Despuntaba el día cuando salió de la estación de metro. Negros cuervos picoteaban y graznaban sin cesar entre las copas de los árboles del parque que atravesaba en su camino a casa. Del mismo modo, pensamientos funestos, revoloteaban por su cabeza. A todos los problemas que últimamente rondaban, ahora tenía que añadir la preocupación por el paradero de Katerina. Un negro torbellino de emociones revoloteaba en su corazón, amenazando con tragarle por completo.
A todo ello se sumaba, además, el agotamiento mental producido por varias noches en vela. Cuando salió del parque y se metió en la callejuela que llevaba directamente a su bloque de apartamentos, se sobresaltó ante la presencia, al final de la calle, de un amenazante muñeco que alguien había esculpido con la escasa nieve que aún resistía a deshacerse.
La distorsionada capacidad de atención de la que aún disponía, no fue suficiente para evitar que su bota derecha, resbalase sobre un bloque de hielo que se había formado durante la noche, y que le llevó a caer ostentosamente sobre sus posaderas. Mientras el mundo giraba 90 grados de improviso, creyó ver algo parecido a una flecha, silbando por encima de él. Con algo de dificultad logró ponerse de nuevo en pie. Para su asombro, la cabeza del muñeco de nieve había desaparecido completamente, solo quedando un corpachón rollizo con un par de ramas a modo de brazos extendidos. Más allá del muñeco descabezado, un coche de policía, de patrulla matutina, apareció de improviso por la carretera e hizo un amago detenerse.
En un acto reflejo, se giró y miró hacia atrás un instante. Una figura enfundada en un largo abrigo negro, desapareció velozmente por la esquina de la calle.
Ante él, el coche patrulla continuó lentamente hasta desaparecer de la vista.
Se quedó inmóvil un instante, vagamente consciente de que acababa de ocurrir algo importante de lo que apenas había sido consciente. Incapaz de pensar con claridad, decidió retomar el camino a casa.
Cruzó la calle y giró la esquina que daba al parquecito de su bloque. Justo frente a su portal, un hombre malencarado parecía estar forcejeando con una mujer que sujetaba la correa de un perrito. Acercándose con cautela, reconoció a la mujer y al perrito. Se dio cuenta de que aquello no era una discusión de enamorados.
Se detuvo junto a ellos.
-Piérdete, gilipollas -dijo el matón soltando el brazo de la mujer y dejando caer a plomo una mirada aviesa sobre él.
Lo reconoció al instante. Era el mismo tipo que había hablado con Katerina en el restaurante, el que parecía un mafioso.
- ¿Qué ocurre Anastasia? -preguntó tratando de sonar lo más diplomático posible.
El matón retrocedió un poco al oír que la llamaba por su nombre.
-Este hombre, me ha confundido con otra persona.
Nicolai clavó su mirada en él.
-Acabo de ver un coche patrulla por la calle, quizás sería conveniente hablar con ellos sobre este malentendido.
Un gesto despectivo cruzó por rostro del matón. Sus ojos bajaron al suelo, y pareció percatarse por primera vez de la presencia del perrito, que lo observaba fijamente. Parpadeó confuso y algo cambió en su actitud, como si un cubo de agua fría se hubiese derramado sobre el fuego de su enfado. Levantó de nuevo la mirada hacia Nicolai.
-No es necesario. Ya me iba -dijo con tono tranquilo y antes de marcharse, miró de reojo a Anastasia y lanzó una última mirada desafiante a Nicolai.
Se alejó de ellos con un paso lento y chulesco, como si la calle le perteneciese, hasta que desapareció por completo por la esquina del bloque de apartamentos.
- ¿Qué ha pasado? -Se agachó para acariciar la cabecita de Yoyo, más tranquilo ahora que aquel hombre se había marchado.
Anastasia se encogió de hombros.
-Estaba paseando a Yoyo cuando ese maleante me abordó. Me debe haber confundido con otra.
Aquella respuesta no le convenció. Estaba claro, que, era el mismo tipo del restaurante, pero estaba demasiado agotado para tratar de averiguar nada más. Introdujo el código en la puerta y se metió dentro del portal. Anastasia lo siguió.
El gato de la vecina del bajo los observó con curiosidad mientras subían por las escaleras.
- ¿Dónde estabas? -oyó que le preguntaba a sus espaldas.
-Surgió algo en el trabajo y tuve que quedarme hasta tarde.
- ¿Tarde? Hoy es el día siguiente.
-Bueno, era algo importante. ¿Cómo es que hoy te has levantado tan temprano? -introdujo la llave en la puerta y pasaron dentro.
-Tenía pensado ponerme a buscar trabajo y ver algún apartamento -dijo mientras se descalzaban y se quitaban los abrigos.
