Escena 1: El Laberinto de las Sombras
El rechazo de Matthew la golpeó con la fuerza física de un latigazo, pero esta vez, Stephanie no se dejó engañar por el hielo artificial de sus palabras. Había visto el terror abisal en sus pupilas. Había visto la verdad.
Sin embargo, permanecer estoica en la barra de El Locus ya no era una opción. La adrenalina que la había mantenido firme frente a él comenzaba a evaporarse, dejando a su paso un temblor incontrolable en las manos y una opresión asfixiante en el esternón. El oxígeno del club, saturado de humo denso y perfume de diseñador, de repente le resultó irrespirable.
Se le había disparado el temblor de las manos, ese que odiaba más que ninguna otra cosa porque era el único síntoma que no podía disimular. En el instituto había aprendido a esconderlas debajo del pupitre; en la sala de espera de los psiquiatras, a sostener el vaso de plástico con las dos. Aquí no había ni pupitre ni vaso. Se metió los puños en los bolsillos del abrigo y apretó hasta que los nudillos protestaron.
Necesitaba huir, pero la pista de baile principal era una barrera infranqueable; una masa compacta de cuerpos sudorosos que palpitaban al unísono bajo los graves de la música electrónica. Buscando una ruta táctica hacia la salida de emergencia, Stephanie se escurrió por la puerta de servicio hacia un corredor lateral mal iluminado, flanqueado por torres de cajas de licores y puertas metálicas que conducían a las entrañas del antiguo almacén pesquero.
El pasillo era un túnel de ladrillo rojo expuesto, frío y rezumante de humedad. La música del club llegaba hasta allí como un eco sordo y distorsionado, asfixiada por el grosor de los muros.
El almacén conservaba, en esa parte trasera, todo lo que la reforma no se había molestado en tapar: un raíl de vagoneta empotrado en el suelo, una báscula de fundición con el fiel oxidado y un tablón de contrachapado clavado sobre lo que debía de haber sido una entrada de carga. En la pared, a la altura de la cintura, había una línea horizontal de sal blanca, cristalizada y dura como esmalte, dejada por décadas de agua salada subiendo y bajando por la porosidad del ladrillo. Stephanie la rozó con los dedos sin pensarlo. Estaba fría y áspera y le dejó los dedos ardiendo.
Avanzó deprisa, frotándose los brazos para mitigar el frío que se le colaba por debajo de la ropa. Al llegar a una bifurcación, se detuvo, desorientada. No había señales luminosas. Se acercó a la puerta entornada del pasaje derecho, dispuesta a empujarla, cuando un sonido la paralizó en seco.
Y en ese momento —fue una fracción de segundo, y después se le fue— tuvo la impresión clarísima de haber estado antes en un pasillo así. No aquel pasillo: aquella forma. Ladrillo o piedra, un techo demasiado bajo, la música o las voces de la fiesta llegando amortiguadas desde otra sala, y ella caminando deprisa hacia una puerta entornada que no debía abrir. Le pasó por encima como pasa una sombra de nube por un campo, y siguió andando.
Un jadeo ahogado. Un impacto sordo contra la madera, seguido por el crujido febril de la ropa friccionando contra la pared.
Stephanie retrocedió instintivamente hacia las sombras de las cajas apiladas, conteniendo el aliento en los pulmones.
Escena 2: El Espejo del Deseo
A través de la rendija de la puerta metálica, la luz mortecina de una farola callejera hería la penumbra de la bodega. No estaban solos. Dos siluetas se entrelazaban con una urgencia cruda, desesperada, devorándose mutuamente en la oscuridad.
Stephanie reconoció de inmediato el cabello rubio de Chloe Bennett y la complexión fibrosa de Caleb Cross.
Chloe tenía la espalda aplastada contra el muro de ladrillo, su falda negra arremangada hasta las caderas. Sus manos —cuyas uñas de manicura francesa tomaban pulcros apuntes horas antes en la clase de Filosofía— ahora se enredaban con violencia en el cabello del barman, tirando de él hacia su cuello. Caleb la besaba con una voracidad que cruzaba la línea hacia lo salvaje; sus manos grandes y ásperas recorrían la piel desnuda de los muslos de la chica con una posesividad absoluta.
