VIVIRSE, PARTE 12: PADRE

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Me quedé en el patio trasero unos segundos más, mirando el cielo que empezaba a quedarse a oscuras. El aire todavía corría sobre el pasto seco, fresco y tranquilo. Respiré hondo y lentamente empecé a caminar hacia la puerta de atrás.

Conforme me acercaba, el cambio se sentía de golpe. Solo hizo falta dar un par de pasos para sentir cómo la tranquilidad de la tarde desaparecía. Entrar a la casa fue como regresar a un lugar oscuro y conocido: la temperatura cambió de inmediato, devolviéndome al mismo ambiente de mi niñez, un encierro frío y pesado que parecía haber estado esperando detrás de las paredes durante años. Era el mismo olor a humedad, a paredes viejas y a silencio.

Adentro había esa oscuridad poca y densa que la luz de los focos nunca lograba quitar del todo.

En la cocina, mi madre estaba frente al fregadero. Tenía los brazos metidos en el agua con jabón y movía las manos sin pensar, lavando los trastes sucios en silencio, como si el ruido del agua fuera lo único que escuchaba.

Unos metros más allá, en la sala, mi padre estaba sentado en la orilla del sillón. Tenía los hombros caídos y el cuerpo inclinado hacia adelante, vencido por el cansancio del día. Despacio, sostenía un pañuelo arrugado y se secaba el sudor del cuello y de la frente, pasando el trapo una y otra vez sobre la piel, respirando con una pesadez que llenaba el cuarto.

—¿Quieres pastel? Sobró un poco en el refrigerador. Sácalo, ya lavé un cuchillo —dijo mi madre desde el fregadero.

—¿De qué es?

—Vainilla con mango y frambuesa. Muy dulce, pero estaba rico.

Caminé hacia la cocina, pasé la barra y me acerqué al refrigerador. Al abrirlo, el aire helado me dio de golpe en la cara. El pastel ocupaba casi todo el estante del medio. Arriba, en la puerta, se juntaban varias cajas de medicina junto a frascos de jarabe y botellas de vidrio.

Tomé la bandeja con las dos manos y la moví hasta la barra. Mi madre, que ya había terminado de lavar, se acercó con tres platos y tres tenedores.

—No hagas las rebanadas tan grandes —murmuró.

Dejó el cuchillo junto a los platos. Corté tres porciones iguales, serví cada una y clavé los tenedores justo en el centro del pan. Metí el resto del pastel al refrigerador y cerré la puerta con un golpe seco.

Llevamos los platos a la sala. Nos acomodamos alrededor de la mesa de centro: mi padre en su lugar de siempre, inclinado hacia adelante; mi madre a un lado con su plato en las piernas, y yo del otro lado.

El sonido de los tenedores contra los platos era lo único que se oía. Comíamos en silencio, masticando despacio. El pastel estaba frío y el sabor de la fruta llenaba la boca. Me recargué en el sillón, dejando descansar la espalda mientras sostenía el plato. El ambiente de cuando era niño seguía ahí, igual que siempre.

—¿Cuándo vas al trabajo va lleno el camión? —preguntó mi madre, dejando el tenedor en la orilla del plato.

—Un poco, aunque siempre me voy parado —dije, dando otro bocado.

—A esa hora el aire sofoca ahí dentro. Deberías tomar algo fresco antes.

—Con el aire de la ventana abierta está bien.

—Y el carro está afuera, juntando tierra nada más —dijo mi padre, limpiándose los labios con una servilleta de papel—. ¿Para qué juntaste dinero para comprarlo si vas a seguir viajando en camión?

—Gasta mucha gasolina.

—El motor se arruina parado. Un carro que no rueda se echa a perder más rápido que uno que usas a diario.

—El fin de semana lo muevo para que no se descargue la batería.

—Tienes que prenderlo a diario, aunque sea diez minutos —insistió.

—Está bien, lo tendré en cuenta.

Él dio una mordida pequeña a su rebanada, dejando caer unas migas sobre la mesa. Me tomé mi tiempo para masticar, mirando el plato y escuchando su voz junto con los ruidos normales de la casa. Hacía meses que no estábamos así los tres juntos, sin prisa.

Mi madre juntó dos migas del mantel de plástico con la yema del dedo.

—Te ves cansado —comentó, mirándome bajo la luz amarilla de la lámpara—. Traes ojeras muy oscuras.