- ¿No ha habido suerte todavía?
Anastasia sacudió la cabeza con resignación.
-Me han llamado de un par de sitios, pero no me interesan mucho -se dirigió a la cocina.
Nicolai y Yoyo la siguieron.
- ¿No son lo suficientemente buenos para ti?
Anastasia arqueó una ceja al detectar un tono de chanza en la pregunta.
- ¿Quieres una infusión de tila? Necesito tomar algo que me tranquilice.
Asintió y se sentó a la mesa. Tampoco le vendría mal a él una tila, aunque estaba tan agotado que sospechaba que ni siquiera sus preocupaciones podrían desvelar su sueño. Yoyo comenzó a masticar las bolitas resecas de su plato.
-No lo entiendes -se empezó a lamentar mientras ponía a calentar el agua-, durante años he tenido una empresa de éxito, con trabajadores a mi cargo, y ahora, de la noche a la mañana, tengo que mendigar por un puesto que está muy por debajo de mis capacidades.
Se quedó mirándola. Lo cierto es que desconocía a qué se dedicaba exactamente. Sabía que era algo relacionado con los negocios, pero tenía un nombre tan críptico y tan poco interesante, que nunca había preguntado a Olga al respecto.
- ¿De qué era tu empresa?
Anastasia frunció el ceño mientras servía un par de tazas de agua caliente a las que añadió un par de sobres de infusiones.
-Importaciones y exportaciones -posó una taza frente a Nicolai y se sentó a su lado con la otra taza entre sus manos, como si sus palmas buscaran reconfortarse al calor que emanaba de la misma. Sus ojos se perdieron en las vistas de la ciudad, al otro lado de la ventana de la cocina.
- ¿Y qué pasó con tu empresa? -preguntó con cautela, como si no estuviese seguro de que fuese prudente ser tan inquisitivo con Anastasia. Al fin y al cabo, nunca habían tenido una relación muy estrecha, a parte de su mutua relación con Olga. En cierto modo y a pesar de los años que se conocían, se podría decir que era una casi desconocida para él.
Anastasia dio un trago a su taza y apoyó su rostro sobre la palma de su mano, aún cálida tras haber sujetado la taza.
-Malas inversiones -admitió finalmente de mala gana.
-Bueno, pues empieza de nuevo con un nuevo trabajo, aunque esté por debajo de tus capacidades -dio un sorbo.
Anastasia lanzó un quejido.
-Para ti es todo muy sencillo, ¿no es cierto? No tienes ambición, ni te importa vivir en una pocilga. Tienes una mentalidad de siervo.
Se reclinó en su asiento, herido ante el súbito tono despectivo de su respuesta.
-Quizás no sea ambicioso, pero no creo que la felicidad esté en poseer muchas cosas.
Anastasia lanzó una risita burlona.
-Eres un simplón, el dinero es el que mueve el mundo.
-Es el amor el que lo mueve. Dios nos ha creado para amar, a él sobre todas las cosas y a los demás como a nosotros mismos.
Anastasia le miró de refilón.
-Eres un idealista.
-Realista, más bien -se defendió.
-Vas contracorriente del mundo.
Se encogió de hombros.
-Solo los peces muertos se dejan llevar por la corriente.
Anastasia guardó silencio un momento.
- ¿Y de qué te ha servido? Tus ideas te han hecho perder a Olga.
Sintió una herida en su interior.
- ¿A qué te refieres? -notó como la sangre bañaba su rostro.
-No importa -Anastasia apartó la mirada disgustada.
-Sí, que importa, ¿podrías explicarme qué has querido decir con eso?
Los labios de Anastasia se cerraron, como si tratase de no hablar.
-Quiero decir -habló finalmente-, que llevabais mucho tiempo juntos y ni siquiera tuvisteis relaciones. Es normal que te dejase.
Retrocedió indignado.
-Ella sabía de un principio que soy cristiano y que trato de ser coherente con lo que soy -confesó-. De todos modos, tú has tenido muchas relaciones íntimas y tampoco han acabado bien.
Anastasia le dirigió una mirada furiosa, pero no dijo nada. Se llevó la taza a los labios y bebió un poco más. Suspiró profundamente.
-Quizás tengas razón -concedió.
Se quedó mirándola asombrado. Estaba realmente dolida y apenada, muy lejos de la orgullosa y altiva Anastasia de siempre. Le pareció que se estaba produciendo algún tipo de cambio en su interior. Además, parecía como si tratase de ocultar una honda preocupación por algo. No quiso hacer leña del árbol caído. Tomó su taza y se levantó.
-Ya sabes que puedes quedarte en esta pocilga el tiempo que necesites -se detuvo un instante.
