Capítulo XXIX. La señorita vampira.
Habían pasado unas semanas desde que bebí por segunda vez de Demian, me enteré por Ramón que Daniela ya se había trasladado a la sede de París y que, extrañamente, se había llevado consigo a Julián. No pude contarle nada paranormal sobre el tema, porque no le había confiado que ella era mi madre vampírica. Pero a través de mensajes de móvil Claudia y yo no salíamos de nuestro asombro:
Claudia: ¿para qué querrá a ese cabezón cerca?
Pedro: igual al final sí que le quería.
Claudia: ¿pero esa mujer puede «querer» a alguien?
Pedro: cosas más raras se han visto 
Como Ramón no paraba de ofrecerme pequeños sorbos de su sangre, había momentos en los que empezaba a verlo como alimento más que como pareja, y eso me hacía sentir como un monstruo. Así que algunas veces me despegaba de él. Sabía de sobras que haber bebido de mi padre adoptivo era la razón de sentirme menos humano. Como el efecto analgésico contra el sol se estaba evaporando, esperaba que los antojos por la sangre de las personas que quería también se fuera.
Una de esas noches en las que estaba solo en mi apartamento, la señorita Algodón de Azúcar llamó a mi puerta. Al oírla subir las escaleras con su latido no humano pensé que era Demian. Por eso estaba tenso al abrir y el alivio me recorrió la columna vertebral al ver que era ella. Tan bonita, tan dulce, tan viva a pesar de haberla atacado en aquel callejón. Con tan poca vergüenza como para presentarse sin avisar. Sin embargo mi alegría me estaba engañando, no estaba viva.
Resultó llamarse Rita. No tenía estudios pero era culta, debido a su afición por la lectura y sus intereses que bailaban de un tema a otro, sin mirar demasiado a fondo se entreveía con claridad algún trastorno neurodivergente. Me reprendí mentalmente por haber sido tan egoísta al recomendarla a ella para cubrir mi vacante como compañero del vampiro.
—No eres egoísta ¿Puedo pasar? —me dijo.
—Puedes leer mi mente —afirmé.
—Yo no he sido tan cobarde como para no terminar mi transformación —respondió. La dulzura que esperaba encontrar en ella se había vuelto algo más amarga.
—Pero… ¿estás contenta con ella?
—Es un regalo. Tú me dejaste al borde la muerte, me abandonaste. Demian me revivió.
Me temí que Rita estuviera resentida conmigo. Era evidente que me superaba en dones vampíricos y no quería tener una pelea con ella allí, por miedo a que Claudia se enterase y acabase mal.
—En estos días he hablado mucho con mi padre y con Cristal, son unos seres magníficos. Generosos. Me he trasladado a casa de él y ella me ha enseñado a cazar antes de irse a París. He dejado mi trabajo, Demian dice que ya no tendré que trabajar en algo así nunca más, que podré hacer lo que yo quiera. Me va a pagar los estudios que yo elija.
Leí con facilidad su mente pero era un revoltijo de cosas que para mi no tenían relación. Le gustaba el arte, le gustaba la arqueología, las matemáticas, había libros volando por todas partes… y sobre todo ello estaba una ilusión desbordante por las posibilidades que se habían abierto para ella.
—Me alegro mucho por ti. Pero… ¿a qué has venido?
—A ellos no les hace gracia que hable contigo, te consideran un error que hay que dejar atrás. Pero yo siento curiosidad ¿Por qué me desangraste y me dejaste tirada? ¿Por qué no viniste al darte cuenta de tu error al hospital a verme y ofrecerme tu sangre? ¿No sería una buena hija para ti?
—Rita, yo estaba fuera de control en el momento que te ataqué, fue un efecto de la sangre de Demian. Y me sentía culpable por haberte hecho daño, por tratarte como carne. Aunque hubiera ido a verte, como has dicho tú misma, yo no soy un vampiro. No podría convertirte.
Decidí no profundizar más en ello, jamás la habría convertido aunque pudiera.
—Así que no me rechazaste, sí que te gusté en aquella biblioteca —meditó.
Parecía distraída y me alegraba de que lo estuviera, para que no siguiese leyendo mi mente.
—Gracias por recomendarme para el puesto —añadió, poniéndose recta y al sonreír enseñó sus colmillos, bastante más evidentes que los míos.
Y sin más, se marchó. Sentí que había ido a tomarme la medida y que comprobar que mi piel comenzaba a perder su color sonrosado le había hecho sentirse bien. Superior.