—Son los horarios de la semana —respondí, tomando un poco de agua.

—Si no duermes bien, no vas a rendir —soltó mi padre, apoyando las manos sobre las rodillas—. En la fábrica veo a los muchachos quedándose dormidos de pie. Piensan que aguantan todo hasta que la mano se les va entre los rodillos. Tómate algo o acuéstate más temprano.

—Ayer me dormí a las diez.

—Pues no parece. Traes la cara deshecha.

—Es solo el cansancio acumulado. Ya el sábado recupero el sueño.

—El sueño no se recupera —dijo él—. Lo que no duermes hoy, ya lo perdiste.

Mi madre sonrió un poco, moviendo la cabeza antes de tomar agua.

—Hablé con tu tía en la mañana —dijo ella—. Me contó que el hijo de Marta ya juntó sus cosas y se casa en tres meses. Rentó una casita cerca del bulevar.

Mi padre dejó el tenedor sobre el plato con un golpe que resonó en la mesa y cruzó los brazos.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Ya tienes a alguien o sigues solo?

—Sigo solo.

—¿Por qué? —su voz sonó más firme, mirándome fijo—. A tu edad no entiendo qué estás esperando.

—No ha salidod nadie, nada más.

—No es de esperar a que salga —dijo él—. Estás dejando pasar los años sin sentar cabeza. Te la pasas del trabajo a la casa y de la casa a encerrarte en tu cuarto. El tiempo no perdona. Si te sigues esperando, te vas a quedar solo.

—Estoy bien así, no tengo prisa.

—El problema es que la vida sí tiene prisa. Cuando te das cuenta, los años ya se te fueron de las manos.

Me quedé mirándolo sin responder, comiendo el último pedazo de pastel. Él me sostuvo la mirada un instante más, hasta que bajó los hombros y soltó un suspiro corto por la nariz.

Mi madre tomó la jarra de plástico para servirme más agua.

—Toma un poco más —dijo, intentando calmar la plática.

—Gracias —dije, recibiendo el vaso.

El agua fría me bajó por la garganta. Mi padre no volvió a hablar, pero se quedó ahí sentado, con los brazos cruzados y la vista en la mesa, mientras mi madre me preguntaba si quería guardar un pedazo más para llevarme al día siguiente. Me acomodé mejor en el sillón, dejando pasar los minutos en silencio mientras sostenía el vaso entre las manos y escuchaba el ruido lejano de los carros pasando allá afuera.

Por un momento, el peso en mi pecho pareció quitarse. El sabor del pastel y el vaso de agua helada en las manos me daban una sensación tranquila. Sentí cierta calma, algo que no sentía desde hacía mucho, haciéndome pensar que estar ahí sentado con mis padres era suficiente para estar bien.

Entonces, mi padre levantó la vista del plato.

—Tienes que ser más feliz —dijo.

En mi cabeza algo tronó. Un golpe seco que me cortó el aire de inmediato.

¿Por qué decía eso? ¿Qué creía estar viendo? ¿Desde cuándo creía tener el derecho de opinar sobre cómo me sentía por dentro? Me quedé quieto, sintiendo cómo esa simple frase arruinaba la tranquilidad que acababa de sentir. Para él no era platicar; era regañarme. Era mirarme como a algo descompuesto que hay que arreglar.

En ese momento, sentí que todo alrededor cambiaba. La sala parecía hacerse más grande y las paredes más lejanas. La luz amarilla de la lámpara se volvió fría y pálida. Fue como si entre la mesa y yo se abriera un pozo invisible, empujándome de regreso a mi propio encierro, a esa sombra fría donde nadie podía alcanzarme. Yo ya no estaba ahí comiendo pastel. Me sentía como un extraño mirando a dos desconocidos desde lejos.

—¿Feliz? —pregunté. Mi voz ya no sonaba igual que antes.

Mi padre frunció el ceño, molesto por mi tono.

—Sí, feliz —repitió, acomodándose en el sillón—. Te la pasas con esa cara de nada, como si estar vivo fuera un castigo. Parece que vienes a esta casa por obligación.

—Vengo porque ustedes me piden que venga —dije, dejando el vaso de agua sobre la mesa con un golpe duro.

—No te estamos haciendo ningún favor, hijo —intervino mi madre, notando el cambio en el aire y moviendo las manos con nerviosismo—. Tu papá solo lo dice porque se preocupa por ti.