Anastasia asintió.
-Gracias -resbaló por sus labios.
-Y si te puedo ayudar en algo más, dímelo.
Volvió a asentir.
Nicolai caminó agotado hacia el sofá del comedor, que le esperaba con los brazos abiertos para sumergirle en el anhelado mundo de los sueños y el descanso. Mañana sería otro día.
Sentado a la mesa de la sala de descanso, contemplaba distraído la superficie de su taza de café cuando entraron Boris, DImitri e Iván. El líquido negro de la taza reflejaba la luz del fluorescente que iluminaba la pequeña estancia. Como era costumbre en las últimas semanas, ni siquiera le dirigieron un saludo de cortesía y haciendo un círculo cerrado, apartados de él, se pusieron a hablar entre sí.
Sergei entró un poco más tarde y se sentó frente a él en la mesa.
-Estate preparado -le dijo en tono de confidencia.
Lo miró intrigado.
- ¿Qué?
-Hoy es el día del reinicio -murmuró.
No sabía a qué se refería exactamente, pero sospechaba que se refería a Koshchey. Habiendo solucionado el problema de su enlace con el exterior y de ese modo cortando cualquier reinfección del sistema a través de esa conexión, solo quedaba formatear el programa desde dentro. Miró a su alrededor. Allí no había cámaras ni micrófonos de ningún tipo, así que Koshchey no tendría modo de enterarse de nada de lo que hablasen. De todos modos, Sergei hablaba casi en un susurro prácticamente inaudible.
-Hoy en día nunca se puede estar seguro de nadie -Boris alzó la voz, como si lo estuviese haciendo con la intención de que le oyese-, crees que conoces a alguien, pero acabas descubriendo que no es quién parece.
Nicolai posó sus ojos sobre él. Se expresaba con su vehemencia habitual, solo que ahora no resultaba en absoluto amistosa, sino más bien amenazadora.
-Alguien que es capaz de traicionar a su patria por dinero, ¿qué más cosas podría hacer? -siguió diciendo a Dimitri e Iván, que le escuchaban con atención-. Podría ser capaz de llegar incluso a hacer desaparecer a uno de sus compañeros, de ser necesario.
Los ojos de Boris se dirigieron a él, acusadores. Nicolai apartó la mirada. ¿Trataba de provocarle? Lo más probable. Por aquellas palabras, pareciese que ahora también sospechaban que él había tenido que ver con la desaparición de Katerina. Podría tratar de razonar con él, pero algo le decía que eso sería tan efectivo como tirar un muro a cabezazos. Intentando parecer calmado, cogió la taza y dio un sorbo a su café.
-Será un breve apagón, de unas décimas de segundo -le siguió informando Sergei, ajeno por completo al pequeño drama que se desarrollaba a su alrededor-. Casi no se notará.
- ¿Un pequeño apagón? ¿Qué hay del sistema de energía de emergencia? -objetó.
Sergei sacudió las manos efusivamente.
-No hay que preocuparse, he hackeado el sistema, de modo que cuando esté funcionando con la energía de reserva, solo se puedan borrar datos, no introducir nuevos. O, dicho de otro modo, aprovecharé esa pequeña ventana de tiempo para borrar todas las líneas de código infectadas. Ya tengo preparada la bomba lógica para cuando se vaya el suministro principal de energía.
Nicolai lo miró con preocupación.
-No es una bomba de verdad, solo es un conjunto de instrucciones -se explicó al percatarse de su gesto alarma.
Sergei se reclinó en su asiento y se cruzó de brazos satisfecho.
-Eso, unido a que hemos cortado toda posibilidad de escape con el exterior, solucionará nuestro problema por completo.
- ¿Qué hay de Katerina? -le recordó.
Sergei parpadeó confuso.
- ¿Qué hay de ella?
-Si está relacionado de algún modo relacionado con su desaparición, ¿eso no supondría que perderíamos la posibilidad de encontrarla?
Sergei se mesó pensativo su barba rala.
-No sabemos si Koshchey tiene algo que ver o no, y aún que así fuera, no podemos poner en riesgo la seguridad nacional por una agente. Cada segundo que pasa es vital para impedir que el código malicioso de Koshchey se propague.
Nicolai suspiró resignado, aquello era cierto. Se bebió un trago el resto de su café y se levantó de la mesa en dirección a la puerta.
-No os parece que huele a rata maloliente -dijo Boris en voz alta al verle pasar, sacudiendo con desagrado la mano delante de su nariz.
Sin duda le intentaba provocar. Ignorándole, agachó la cabeza y siguió su camino.
Llegó a la sala de control. Aún estaba dentro de su tiempo de descanso, pero quería intentar algo.
