lector como a una criatura asustadiza a la que debemos mostrarle comida cada veinte segundos para que no escape.
Y después miramos las estadísticas: cuántos entraron, cuántos se quedaron, cuántos compartieron, cuántos llegaron hasta el final.
Un relato empieza a parecerse peligrosamente a un electrocardiograma. Si la línea baja, alguien recomienda cambiar el título.
Lo curioso es que después nos quejamos de que nadie lee. Tal vez también habría que preguntarnos qué les estamos enseñando a leer.
Porque si cada texto debe atraparnos inmediatamente, emocionarnos enseguida, sorprendernos poco después y dejarnos una frase subrayable antes del final, llegará un momento en que nada va a sorprendernos.
Cuando todo grita, el grito deja de escucharse.
Y ahí el asunto deja de ser solamente tecnológico. Es cultural.
Estamos entrenando la impaciencia y después culpamos al impaciente. El lector aprende que no tiene por qué hacer ningún esfuerzo, porque siempre habrá otra cosa esperándolo dos centímetros más abajo. El escritor aprende que no puede pedirle ningún esfuerzo porque, si lo hace, lo pierde.
El escritor baja la exigencia y el lector baja el pulgar.
Negocio perfecto.
Lo más curioso es que la literatura siempre necesitó cierta colaboración del que lee.
Hay historias que entran pateando la puerta y otras que primero se limpian los zapatos en el felpudo. Algunas necesitan varias páginas para mostrarnos qué vinieron a hacer. Otras pueden quedarse durante un rato mirando llover, siguiendo a un hombre que camina por una calle o escuchando una conversación que todavía no sabemos adónde conduce.
Y durante ese rato no ocurre nada extraordinario. Ocurre algo mucho más sencillo.
Estamos leyendo.
Tal vez por eso la pelea esté mal planteada desde el comienzo. Quizás no tengamos que derrotar al pulgar. Quizás tengamos que dejar de tenerle tanto miedo.
Escribir un buen comienzo, sí. Sacar lo que sobra, también. Respetar el tiempo del lector, siempre. Pero respetarlo no significa suponer que es incapaz de atravesar tres párrafos sin recibir una descarga eléctrica.
A veces imagino nuevamente al tipo del otro lado. Sigue con el teléfono en la mano.
No sé quién es. Puede estar esperando el colectivo, acostado antes de dormir o sentado en el baño escondiéndose cinco minutos de su propia familia. Llegó hasta acá después de atravesar dos textos bastante largos sobre un dedo moviéndose en una pantalla.
Podría irse. De hecho, en cualquier momento va a hacerlo.
Y está bien.
Por primera vez en toda esta historia, prefiero no perseguirlo.
No voy a poner un muerto en el párrafo siguiente. Tampoco una confesión. Ni siquiera voy a traer de nuevo al gato.
Voy a escribir la próxima frase porque creo que es la que corresponde y voy a confiar en que, si todavía estás ahí, será porque querés leerla.
Después podés mover el dedo. Los dos sabemos que tarde o temprano lo vas a hacer.
Lo único que todavía puedo decidir es cuánto estoy dispuesto a cambiar lo que escribo para retrasar esos dos centímetros.
Porque si para ganarle al scroll tengo que escribir como el scroll quiere, entonces la pelea ya la perdí.
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