En la oficina el trabajo comenzó a írseme de las manos. Poco a poco iba perdiendo la agilidad mental que me habían otorgado brevemente. Me equivoqué en la fecha de unos billetes de avión del jefe y estuvo esperando en la T3 dos horas para nada, mientras yo trataba de reparar mi error sin encontrar vuelos a Mallorca disponibles en ese horario. Ramón me cubría todo posible. Mi aspecto, a pesar de alimentarme cada día, se veía desmejorado. La melena ya no tenía brillo, el pelo perdió densidad y las mejillas se fueron hundiendo, más parecidas a como eran antes.
El director consideró que aquel mes como secretario principal había sido suficiente para mi, había demostrado no estar a la altura del puesto y me degradó a mi anterior mesa. Le ofreció el cargo a Ramón, que prefirió seguir como principal ayudante de secretario. Y razón no le faltaba porque ambas nóminas eran iguales y la del secretario de dirección exigía más sacrificios.
Aunque no hubiera dado la talla en el trabajo y me hubieran degradado, podía enorgullecerme de estar moralmente por encima de la señorita Rita. Más que nada porque no andaba por ahí matando personas, pero también porque conseguí no volver a perder el control como me sucedió la noche que la ataqué a ella en las calles de mi barrio. Pensar en eso era un consuelo.
Mi chico insistió en que me mudase a su piso. Estábamos de acuerdo en que la eternidad a costa de las vidas de otras personas no valía la pena y sabía que me iba a tratar como a un enfermo terminal, pero quería cuidar de mí y todo eso. Con el paso de las semanas me iba sintiendo peor ante la falta de sangre vampírica, por no haber seguido con mi transformación. Claudia se sentía culpable al verme sufrir, por haber comentado que sería muy triste ser inmortal y perder a todos los que quieres con el tiempo. Pensaba que me había influenciado. El sol hacía que tuviera migrañas intensas, los dolores de estómago por el hambre volvieron y la sangre de los humanos apenas los aliviaban. Lo bueno de todo aquello fue descubrir que el dolor me hacía humano a mí también. Realmente me había librado de ser un monstruo, y con Claudia y Ramón a mi lado, había conseguido vivir una vida breve, pero maravillosa.
Capítulo XXX. Buenos días dulce príncipe. Fin.
Tuve que aceptar la sangre de Claudia y Ramón en numerosas ocasiones, por necesidad, como si se tratase de un medicamento administrado en cuidados paliativos. La consumía en cantidades irrisoriamente pequeñas, de todos modos. No tenía sentido tomar más porque apenas sentía mejora al beber.
Ramón consiguió una baja médica para mí, nunca había ido al médico en Madrid así que él simplemente se presentó allí diciendo que era yo, con mi tarjeta sanitaria y acusó estrés laboral. Y aunque protesté él pidió una excedencia para cuidarme.
Hemos viajado los tres juntos, los vuelos low cost y las ofertas de última hora nos pusieron en rumbo. Conocí París, Roma, Múnich… mientras aún conservaba fuerzas suficientes. Hemos subido a la torre eiffel e intentado poner candados de amor para los tres en el puente de las artes. Nos llevamos una desilusión porque han quitado las barandillas para evitar que la gente los siguiera poniendo. Bueno, pero en el Vaticano pude visitar la casa del Papa, curiosamente no salí ardiendo.
La salud me fue abandonando, porque realmente estoy muerto desde aquella noche en los bajos de Argüelles. Me desangraron, me dejaron tirado, me dieron un destello de eternidad… pero me morí aquella mañana en mi cama. Y así debió quedarse la cosa si seguimos las leyes de la madre naturaleza. No debía despertar. Aunque me alegro de haberlo hecho, porque si no, me habría perdido ver por fin feliz a Ana, saborear aquel ascenso que tanto ansiaba y, sobre todo, conocer a mi chico y a mi mejor amiga
Han pasado unos meses duros, poco a poco dejé de volar porque me desgastaba mucho. Lo echo tremendamente de menos. En este momento, vivimos en una especie de pausa. Como si yo estuviera sentenciado a morir en una fecha indeterminada y ellos aprovecharan cada momento del día para estar conmigo.
He hablado con mi madre por teléfono horas enteras, riendo cuando recordábamos anécdotas familiares. Siempre con voz positiva, siempre diciéndole cuánto la quiero. No la he vuelto a ver desde aquel baby shower, se daría cuenta de que estoy enfermo e ir al médico no está entre las posibilidades que manejo.