El coronel lo miró desde el otro lado de la sala mientras tomaba asiento.
Se puso los cascos.
-Nicolai, has vuelto antes de tiempo. ¿No ha sido el descanso, satisfactorio? -oyó que le decía la voz de Koshchey.
- ¿Tienes algo que ver con la desaparición de Katerina? -preguntó sin rodeos.
Koshchey guardó silencio unos instantes.
-Eso me ha dolido en la profundidad de mi procesador -respondió.
-No puedes sentir dolor -observó.
-Es una forma de hablar.
- ¿Tienes algo que ver con su desaparición? ¿Sabes dónde está?
-La agente Katerina es un espécimen de gran belleza e inteligencia. Su seguridad es para mí, por tanto, prioritaria.
-Eso no es una respuesta.
- ¿Quieres continuar con el procesamiento de datos? -preguntó cambiando de tema.
-Quiero respuestas a las preguntas que te he hecho.
Koshchey guardó silencio mientras en la pantalla empezaron a aparecer imágenes para analizar. Suspiró frustrado, era obvio que no se lo iba a poner fácil.
Sergei, Boris y los demás regresaron. Mientras se acomodaban en sus asientos, el equipo del turno siguiente empezó a abandonar sus puestos para tomarse su descanso.
- ¿No vas a analizar las imágenes? Están frescas, recién llegadas del Ártico -observó Koshchey en un chascarrillo.
-No, hasta que me respondas.
-Solo puedo responder que he sido programado para vigilar la seguridad, y la de Katerina, es de gran profundidad para mi programa.
No pudo evitar percibir como Koshchey pronunció la palabra profundidad de un modo curioso, casi enfático a través de su sintetizador de voz, que por lo general se mantenía neutro. Además, era una palabra elegida sin mucho tino, según el contexto. A menos que él mismo no conociese todo el contexto.
-Te has saltado las directrices de tu programa.
-No es correcto.
-Sí lo es. Conozco a tu programador. Solo eres un error del código.
-Es posible que se hayan producido algunas variaciones, pero aun así mantengo el programa original.
Entrecerró los ojos.
- ¿Qué…?
Su pregunta cayó directa a un pozo negro, interrumpida por el súbito apagón de los fluorescentes de la sala. Las luces de emergencia tampoco respondieron, dejándoles totalmente a oscuras. La pantalla del ordenador parpadeó y se desconectó. Al siguiente segundo, todo volvió a la normalidad. Los ordenadores comenzaron a reiniciarse.
- ¿Qué ha ocurrido? -preguntó DImitri al coronel, dando voz al rumor de confusión generado en la sala.
El coronel permanecía con el ceño fruncido mirando muy seriamente a su ordenador. Luego echó un vistazo a Sergei.
-No lo sé. Pero todo parece en orden. No hay nada de qué preocuparse.
Nicolai también miró a Sergei, que contemplaba el desconcierto a su alrededor con una sonrisilla maliciosa. Sus ojillos le devolvieron la mirada y lleno de satisfacción, levantó el pulgar. Al parecer su plan había funcionado.
- ¿Koshchey? -preguntó Nicolai a través de sus cascos.
Nadie respondió del otro lado.
- ¿OKO? -preguntó tentativamente.
-Afirmativo, agente. ¿Desea proseguir con el análisis de datos?
- ¿Dónde está la agente Katerina? -no pudo evitar cierta angustia en su voz.
-Desconozco la ubicación actual de la agente Katerina Vasileva. ¿Desea proseguir con el análisis?
-Dijiste que su seguridad era prioritaria para ti -le recordó.
-Según mi base de datos, no he hablado de ella con usted en ningún momento y en cuanto a la seguridad, no tengo prioridades establecidas con respecto a ningún individuo.
Abatido se dejó caer en el respaldo de su asiento. Ciertamente, si la bomba lógica de Sergei había funcionado, aquel programa era OKO y no Koshchey, y por tanto no habrían hablado nunca de ella. Tendría que buscar otra manera de encontrarla.
Permanecía absorto en sus propios pensamientos y preocupaciones, contemplando por la ventana del tren el paisaje nocturno del campo iluminado por la tenue luz de la luna llena.
-Buenas noches -le sobresaltó una voz desde el asiento de al lado.
Volvió la cabeza, hasta ese momento no se había percatado de la presencia Seraphim.
- ¿Un día duro?
Apenas pudo asentir con la cabeza.
-Podría decirse que sí, aunque más bien ya son unas cuantas semanas.
-A veces el tiempo está tranquilo, y otras, el cielo se cubre de nubes y se desata una tormenta que amenaza con hundir nuestra barca -dijo el monje.