—Dijiste que nos veríamos en mi habitación —murmuró Chloe, con la voz rota y ronca, separándose apenas unos milímetros para recuperar el aliento.
—Odio tu habitación. Huele a incienso y a secretos estúpidos —respondió Caleb, su voz vibrando grave en la penumbra—. Además, no querías esperar.
—No te atrevas a ser arrogante, Cross —siseó ella, aunque el desafío naufragó en un gemido cuando las manos del barman descendieron, ciñéndola con más fuerza contra su pelvis.
Caleb aferró el cuello de la chica con una mano, ejerciendo una presión posesiva que rozaba la asfixia, mientras devoraba su piel con el hambre de un animal en cautiverio. Chloe, presa de una mezcla de éxtasis y rendición, arqueó la espalda y le clavó las uñas en los hombros, arañándolo como si quisiera defenderse de su propio deseo.
Era un encuentro transaccional, cargado de una química cruda y un desprecio mutuo que lo volvía aún más inflamable. No había romance; solo apetito. Era la libertad absoluta de dos seres humanos que podían tocarse, consumirse y destruirse a besos sin que el universo conspirara para asesinarlos.
Y era, además, ruidoso, torpe y perfectamente humano. Chloe soltó una carcajada en mitad de un beso. A Caleb se le cayó el trapo de lino que llevaba al hombro y ninguno de los dos se agachó a recogerlo. En algún momento, ella le dijo que le estaba clavando una argolla de la pared en la espalda y él la levantó veinte centímetros a la izquierda sin dejar de besarla, con una eficiencia doméstica que a Stephanie, desde su escondite, le resultó más obscena que todo lo demás junto. Aquello era lo que hacía la gente. Aquello era lo normal.
Oculta en las sombras, Stephanie era incapaz de apartar la mirada. Un calor líquido y denso se encendió en su bajo vientre, irradiando como electricidad hacia su pecho. El sonido húmedo de los labios de Caleb sobre la piel de Chloe, el choque metálico de las hebillas, la respiración entrecortada de ambos… todo actuó como un espejo cruel, despertando en Stephanie un impulso primitivo, una pulsión contenida que le aceleró y que la instaba a deslizar las manos por su propio cuerpo en medio de la penumbra.
Una mezcla de envidia y advertencia le oprimió la garganta. Sabía que, si alguna vez alguien la acorralaba contra un muro con esa misma fiereza, si sus bocas colisionaban con esa libertad desinhibida, el desenlace no sería ordinario. Lo recordaba con dolor de París: en su mundo, el deseo descontrolado era el preludio de la sangre. La excitación reprimida se amalgamó con la impotencia, volviéndose insoportable. Retrocedió en completo silencio, paso a paso, hasta que la distancia le permitió girar sobre sus talones y escapar hacia la bruma helada del exterior.
Afuera, el frío del muelle le golpeó la cara como una toalla mojada y le supo a gloria. Se apoyó en la pared de ladrillo, cerró los ojos y respiró tres veces, contando. En la bahía, el faro de Raven’s Point seguía girando cada nueve segundos sobre un agua absolutamente negra, y por encima del pueblo, sobre la mole oscura del risco y las torres iluminadas de la universidad, la estela verde del cometa se había ensanchado lo suficiente como para que ya no hiciera falta buscarla.
Escena 3: Ecos de Versalles (1741)
Esa noche, el viento gélido de Raven’s Bay no bastó para sofocar el incendio en la sangre de Stephanie.
Tumbada en la cama de la habitación, su anatomía entera ardía bajo las sábanas. La imagen explícita de Caleb y Chloe en la bodega se superponía implacablemente con la mirada fracturada de Matthew en la barra del club. El recuerdo fantasma del roce de su aliento en el acantilado se transformó en una tortura somática. Giró sobre su costado, abrazando la almohada con fuerza e intentando desesperadamente forzar el sueño, pero su sistema nervioso colapsaba por la hiperestimulación.
Hannah dormía a dos metros, con la respiración regular y una mano fuera del edredón. Afuera, el temporal anunciado por la mañana había llegado por fin: el viento entraba por el hueco del ventanal con un silbido finísimo, de una sola nota, y cada cierto tiempo una ráfaga golpeaba el cristal con un puñado de agua que sonaba a grava. Stephanie se giró hacia la pared, se giró otra vez hacia la ventana, se tapó la cabeza con la almohada. Nada de eso servía, porque el problema no estaba en la habitación.