He hecho todos los preparativos imaginables para mi muerte, me hice un seguro de decesos, dos seguros de vida a favor de mi madre, retiré de mi apartamento cualquier cosa comprometida, doné los trajes de chaqueta que ya no me iba a volver a poner. Dejé el más sobrio en el armario, por si decidían enterrarme con él en lugar de quemarme. Escribí un pequeño diario en el que le cuento a mi madre solo cosas alegres y le hablo de mi chico, Ramón, ya que no se lo pude presentar. Para que le coja cariño y se consuelen el uno al otro. No tengo mucha herencia, pero hice un testamento para que el dinero de mi cuenta del banco y mis objetos personales fueran para mi madre, a excepción de la cafetera, que se la dejo a Claudia.
No he sentido la tentación de llamar a Demian para retractarme y pedir la conversión inmortal. Entiendo que tengo otras dos vampiras a las que podría rogarles su sangre. No es cuestión de quién ni cómo, es cuestión de en qué me convertiría. Aún a día de hoy, habiendo perdido masa muscular, dos tallas de ropa, con el pelo ralo y una alergia grave a la luz solar. Aún necesitando esporádicamente tragos cortos de Claudia, que siguen sabiendo a café, nicotina y hogar, y besos sangrientos de Ramón, que son como paladear la vainilla de Madagascar. Aunque estoy tan cansado que apenas me levanto de la cama gigante de mi chico. Da lo mismo, aún con todo eso, me siento más humano que nunca. Mortal, efímero como cualquier otro, un ser que no necesita asesinar a nadie para alargar su vida vanidosa y eterna.
Claudia se quedó anoche a dormir y ahora ronca suavemente en el sofá. Ramón está en la enorme cama. Anoche estuvimos charlando, bebiendo vino ellos, yo rechazando sorbos de su sangre… y recordando los viajes que hemos hecho juntos. Las tardes de cafés, las librerías, el cine, las fiestas de pijamas que hicimos en honor de Claudia, porque nunca había tenido ninguna. Y soñando con aventuras. Aventuras en las que yo no estaré pero ellos insisten en reafirmar que sí. Montar en globo, ir a las cataratas del Niágara, recorrer la muralla china…
Me he levantado y estoy asomado a los ventanales del piso, que dan a la Gran Vía. Desde aquí puedo ver el cartel de neón de Schweppes presidiendo ese cruce tan icónico. No entiendo bien cómo, pero me he dado cuenta que hoy será el día en el que deje de existir. Mis latidos, tan lejanos desde que me desangraron aquella noche, se han espaciado y apenas logro sentirlos, descompasados, bajo mis costillas. Mis descarnadas manos muestran las articulaciones abultadas de los nudillos y falanges. Algunas uñas se cayeron hace tiempo. He intentado de leer los sueños de Claudia y no he podido.
Ha sido un honor que hayáis leído mi historia, mis peripecias en mi pequeño periodo como vampiro. Lamento profundamente no haber tenido más vuelos poderosos que describiros, ni más aventuras vampíricas que narrar. Entiendo que vosotros queríais leer todo lo asombroso que pudiera depararme el don oscuro. Entiendo también que alguno esté decepcionado porque haya decidido abrazar mi propia muerte en lugar de ser eternamente un asesino, un monstruo.
El sol está saliendo y no pienso retirarme del ventanal, esperaré a que sus rayos me alcancen para despedirme del todo. Le daré un beso a Claudia y otro a Ramón, con cuidado de no despertarlos. Siento un cosquilleo muy agradable en el corazón cuando pienso que no tendré que verlos morir cuando se hagan viejos, no tendré que permanecer a su lado, joven e inmortal, sin sufrimientos, altivo y pagado de mí mismo, viéndolos marchitarse, marcharse de este mundo y dejarme solo. Sé que en ese sentido soy egoísta, porque sí que les dejo el dolor de mi muerte a ellos.
Espero no derretirme o salir ardiendo, no quisiera estropearle la alfombra blanca a mi chico. Jaja. Puede que penséis que soy un tipo raro, pero tenía que escribir alguna tontería para relajar el ambiente.
Así pues, me despido de vosotros. Os deseo que tengáis una vida tan plena y llena de amor como la mía. Y a mi ex, Ana, quiero decirla que, aunque en otra realidad alternativa yo podría haber sido el padre de su hijo y eso me habría hecho muy feliz, no me arrepiento de los caminos que seguí porque ellos me llevaron a donde debía estar.
0 Comments
No comments yet.