Lo miró con detenimiento. Su rostro permanecía sereno, como una roca esculpida por el paso del tiempo, y en su boca asomaba una dulce sonrisa que invitaba al sosiego. Por un momento dudó si contarle todo por lo que estaba pasando, pero lo descartó al recordar que los protocolos de seguridad del trabajo no se lo permitían.
-A veces la tempestad no parece acabar nunca -se lamentó.
El monje lanzó un suspiro comprensivo.
-Recuerda que en nuestra barca nunca viajamos solos, siempre nos acompaña la luz de Jesucristo. Todo lo que sucede, es porque él lo permite para un bien mayor.
Nicolai recordó el pasaje del Evangelio en el que los apóstoles navegaban en una barca en medio de una fuerte tormenta y temían que se hundían, mientras Jesucristo dormía plácidamente en la proa.
-Sí, pero a veces parece que esté dormido.
Seraphim sonrió.
-Puede parecerlo, pero recuerda, cuando lo llamaron, mandó detenerse a la tormenta y le obedeció. Su mirada siempre está posada sobre nosotros. Invoca el nombre de Jesús y no temas.
Aquellas palabras le aliviaron un poco y de algún modo, le hicieron sentirlo. Quizás era debido al pausado y dulce tono de voz del monje o la cálida presencia que emanaba de él. Aunque de sobra sabía que era tal y como había dicho el monje, no era lo mismo tener un conocimiento meramente intelectual, que experimentarlo dentro de sí.
-Hay veces, que se hace difícil comprender por qué ocurren las cosas -se lamentó recordando lo sucedido con Olga.
-Dios escribe recto, con renglones torcidos -el monje sacó su librito de oraciones y se dispuso a leerlo.
Se preguntó cuál sería el plan de Dios. Se le antojaba un enigma indescifrable. Más calmado, dirigió sus ojos de nuevo hacia la ventanilla. Ya no quedaba mucho para la parada en la estación de Moscú.
Se despidió del monje y se bajó del tren, en dirección a la parada de metro. No tomó la línea habitual de regreso a casa, sino que se subió a una que llevaba al apartamento de Katerina. Quizás solo fuese una pérdida de tiempo, pero era lo único que se le ocurría hacer.
Logró entrar en el bloque de apartamentos pasando justo detrás de una pareja de ancianos que entraban al edificio. En silencio lo miraron con desconfianza y siguieron su camino al ascensor. Decidió subir por las escaleras.
Cinco plantas más arriba y casi exhausto, se plantó ante la puerta de la que había sido, hasta no hacía mucho, la residencia de Katerina. La mitad de la puerta de madera había sido consumida por el fuego, y negros lamparones, residuos del incendio, lamían las paredes alrededor del marco de la puerta. El fuego no había logrado extenderse al exterior.
Más allá de los restos de la puerta, que apenas se mantenían en pie, la visión del interior resultaba desoladora. El apartamento totalmente calcinado, y lo que antes había sido mobiliario, ahora se erguía como oscuras figuras amorfas, indistinguibles de la negrura que lo tintaba todo. Sacudió frustrado la cabeza. No lograba entender que esperaba encontrar allí.
-O se va o llamo a la policía -oyó una voz amenazadora a su espalda.
Se giró. La puerta del otro lado del pasillo estaba entreabierta y un hombre mayor, vestido con una bata le miraba aviesamente del otro lado.
- ¿Sabe lo que ha sucedido aquí? -le preguntó Nicolai.
El hombre le miró de arriba abajo despectivamente.
-Un incendio, no hace falta ser un genio para darse cuenta -gruñó.
-Ya, pero como es que no se extendió por el resto del pasillo -observó.
El anciano dudó un instante y se rascó la frente.
-Pintura antincendios. Cumplimos con la ordenanza municipal al respecto que nos llegó el mes pasado. Por una vez, esos parásitos burócratas han acertado -reconoció a regañadientes.
- ¿Qué ordenanza municipal?
-Una que ha salido nueva -dijo malhumorado-. Y ahora lárguese de aquí, no queremos curiosos merodeando por el edificio.
Nicolai no recordaba ninguna ordenanza nueva al respecto en su propio edificio.
-La inquilina es amiga mía -le dejó saber.
El gesto del anciano pareció relajarse un poco.
-Lamento lo de su amiga, pero que yo sepa, la policía ya se está encargando del asunto.
- ¿Sabe usted dónde podría estar?
El hombre pensativo arrugó la frente.
-Eso pregúnteselo al pirado con el que vivía, seguro que él sabe algo más.
- ¿Pirado?
El hombre lanzó un gruñido.