Cuando el agotamiento extremo finalmente la arrastró hacia la inconsciencia, la fiebre de su propio deseo actuó como un detonador, conectando su mente con una frecuencia oculta y abrumadora.
De pronto, ya no habitaba el áspero almacén de Raven’s Bay ni respiraba la humedad de los muelles.
El resplandor de mil velas de cera de abejas estallaba contra una galería infinita de espejos. Francia. Año 1741. El Palacio de Versalles, a las afueras de París, sitiado por una tormenta de nieve.
Aquel invierno, Francia se estaba muriendo de frío. Llevaba dos años helando de una manera que los viejos no recordaban: los ríos se habían cuajado hasta el fondo, las simientes se habían podrido bajo la escarcha y, en las provincias, la gente se comía el grano de la siembra sabiendo perfectamente lo que eso significaba para el año siguiente. En los caminos hacia París se veían familias enteras andando hacia ninguna parte. Y arriba, en el palacio más caro de Europa, la corte discutía si el rey debía enviar cuarenta mil hombres a Bohemia por una herencia austríaca que no le pertenecía a nadie.
Versalles era, contra toda su leyenda, un edificio helado. Las chimeneas monumentales tiraban mal, las puertas no ajustaban, y en los corredores del ala norte el vino se congelaba en las jarras durante la cena; los cortesanos lo comentaban con esa alegría resignada de quien paga cualquier precio por estar cerca. Aquella noche, con la nevada golpeando de lado contra los ventanales de la galería, todo el mundo llevaba encima más ropa de la que permitía la elegancia, y todo el mundo fingía no notarlo.
La galería estaba en penumbra a pesar de las velas. Los criados apagaban dos de cada tres candeleros después de la medianoche, no por ahorro sino por costumbre: las bougies a medio consumir eran una prebenda que se revendía, y en aquel palacio hasta la luz tenía dueño y sucesión. El efecto era que los diecisiete arcos de espejos devolvían la sala repetida y cada vez más oscura, hasta que en el fondo de los cristales solo quedaba un temblor dorado y muy lejano, como una hoguera vista desde el otro lado de un lago.
El frío se colaba por los altos ventanales a pesar de las chimeneas, mezclándose con el aroma dulzón de la cera derretida y con algo más ácido y metálico: el eco lejano de una cacería en los jardines nevados. En un extremo de la galería, un clave sonaba con una melodía sofocada por el murmullo nervioso de los cortesanos, que fingían no notar la tensión que crepitaba en el aire.
En un rincón, tres hombres jugaban al faraón con esa concentración febril que en Versalles no se distinguía de la desesperación: se perdían fortunas enteras en una noche y se pagaban al día siguiente vendiendo un cargo, una hija o una conciencia. Junto a la chimenea, dos damas hablaban en voz baja de la Vintimille, muerta en septiembre al dar a luz, y de cómo el rey no había vuelto a ser el mismo desde entonces; una de ellas se santiguó, la otra sonrió. Y por encima de todo, en la altura de la bóveda, las alegorías pintadas hacía sesenta años seguían celebrando las victorias de un rey muerto ante un público que ya no levantaba la cabeza para mirarlas.
La sociedad no tenía nombre, o tenía demasiados. Se reunía en el ala de los príncipes, después del juego, y admitía a la vez a marqueses arruinados, a un boticario de la casa real y a dos canónigos con más curiosidad que fe. Se hablaba en sus salones de sales, de espejos ustorios, de la circulación de los espíritus, del oro filosofal y de esa palabra que en aquellos años sonaba en toda Europa como una promesa y una amenaza a la vez: prolongación. Roma había condenado tres años antes a las logias con una bula que nadie en Versalles se había tomado la molestia de leer. Los curiosos siguieron reuniéndose. Los curiosos siempre siguen reuniéndose.
Stephanie se observó en el azogue de los cristales. Llevaba un vestido de seda y encaje negro; el corsé, ajustado hasta rozar la asfixia, elevaba su pecho agitado. Su cabello castaño oscuro, con finos reflejos dorados, estaba intrincadamente recogido con hilos de perlas. Sus ojos escrutaban la penumbra a sus espaldas, alerta ante las sombras de la sala.
