Nochebuena en Pie de Guerra.

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Capítulo 2: Tres Maletas y una Declaración de Principios.

El primero en llegar fue Elián, y lo hizo con el motor de un coche eléctrico que, según explicó antes incluso de bajar la ventanilla, había alquilado “por convicción, no por comodidad”, aunque tardó veinte minutos en encontrar un punto de carga en todo Willowbrook y terminó enchufándolo, no sin cierta ironía que él mismo no pareció notar, al generador de la casa de sus padres.

-Papá -dijo, bajándose del coche con un abrigo de lana que parecía más caro que el propio vehículo-, ¿sabías que este pueblo no tiene ni un solo cargador público? Ni uno. En pleno siglo veintiuno.

Barry, que había salido a recibirlo con los brazos abiertos y una sonrisa que llevaba preparando toda la tarde, decidió no mencionar que Willowbrook tenía dos mil trescientos habitantes y que la mayoría de ellos todavía consideraba un lujo tener wifi que no se cortara cuando llovía.

-¡Hijo! -exclamó en cambio, envolviéndolo en un abrazo que Elián recibió con cierta rigidez, como quien abraza a alguien mientras sigue pensando en la infraestructura energética municipal-. Qué alegría verte. Estás… ¿has adelgazado?

-Soy vegano desde marzo.

-Claro. Claro que sí. -Barry asintió con el entusiasmo algo forzado de un padre que acababa de comprar cuatro kilos de pavo-. Pasa, pasa, hace frío.

Detrás de Elián llegó Nora, la mayor, conduciendo su propio coche -de gasolina, hecho que Elián señaló entre dientes apenas la vio bajar- y cargando no una, sino dos maletas: una con ropa, y otra, según explicó con la seriedad de quien presenta una ponencia en una conferencia internacional, llena de “materiales informativos”.

-¿Materiales informativos? -preguntó Barry, cogiendo la maleta más pesada y notando que pesaba, en efecto, como si estuviera llena de piedras o de convicciones muy sólidas.

-Después te explico. Es importante que hablemos todos juntos, papá. En familia. Como personas adultas.

-Siempre hablamos en familia, cariño. Es lo que hacemos en Nochebuena.

-Esta vez es distinto.

Barry sonrió sin saber muy bien por qué, porque llevaba dos hijos en el porche de su casa anunciando, cada uno a su manera, que este año sería “distinto”, y aun así su cerebro, entrenado durante treinta años de optimismo profesional, seguía procesando la información como si fuera una simple variación del guion de siempre.

La última en llegar fue Sasha, y lo hizo sin coche, porque -anunció nada más bajarse del taxi que había compartido con dos desconocidos que había conocido en la estación, otra convicción más, esta vez sobre el transporte compartido- “los coches privados son la muerte del planeta, papá, literalmente la muerte”.

Sasha llevaba una sola mochila, un cartel enrollado bajo el brazo que Barry prefirió no preguntar qué decía todavía, y una camiseta que rezaba, en letras grandes: “Ningún animal murió para que yo cenara esta noche.”

-Cariño, esa camiseta es un poco…

-¿Directa? Sí. Es la idea.

-Iba a decir “específica para esta cena en concreto”.

Sasha sonrió, le dio un beso rápido en la mejilla y entró en la casa arrastrando su mochila, dejando a Barry en el porche, solo, contemplando cómo el cielo se oscurecía sobre Willowbrook y preguntándose, por primera vez ese día, si quizás debería haber prestado más atención a esos mensajes de la semana anterior.

Dentro de la casa, el ambiente empezaba a espesarse como la salsa del pavo. Elián había encontrado el árbol de Navidad y estaba, en ese preciso instante, examinando cada adorno con la meticulosidad de un inspector de aduanas.

-Papá, esto es plástico. Y esto también. ¿Sabías que el plástico tarda cuatrocientos años en descomponerse?

-Ese adorno lo hiciste tú en tercero de primaria, Elián. Es un reno hecho con un rollo de papel higiénico.

-Precisamente. Imagínate lo que va a durar.

Nora, mientras tanto, había ocupado la mesa del comedor -la misma mesa que Barry había puesto con tanto esmero esa mañana- y había empezado a desplegar sobre el mantel bordado de su abuela una serie de gráficas impresas en colores llamativos, con títulos como “Impacto de Carbono de las Celebraciones Familiares Tradicionales” y “Alternativas Sostenibles para la Nochebuena Occidental.”

-Nora, cielo, la mesa está puesta.

-Lo sé, papá, pero necesito espacio para explicar esto antes de la cena. Es una presentación breve. Quince minutos, máximo.

-¿Una presentación?

-Con diapositivas.

Barry miró a su alrededor, buscando algo, cualquier cosa, que le devolviera la sensación de control que había sentido esa misma mañana frente al pavo. Encontró, en cambio, a Sasha en la cocina, abriendo el frigorífico con determinación de investigadora forense.

-Papá, ¿esto es mantequilla normal?

-Es mantequilla, sí.

-¿De vaca?

-Sasha, la mantequilla es, por definición, de vaca.

-Existe la de origen vegetal, papá. La traje yo. Está en mi mochila, en un táper con hielo.

Barry se apoyó contra la encimera y respiró hondo, el mismo gesto que solía hacer Reagan antes de una reunión difícil del ayuntamiento, aunque él no lo supiera, porque nunca habían tenido que gestionar una crisis familiar y una crisis municipal exactamente al mismo tiempo. Miró el reloj: las cinco y media. Reagan llegaría en una hora, después de resolver lo del reno mecánico y de dar su discurso en la plaza. El pavo necesitaba entrar al horno en los próximos veinte minutos si querían cenar a las ocho, como cada año, como debía ser.

-Chicos -dijo, con la voz de quien intenta capitanear un barco que ya ha empezado a hacer agua-, ¿qué tal si dejamos las presentaciones, las camisetas y las mantequillas alternativas para después de la cena? Es Nochebuena. Vamos a cenar en familia, como siempre.

Los tres hermanos intercambiaron una mirada que Barry no supo interpretar del todo, pero que contenía, sin que él lo notara, la complicidad silenciosa de quienes ya se habían puesto de acuerdo por teléfono la semana anterior, en un grupo llamado -con el humor ligeramente sombrío de los hermanos que se quieren mucho pero también disfrutan una buena batalla- “Operación Nochebuena Consciente”.

-Claro, papá -dijo Nora finalmente, recogiendo sus gráficas con una sonrisa que a Barry le pareció extrañamente tranquila para alguien a quien acababan de interrumpir una presentación-. Cenamos primero.

-Y hablamos después -añadió Elián.

-Todo lo que haga falta -remató Sasha, sacando ya el táper de mantequilla vegetal de su mochila y colocándolo, con total naturalidad, justo en el centro de la mesa, exactamente donde Barry había puesto, esa misma mañana, las velas rojas de siempre.

Barry miró las velas, ahora desplazadas hacia un lado por un táper de plástico reciclado, y sintió, por primera vez en todo el día, una punzada de algo que se parecía sospechosamente a la inquietud.

En la plaza del pueblo, a apenas diez minutos en coche, Reagan terminaba su discurso navideño ante un público entusiasta, ajena por completo a que en su propia casa, sobre su propia mesa, ya se estaba librando la primera escaramuza de una guerra que, esa noche, apenas comenzaba.

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