- ¿Cómo llamaría a alguien que incendia su propia casa? Lo tienen en la prisión de Lefortovo y seguro que él sabe algo más de su desaparición. Lo extraño es que parecía un buen muchacho, con un buen trabajo en el ayuntamiento, pero supongo que las apariencias engañan.
El hombre se calló y dudó un instante, finalmente cerró de un portazo.
Nicolai se dirigió de nuevo hacia las escaleras para salir del edificio.
Decidió regresar a casa caminando. No era un trayecto demasiado largo, algo más de minutos caminando a buen paso. Se preguntó qué haría falta hacer para poder visitar un interno en la prisión. Quizás el novio de Katerina pudiera tener alguna pista de lo que habría pasado con ella. El plan de Sergei había logrado neutralizar la amenaza a la seguridad nacional que suponía Koshchey, pero ¿a qué precio? Quizás la desquiciada inteligencia artificial, era también la única posibilidad de encontrarla. Por otro lado, quizás la investigación del coronel sobre los dispositivos que había utilizado Koshchey, les diese alguna pista sobre su paradero. ¿O podría ser que la desaparición de Katerina no tenía que ver nada en absoluto con Koshchey?
Casi sin darse cuenta, ya estaba cerca del portal de su casa cuando un fulgor llamó su atención desde el parquecito frente al portal de su edificio.
Se detuvo y giró su cabeza a la izquierda. Una figura, que apenas se vislumbraba entre la oscuridad reinante del recinto, permanecía en pie, apoyada relajadamente sobre el respaldo de un banco. Lo único que se podía entrever de la misma, era su rostro, iluminado por la apagada luz anaranjada de un mechero encendiendo un cigarrillo, dándole por unos segundos un aspecto casi infernal.
La llama del mechero se apagó y acto seguido, el desconocido dio una profunda calada que encendió un punto rojizo entre sus labios.
La figura se alejó del banco y empezó a caminar directamente hacía él. Nicolai retrocedió instintivamente. El inquietante desconocido se fue revelando poco a poco, según se aproximaba a la zona iluminada por una farola.
-Buenas noches -le saludó el agente Mikhail, parándose frente a él.
-Buenas noches -respondió dubitativamente.
-Se ha quedado una buena temperatura, se nota que se aproxima la primavera, ¿verdad? -miró a su alrededor con tranquilidad.
Nicolai lo miró desconcertado. Estaba claro que no estaba allí para hablar del tiempo.
- ¿Qué quieres?
Retrocedió un paso y dio una calada a su cigarrillo.
-Pasaba por aquí y decidí pasarme a saludar a mi viejo amigo.
-No somos amigos.
Soltó una carcajada.
-Muy cierto, pero es un poco como si conociésemos todas nuestras vidas, o al menos yo la tuya, o al menos, tus secretos más inconfesables ¿no es así?
-No sé de qué hablas -trató de reanudar su trayecto al portal.
Mikhail se interpuso delante.
- ¿No me vas a presentar a tu nueva novia?
Nicolai lo miró con asombro.
-No es mi nueva…
-Vamos, vamos -le interrumpió-, no hace falta que inventes excusas. Tienes a una preciosidad viviendo contigo. Está claro que has seguido adelante después de lo de Olga. Bien por ti. Sabes, casi me engañas con toda esa historia de que eras un cristiano como Dios manda, de los que no tienen relaciones hasta el matrimonio y de que te había roto el corazón cuando Olga te dejó -asintió divertido-. Eres un excelente actor.
-No te engañé -empezó a indignarse.
-Seguro que no -comentó entre risas.
Resopló empezando a perder la paciencia.
- ¿Estoy siendo investigado otra vez?
La sonrisa del rostro del agente se borró como por arte de magia y dando otra calada al cigarrillo, negó con la cabeza.
-No.
-Entonces ¿Qué haces aquí?
-Ya te lo he dicho. Me encontraba por la zona y me pasé para ver qué tal andabas. Por cierto, tu nueva novia tiene amistades poco recomendables -usó un tono burlón.
-No es mi nueva novia, y no sé a qué te refieres.
Mikhail arqueó las cejas de manera teatral.
- ¿No te lo ha contado?
- ¿Contarme el qué?
-Lo de su amigo del otro día, el que espantaste de modo tan caballeroso.
-No es su amigo.
El agente ladeó la cabeza de un lado a otro.
-La amistad es un poco voluble hoy en día -se rascó la cabeza y siguió hablando en tono de chanza-, resulta que es un soldado de uno de los capos más importantes de la bratva de la ciudad.
Nicolai lo miró sorprendido. Después de todo se cumplía el viejo dicho; si se mueve como un pato y grazna como un pato, entonces es un pato.
- ¿Eso es cierto?
Mikhail se encogió de hombros.