El nombre le llegó después, o quizá nunca del todo: en aquella vida había sido dama de honor de una casa que ya no importaba, hija de un linaje de provincias que había vendido dos tierras para comprar un puesto en la corte y había descubierto tarde que un puesto en la corte no da de comer. Llevaba cuatro años allí. Sabía cuántos pasos exactos había desde la antecámara del Œil-de-Bœuf hasta la escalera de mármol, sabía a quién había que saludar primero en cada tramo del corredor, y sabía, sobre todo, que en Versalles la información valía más que el dinero porque era lo único que se podía robar sin que se notara.
Unas manos grandes y febriles se posaron sobre sus hombros desnudos. La quemadura eléctrica fue instantánea. Los mismos ojos grises de siempre, pero esta vez integrados en las facciones de un aristócrata del siglo XVIII: Matthew. Vestía una levita oscura de brocado pesado, con el cuello de la camisa de lino abierto, y respiraba con dificultad.
Se habían conocido en octubre, en la casa de fieras, mirando los mismos animales muertos de frío. Él era el peor sujeto de toda la corte según su tía, y su tía tenía razón en casi todo: un libertino de segunda fila, deudas por todas partes, un duelo mal resuelto en su historial y una inclinación pública por los experimentos que en aquella sociedad se consideraba una excentricidad admisible y en su caso no lo era en absoluto, porque él sí creía. Ella lo supo la primera noche que lo vio manejar una retorta: nadie sostiene un cristal así por diversión.
Y le había pedido que huyeran hacía tres semanas, en un pasillo, entre dos reverencias, sin dejar de sonreír a los que pasaban. Ella se había reído. Le había dicho que era imposible salir de Versalles, que era imposible salir de Francia, que hacían falta pasaportes, dinero, un carruaje que aguantara la nieve, y él le había contestado que tenía las tres cosas y que faltaba una cuarta que era ella. Aquella noche, la cuarta cosa había dicho que sí.
—No nos permitirán cruzar la frontera —susurró él en un francés impecable, pegando su pecho a la espalda de ella. A través del reflejo, Stephanie presenció la devoción suicida que ardía en sus ojos—. Saben que la llevamos con nosotros.
Él la giró con desesperación. Allí no habitaba la resignación de París ni el sarcasmo blindado del 2024. Solo urgencia pura. Sus bocas colisionaron con una ferocidad que eclipsaba cualquier cosa que Stephanie hubiera presenciado esa noche en el club. Matthew la sujetó contra la superficie helada del espejo; sus manos apartaron el pesado encaje negro, desgarrando la tela con el ansia de reclamar su piel.
La pasión era un torbellino arrollador. Un hambre desesperada magnificada por la certeza del peligro inminente. Stephanie se rindió ante él, permitiendo que el calor de su cuerpo la devorara, embriagándose con el sabor a vino añejo que impregnaba sus labios.
—Si esta es la última noche que nos queda —le susurró él contra la sien, con la voz quebrada de un hombre acorralado—, quiero que sea tuya. Toda entera. Sin miedo, sin nada más que tu nombre en mi boca.
Ella le sostuvo el rostro entre las manos, memorizando cada línea de sus facciones a la luz temblorosa de las velas, como si pudiera grabarlas lo bastante hondo para que sobrevivieran a lo que fuera que viniera después.
En el espejo, por encima del hombro de Matthew, Stephanie alcanzó a ver una mesa de mármol. Sobre ella descansaba una reliquia de basalto negro con forma de tres puntas, emitiendo un pulso rojizo y constante que parecía acelerarse al ritmo de sus respiraciones.
El la habían robado esa misma tarde. Ese era el plan entero, y visto desde 2024, desde una cama de la habitación 333, resultaba de una ingenuidad que daba ganas de llorar: quitarle a la orden su reliquia, cruzar la frontera con ella y venderla a algún mineralogista suizo. Dos personas de veintitantos años convencidas de que aquello era un objeto y de que a los objetos se los puede robar.
