Reagan Chambers llevaba veintitrés años siendo la alcaldesa de Willowbrook, pero nunca, en toda su carrera política, se había sentido tan cerca de la derrota como aquella mañana del 24 de diciembre, sentada frente a una lista de tareas que parecía multiplicarse sola cada vez que tachaba un punto.
—Luces de la plaza: revisadas. Escenario para el coro: revisado. Permiso del ayuntamiento para el mercado navideño: revisado —murmuraba, con el teléfono pegado a la oreja mientras firmaba un documento con la otra mano—. Lo que no está revisado, Deborah, es por qué el reno mecánico de la entrada del pueblo hace un sonido que parece que está siendo torturado.
Del otro lado de la línea, su asistente suspiró con la paciencia de alguien que llevaba tres tazas de café encima.
—El técnico dice que es un problema de motor. Dice que puede intentar arreglarlo hoy mismo, pero tardará dos horas en llegar.
—Hoy es Nochebuena, Deborah. No tenemos un par de horas. Esta noche el pueblo entero va a estar mirando ese reno mientras yo doy mi discurso inaugural, y si suena como si estuviera agonizando, la gente va a pensar que es una metáfora de mi gestión.
Reagan colgó sin esperar respuesta, se frotó los ojos y miró por la ventana de su oficina. Willowbrook, ese pueblo pequeño y encantador de calles adoquinadas y casas con tejados a dos aguas, se estaba vistiendo de fiesta bajo una llovizna fina que amenazaba con convertirse en la primera nevada real del invierno. Debía admitir que, en medio del caos, había algo hermoso en ver el pueblo cobrar vida: las guirnaldas cruzando la calle principal, el olor a canela que salía de la panadería de la señora Alvarado, los niños pegando la nariz a los escaparates de la juguetería.
Lo que no tenía tan claro era cómo iba a sobrevivir a la cena de esa noche.
—Cinco personas, Reagan —se dijo a sí misma en voz alta, repasando mentalmente la logística—. Solo son tres personas más en la mesa. Puedes con esto.
Al otro lado del pueblo, en la cocina de la casa Chambers-Barrett, Barry Barrett llevaba puesto un delantal que decía «Besa al Cocinero» —regalo de su hija mayor hacía ya diez años, cuando todavía la ironía navideña se consideraba algo entrañable y no una declaración de guerra— y tarareaba villancicos mientras revisaba, por tercera vez esa mañana, la receta del pavo que su abuela le había heredado.
Barry era de esas personas que consideraban la Nochebuena casi un asunto sagrado. No por religión, exactamente, sino por costumbre, por cariño, por la certeza tranquila de que había cosas en la vida que merecían hacerse siempre igual: el mismo mantel bordado que había sido de su madre, la misma receta de relleno con castañas, el mismo momento, después de la cena, en que toda la familia se sentaba junto a la chimenea a abrir un regalo cada uno mientras sonaba el mismo disco de villancicos en vinilo que ya tenía más rayones que surcos.
—Este año va a ser perfecto —anunció a la cocina vacía, como si los cacharros pudieran darle la razón—. Perfecto.
Sonó su teléfono. Era Reagan.
—Barry, cariño, ¿puedes hacer algo por mí?
—Lo que quieras.
—¿Puedes rezar para que el reno mecánico de la plaza deje de sonar como si estuviera dando a luz?
Barry soltó una carcajada tan genuina que espantó al gato, que salió disparado de encima del frigorífico donde llevaba toda la mañana vigilando el jamón.
—Le pediré a Santa que traiga un mecánico bajo el brazo.
—Eres mi persona favorita del mundo, ¿lo sabías?
—Lo sé. Es agotador ser tan encantador.
Reagan sonrió por primera vez en todo el día, apoyada contra la ventana de su oficina. Veintiocho años juntos y Barry todavía tenía ese efecto en ella: la capacidad de hacer que el caos pareciera manejable con una sola broma bien colocada.
—¿Todo listo para esta noche? —preguntó ella.
—Todo. El pavo va a estar en el horno a las cuatro, el mantel de mi madre ya está puesto, y he encontrado el disco de villancicos, que por cierto había terminado, no me preguntes cómo, dentro de la caja de las luces del árbol.
—Barry.
—¿Sí?
—¿Estás nervioso por lo de los chicos?
Hubo un silencio breve, apenas perceptible, antes de que Barry respondiera con su tono habitual de optimismo inquebrantable.
—¿Nervioso? No. Son nuestros hijos. Van a llegar en unas horas, se van a comer el pavo, van a discutir sobre política durante quince minutos como todos los años, y luego todos vamos a cantar villancicos desafinando. Es tradición.
Lo que Barry no dijo —porque prefería no pensarlo demasiado— era que este año los mensajes de sus tres hijos habían sonado distintos. Más… categóricos. Su hija mayor, Nora, le había escrito la semana anterior un mensaje de cuatro párrafos sobre la huella de carbono del pavo tradicional. Su hijo mediano, Elián, había preguntado, sin ningún tipo de sutileza, si «todavía usaban plástico en la decoración, porque eso sería, no sé, bastante fuerte, papá». Y la pequeña, Sasha, que técnicamente ya no era tan pequeña —veinte años y una nueva pasión por el activismo animal que había descubierto en su segundo año de universidad—, simplemente había respondido a la confirmación del menú con un emoji de una vaca y las palabras: «Hablamos esta noche».
Barry había decidido, con la fe ciega de un hombre que amaba profundamente la Navidad, que todo eso no eran más que detalles. Sus hijos discutían todos los años. Era parte del encanto. Como el vino que se derramaba siempre en el mismo punto del mantel, o el tío abuelo que ya no venía pero al que igual le ponían un plato por costumbre.
—Te quiero, Barry Barrett —dijo Reagan, ya con la mano en la puerta de su oficina, lista para volver a la batalla del reno mecánico.
—Y yo a ti, alcaldesa. Ve a salvar el pueblo. Yo salvaré la cena.
Cuando colgó, Barry se quedó un momento mirando la cocina: el pavo listo para entrar al horno en un par de horas, las velas rojas ya colocadas en el centro de la mesa, el árbol —artificial, comprado hacía quince años, con más adornos hechos a mano por los niños que bolas compradas— brillando en el salón con las mismas luces de siempre.
Todo estaba en su lugar. Todo era exactamente como debía ser.
Se sirvió una taza de chocolate caliente, se sentó un momento junto a la ventana y observó cómo la llovizna se transformaba, poco a poco, en los primeros copos de nieve de la temporada. En algún lugar de la carretera, sus tres hijos ya venían de camino, cada uno con una maleta, un teléfono lleno de artículos guardados sobre sostenibilidad, y una determinación inquebrantable de que, esta noche, las cosas iban a cambiar.
Barry no tenía ni idea de la tormenta que se avecinaba.
Y, en su defensa, tampoco la tenía el reno mecánico, que en ese preciso instante decidió, por fin, dejar de chillar y apagarse por completo, justo doce horas antes de que Reagan lo necesitara funcionando.
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