—No suena a preocupación —contesté, mirando a mi padre a los ojos—. Suena a que le molesta cómo soy.

Mi padre soltó una risa corta, de pura molestia.

—¿Molestarme? No me molesta. Me desespera ver que no haces nada con tu vida. Tienes trabajo, tienes salud, tienes un carro ahí parado, ¿y qué haces? Nada. Te arrastras del trabajo a encerrarte.

—Hago lo que puedo con lo que tengo —dije, sintiendo cómo la distancia entre nosotros no paraba de crecer, volviéndolo cada vez más ajeno.

—Pues parece que no puedes mucho —soltó él, alzando la voz más de lo normal—. A tu edad yo ya trabajaba doce horas diarias, mantenía una casa y no andaba preguntándome si era feliz o no. Hacía lo que me tocaba. Tú tienes todo más fácil y actúas como si el mundo te debiera algo.

—Yo no le pido nada a nadie.

—¡Ese es el problema! —gritó, apoyando las manos en la mesa e inclinándose hacia adelante—. No pides, no buscas, no te mueves. Te quedas ahí sentado esperando a que los años te pasen por encima. ¿Crees que la vida es estar viendo al techo?

—Para ti la vida es trabajar hasta quedar agotado frente a una máquina y regresar a sentarte a este sillón a secarte el sudor —retruqué—. Si eso es ser feliz, prefiero no serlo.

Mi padre soltó la mesa con un golpe seco que hizo sonar los tres tenedores contra los platos. Se puso de pie de golpe, con la cara roja y los puños apretados.

—Esa máquina me dio para poner este techo sobre tu cabeza durante veinte años —dijo enojado, alzando la voz—. Yo no pude elegir qué quería hacer con mi vida, pero tú sí puedes y la estás tirando a la basura.

—Nadie te pidió que te sacrificaras —contesté, sin moverme—. Tú elegiste esa vida, no me culpes a mí de tus cosas.

Por dentro, algo terminó de romperse. No fue un estallido; fue algo viejo que se cortó sin hacer ruido. Sentí un vacío frío dentro de la sala. La luz amarilla perdió su calor y mi padre empezó a verse lejano, como alguien ajeno a mí.

—¡Ese es el problema contigo! —dijo enojado, dando un paso hacia el centro del cuarto—. Tu madre te sirve un plato, te pregunta cómo estás, y contestas con dos palabras. Yo me preocupo por tu futuro y te molesta. ¿Te molesta que queramos que no termines solo? Pareces un fantasma. Nunca hablas, nunca buscas a nadie, nunca has querido a nadie. Y encima te atreves a criticar cómo vivimos nosotros, como si tú supieras algo de la vida.

—No critico a nadie —dije, mirándolo directo a los ojos—. Solo veo que quieres enseñarme a ser feliz cuando tú lo único que hiciste fue encerrarte en una fábrica a esperar que se te pasaran los años.

—¡Me encerré en esa fábrica para que tú no tuvieras que pasar por lo mismo! —gritó enojado, señalándome con un dedo tembloroso—. Desperdicié todo mi esfuerzo para nada. Al final terminaste haciendo lo mismo, encerrado en ti mismo y sin ir a ningún lado.

—Por favor, ya —intervino mi madre enojada, poniéndose de pie entre los dos con las manos temblorosas—. Cállense los dos, ya estuvo suave.

—No, que lo entienda de una vez —dijo mi padre enojado, echándose hacia adelante—. Fui yo el que estuvo aquí a diario. Fui yo el que pagó las cuentas y se mató trabajando para que hoy tuvieras un piso firme donde pararte. Fui tu padre cada día de tu vida.

El eco de su voz se apagó de golpe contra las paredes de la sala.

Nadie se movió. Mi madre se quedó entre los dos con una mano en el aire, sin saber qué hacer ni qué decir. Mi padre se quedó quieto, respirando agitado, con la frente llena de sudor y las manos apretadas a los lados. Esperaba que le contestara, que le gritara o que me justificara.

El silencio se quedó en el cuarto, pesado, haciendo que cada segundo durara demasiado. En el fondo de la casa, el ruido del refrigerador era lo único que se escuchaba.

Pasó un segundo. Luego otro.

La distancia entre nosotros se volvió completa. Su cara, sus labios apretados y la sombra de la lámpara en su frente se quedaron congelados en el tiempo.

—Tú no eres mi Padre —dije.

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