Nadie los había perseguido. Nadie había forzado la puerta. Habían atrancado la galería con un banco de terciopelo, riéndose como niños, y habían pasado dos horas dentro sin que un solo criado llamara. Eso, para cualquiera que conociese Versalles —donde no existía la intimidad, donde había un ujier detrás de cada puerta y un espía detrás de cada ujier—, habría sido la señal de alarma más obvia del mundo. Los dejaron solos. Los dejaron solos a propósito, y con la Piedra dentro.
Y entonces, irrumpió la tragedia.
En la cúspide de la entrega, Stephanie sintió que el sabor del vino mutaba en la boca de Matthew. Un compuesto amargo y cáustico. El veneno. Alguien había manipulado las copas de la estancia antes de que ellos se atrincheraran; y el trance —esa vibración sorda que subía del basalto y les había ido cerrando el mundo hasta reducirlo al calor del otro— los había tenido demasiado absortos, demasiado ciegos el uno dentro del otro, como para reparar en el sabor, ni en el momento exacto en que una mano había pasado sobre el cristal. La Piedra no había necesitado empuñar nada. Le había bastado con arrebatarles la capacidad de darse cuenta.
Él se separó con violencia, ahogándose en una convulsión que manchó el corsé de ella. Cayó de rodillas sobre el parqué. Stephanie se desplomó a su lado, acunando su rostro mientras la luz de la vida se extinguía inexorablemente de los ojos grises del hombre que amaba.
Ella lo sostuvo mientras duró, que fue muy poco. Le apretó la mandíbula para que no se mordiera la lengua, le limpió la boca con el encaje del puño, le repitió su nombre hasta que el nombre dejó de significar nada. La Piedra, sobre el mármol, latió tres veces más y se apagó. Y después hubo un silencio de galería vacía —diecisiete arcos, diecisiete reflejos, una nevada golpeando los cristales— y ella comprendió, todavía de rodillas y todavía con él en los brazos, que no la habían envenenado a ella. Que no se habían equivocado. Que el que tenía que quedar vivo, esta vez, era el que quedaba.
Stephanie despertó con un grito ahogado, sentándose de golpe en el colchón.
Y con ella despertó también lo que vino después, comprimido en un solo pliegue de memoria, del modo en que la Piedra guardaba siempre los epílogos: la versión oficial decretó que el joven aristócrata había caído en un duelo de honor por celos, a la salida del baile, contra un adversario cuyo nombre convenía a todos no recordar. Se habló del asunto tres días. Se lamentó su juventud, se comentó su fama, se dijo que era el desenlace previsible de una vida desordenada, y la corte de Luis XV —que sabía perfectamente distinguir un escándalo mundano de un escándalo peligroso— archivó lo primero para no tener que investigar lo segundo. De la dama de honor que lo sostuvo mientras moría no quedó registro en ninguna parte.
Estaba empapada en sudor frío y su respiración era errática, como si el veneno también hubiera rozado su garganta. A través del ventanal gótico de la habitación, el Cometa Diablo continuaba su trayectoria, un trazo silencioso en el lienzo estrellado.
Se llevó los dedos temblorosos a la boca. Aún podía sentir la presión fantasmal de los labios de Matthew.
Encendió la lámpara. Hannah gruñó algo y se dio la vuelta sin despertarse. Stephanie sacó el cuaderno de tapas negras y escribió durante quince minutos seguidos, con una caligrafía que se iba deteriorando línea a línea, todo lo que era capaz de recuperar antes de que se le fuera: la nieve, el frío del mármol, la disposición de los espejos, el sabor del vino con su fondo amargo, el número de arcos de la galería. Datos. Siempre datos. Era la única oración que sabía rezar.
Y al final de la página, subrayado dos veces: Florencia, ella. Londres, él. París, ella. Versalles, él. Uno cada vez. Siempre uno.
La deducción la golpeó con una fuerza inapelable. París no había sido un hecho aislado. Versalles tampoco. La pauta se repetía con precisión matemática: en sus visiones, cualquier concesión al magnetismo físico y al deseo descontrolado entre ambos terminaba desencadenando un desenlace sangriento.
La tensión contenida que existía entre ellos en el campus ya no era un simple juego de atracción; era la única barrera que los mantenía a salvo.
Tendría que forjar su voluntad. Tendría que mirar a Matthew Sterling a los ojos cada día en la universidad, recordando el sabor agónico de sus labios en 1741, y obligarse a no cruzar jamás la línea del contacto físico.
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