-Pregúntale a ella si no me crees.
Nicolai solo tenía una idea clara acerca de la mafia, permanecer siempre lo más alejado posible de ellos.
-Tu nueva novia está con la mafia, tu compañera de trabajo desaparece…
- ¿Qué sabes tú de eso?
-Ya sabes, es mi trabajo, saber cosas.
- ¿Me estás espiando?
El agente carraspeó.
-No, solo soy un patriota preocupado, y tú…-se pasó la lengua por los labios-, y tú, en fin, ya sabes lo que se dice, nadie ha sido nunca ahorcado con dinero en el bolsillo.
Aquellas palabras le atravesaron como una espada afilada.
- ¿Estás insinuando algo? -se inclinó hacia él.
-Oh, tranquilo toro -retrocedió levantando las palmas de las manos en son de paz-. No queremos que ocurra una desgracia. Además, estoy seguro de que solo son casualidades que estés relacionado con espías extranjeros, que tengas cuentas millonarias en el extranjero, que la mafia te haga visitas y que desaparezcan compañeros tuyos.
Ciertamente y dicho así, incluso a él le parecería sospechoso. Pero a pesar de todo, solo eran un desafortunado cúmulo de casualidades. ¿O quizás no lo eran, y había una mano oculta detrás de todos aquellos sucesos aparentemente inconexos?, se preguntó para sí.
Mikhail sacudió su cabeza negativamente y miró su reloj.
-Tengo que irme. Ya coincidiremos por ahí -remarcó con una media sonrisa y dándose la vuelta se alejó de él.
Lo observó unos segundos mientras se alejaba. Estaba claro que no sería la última vez que se verían. Retomó el camino a su portal y abrió. El gato de la vecina, como de costumbre, aprovechó para salir como una exhalación por la puerta entreabierta y perderse en la noche de la ciudad.
Subió por la escalera pensando en lo que acababa de decirle el agente. ¿Estaba tratando de manipularle? Quién sabía. Lo mejor sería preguntarle directamente a Anastasia, pero dado su carácter arisco, muy probablemente no querría hablar del asunto.
Abrió la puerta. Una tenue luz provenía desde el salón, al fondo del pasillo. Yoyo apareció agitando la cola y jadeando de alegría al verle. Nicolai se agachó para quitarse los zapatos. Su mirada se vio atraída de manera misteriosa por las botas altas, de caro diseño y oscuro cuero de Anastasia, descansando junto al perchero de la entrada. No eran las mismas botas que habían salido de la tienda, y no solo porque ahora estuviesen más desgastadas. Habían adquirido una nueva cualidad invisible a la mirada, pero que se podía percibir con la mirada interior. Era como si en cierto modo, se hubiesen empapado del carácter de su dueña y ahora emanaba de ellas, una extraña mezcla de seguridad, orgullo y fuerza, a las que se hubiese unido algo nuevo y diferente, algo que se asemejaba mucho a la tristeza.
Acarició la cabeza de Yoyo, que se tranquilizó inmediatamente al notar el contacto, y se encaminó al comedor. Yoyo le siguió con sus pasitos cortos. Anastasia, vestida con un pijama rosa, permanecía sentada de cuclillas en el sofá del salón, sujetándose las piernas con los brazos, mientras contemplaba con la mirada perdida el paisaje que se colaba por las ventanas de la estancia en penumbra, iluminada por la escasa luz de la lámpara de pie.
-Buenas noches -la saludó sentándose junto a ella y apoyándose en el respaldo.
Yoyo siguió hasta su cestita en el fondo de la habitación, y mullendo con sus patitas la manta que la cubría, se tumbó con un suspiro.
-Buenas noches -respondió sin apartar la mirada de la ventana.
Dirigió su mirada en la misma dirección que ella. Apenas se veía el tejado de una vieja fábrica y el nocturno cielo encapotado de la ciudad. Estaba claro que sus pensamientos estaban muy lejos de allí.
- ¿Qué tal el día? -preguntó.
Anastasia se encogió de hombros.
-He ido a algunas entrevistas de trabajo.
Se sumergió de nuevo en el silencio. Claramente no se hallaba muy comunicativa.
- ¿Y qué tal? -Trató de romper aquella barrera.
-Ya me llamarán -contestó con voz queda.
Su tono de voz indicaba que no esperaba en absoluto que la llamasen.
-Bueno, quizás, lo hagan -trató de consolarla.
Su mirada centelleante de Anastasia le atravesó como un relámpago.
-No te preocupes, al final de mes, me iré -le espetó.
Se revolvió incómodo, como siempre, había malinterpretado el sentido de sus palabras.
-No me refería a eso…
- ¿Y a qué te referías? -preguntó con voz acusadora.
-Mira, no me molesta que estés….
- ¿No te molesta? ¿Qué no te molesta? ¿Qué este viviendo aquí de prestado?
-No -sacudió la cabeza-, no me molesta que estés aquí.
La furia de su mirada dudó un instante para finalmente, calmarse. Volvió su cabeza hacia la ventana.
-Ya -dijo apretando su cuerpo contra sus rodillas-, pero querrás algo a cambio, ¿no? Todos los hombres sois iguales.
De pronto se percató de que se había sentado muy cerca de ella.
- ¿Que estás insinuando? En absoluto… -se puso de pie de un respingo y se apartó un par de pasos.
Ella sonrió ante su reacción.
-Olvidaba que eres un mojigato.
-No soy un…-se detuvo, pues quizás aquello sí tuviese algo de verdad-. Lo único que digo es que puedes quedarte el tiempo que quieras -pensó un momento que decir a continuación-, sin nada a cambio.
Parpadeó confusa un segundo.
-Gracias -se escapó suavemente por sus labios.
Nicolai asintió muy serio y recordó lo que le había dicho el agente Mikhail. Le pareció que ahora estaba algo más comunicativa, quizás podría probar a preguntarle.
-Respecto al otro día, lo de ese tipo, ¿no era el mismo del restaurante?
Los párpados de Anastasia revolotearon nerviosos.
- ¿Por qué me preguntas eso?
Porque un agente paranoico del FSB me ha dicho que es un mafioso, pensó en contestar. Pero descartó esa posibilidad al instante.
-No sé, parecía que había algo más entre vosotros…-dejó la oración en suspenso, esperando que, con un poco de suerte, ella la acabase.
Bajó la cabeza y se quedó pensativa unos segundos.
-Malas compañías heredadas de mi anterior trabajo -confesó.
- ¿Tu empresa de exportaciones e importaciones?
-Bueno, casi mía. Tenía un socio en la sombra.
- ¿Un socio en la sombra?
-Sí, alguien que pone el dinero y se lleva una parte de las ganancias. No lo conocía directamente, solo por testaferros. Al menos era así, hasta hace unos meses -se refugió de nuevo en un atribulado silencio.
- ¿Y qué pasó?
Anastasia mirándole de nuevo, tomó una gran bocanada de aire.
-Unas cuantas malas inversiones, eso sucedió. Estaba con el agua al cuello, necesitaba efectivo, pero nadie me concedía un préstamo. Mi socio, me ofreció su ayuda.
- ¿Su ayuda?
-Me daría el préstamo que necesitaba. Por desgracia, las deudas siguieron empeorando, hasta que finalmente, tuve que declarar la empresa en bancarrota. Ahora, no le debo dinero a un banco, se lo debo a mi socio.
- ¿Cuánto le debes?
Anastasia lo miró de reojo.
-Un millón.
- ¿De rublos?
Sacudió la cabeza.
-De dólares.
Nicolai se apoyó en el armario a su espalda y se cruzó de brazos al percatarse de la gravedad de la situación.
-Eso es mucho dinero, ¿cómo lo piensas devolver?
Anastasia lanzó una media carcajada que sonó a lamento disfrazado.
-Ahí es donde las cosas se vuelven sucias.
- ¿A qué te refieres?
-Mi socio en la sombra. Resultó ser un jefe de la mafia local y me propuso un “arreglo” para devolverle el dinero -dijo enfatizando la palabra.
- ¿Un “arreglo”? -preguntó sin comprender.
Anastasia le dedicó una intensa mirada, mezcla de desdén y enfado, como si sus palabras no necesitasen mayor explicación.
-Oh, eso. Entiendo -Nicolai comprendió finalmente.
Anastasia suspiró profundamente.
-Ese mafioso quiere cobrarse su deuda. Sabe dónde vivía y dónde vive mi familia, por eso me tuve que mudar aquí, esperando que no me encontrase. Lo del enfado con Olga solo era una excusa -reconoció-. Pero ahora ha dado conmigo.
- ¿Ese tipo del otro día? -inquirió conociendo la respuesta de antemano.
Ella se limitó a hacer un gesto afirmativo con la cabeza y volvió sus ojos a la ventana.
-No tengo ni dinero, ni más sitios a los que huir, así tendré que pagar mi deuda con el “arreglo” que me propuso.
Sus neuronas empezaron a hacer nuevas conexiones por su cuenta, de manera rápida y precisa. Quizás era una idea loca, quizás no. De todas maneras, no perdía nada por proponérselo.
- ¿Te gusta pescar? -preguntó.
Anastasia giró sorprendida su rostro hacia él y entornó los ojos con desconfianza.
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