CAPITULO 18: EL HEROE QUE DIVIDIO AL MUNDO

https://fictograma.com/d/4009-capitulo-18-el-heroe-que-dividio-al-mundo

Raiden continuó barriendo el piso con energía, aunque con cuidado de no levantar mucho polvo. La mayor parte de lo que juntaba eran astillas y trozos de madera, mudos testigos de la “cálida” bienvenida que Ruri le había dado unas horas antes. El sonido rítmico de la escoba contra el suelo era lo único que llenaba el local en silencio.

Ruri, que estaba limpiando el polvo de las mesas cercanas, rompió el silencio sin dejar su labor.

—Y cuéntame, Raiden… ¿Por qué saliste al mar? ¿Cuál es tu verdadero objetivo para querer ir a Valeros?

Raiden detuvo la escoba un momento, sorprendido por la franqueza de la pregunta. Miró hacia el techo, pensando unos segundos antes de responder directamente.

—No tengo ningún objetivo concreto, la verdad.

—¿Eh? ¿Qué quieres decir con eso? —preguntó la chica, deteniéndose y mirándolo con genuina confusión—. Nadie se lanza al mar abierto, y menos sin saber navegar, “solo porque sí”.

—Salí a buscar ese objetivo —explicó él, retomando el barrido con una sonrisa melancólica—. No tengo una meta establecida, ni un gran destino esperándome. Salí… para tener una gran aventura, supongo. Para ver qué hay más allá del horizonte.

Raiden dudó un momento en contar aquello que le había causado tantos problemas, la sombra que había marcado su vida en Valdris. pero el miedo al rechazo fue más fuerte. No quería ver en los ojos de Ruri la misma mirada de lástima o desprecio que veía en su isla.

—Solo es eso, jejeje —concluyó, forzando una risa leve para quitarle hierro al asunto.

—Oh… —La expresión de Ruri cambió. Una chispa de comprensión, mezclada con una pizca de tristeza, asomó en sus ojos azules—. Eso suena increíble, Raiden. Salir sin rumbo, solo por el placer de descubrir… Hasta suenas igual que…

—¿Igual a quién? —preguntó Raiden, curioso por el repentino cambio de tono de la chica.

—No importa —respondió ella rápidamente, desviando la mirada y frotando la mesa con más fuerza para dar por terminada esa línea de conversación. Tras un momento de silencio incómodo, cambió de tema—. Dime, Raiden… ¿Cómo funciona tu Don? Solo te he visto usar fuerza bruta de tuviste mi ataque con tus manos.

Raiden sintió un nudo en el estómago. Odiaba mentir, pero la verdad era demasiado dolorosa.

—Ah… yo… bueno, es complicado —improvisó, rascándose la nuca—. Digamos que mi Don es puramente físico. Aumenta mi fuerza y mi resistencia, pero no puedo materializar nada. No soy como tú.

Miró con genuina admiración la mano de Ruri, recordando el mazo y la espada azulada de la mañana.

—Lo tuyo es increíble. ¿Puedes crear cualquier objeto?

—Casi cualquiera —respondió ella, un poco más animada—. Pero por una extraña razón, siempre son de color azul translúcido. A comparación de mi hermano, que los creaba de un rojo intenso…

—¿Hermano? ¿Tienes un hermano? —preguntó Raiden, mientras empujaba la basura hacia un rincón con la escoba.

La expresión de Ruri se ensombreció de inmediato. Dejó el trapo sobre la mesa y bajó la mirada.

—Tenía un hermano —corrigió, con una voz apenas audible, cargada de una profunda tristeza.

Raiden se congeló. Maldijo internamente su curiosidad.

—Ah… lo lamento muchísimo, Ruri. No quería… —comenzó a disculparse, genuinamente preocupado.

—No importa, Raiden. Ya pasó —interrumpió ella, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos. Retomó su trabajo con prisa—. En fin, “una gran aventura”, ¿eh? Debes saber que este mundo es muy peligroso, especialmente para alguien tan… ingenuo como tú.

—¿Peligroso? ¿Tú crees? —Raiden terminó de juntar la basura y comenzó a recogerla con el recogedor de madera. Había pasado toda su vida entrenando para el peligro; la palabra no le asustaba tanto como debería.

—¡Claro que lo es! Hay bestias marinas, tormentas, y gente con Dones terribles —exclamó Ruri, mirándolo seriamente—. En fin, mira la hora, ya van a ser las diez de la mañana. Tenemos que apresurarnos si queremos abrir a tiempo. ¿Terminaste de barrer?

—Sí, jefa —respondió Raiden, echando la basura en una bolsa negra grande.

—Entonces ven aquí a la cocina. Deja la basura ahí, cerca de la entrada, yo la saco luego cuando vayamos a abrir el local.

Raiden amarró fuertemente la bolsa, dejándola donde le indicaron, y se dirigió hacia la cocina, donde Ruri ya estaba preparando utensilios. El olor a especias y leña empezaba a inundar el ambiente.

—¿Qué hago ahora? —preguntó, frotándose las manos, listo para la acción.

Ruri lo miró de arriba abajo con una ceja arqueada.

—¿Sabes pelar papas?

—Ehh… no, la verdad es que nunca he entrado a una cocina para algo que no sea comer —admitió Raiden, avergonzado—. Lo único que he cocinado es pescado asado en una fogata en el bosque.

Ruri rodó los ojos y soltó un suspiro dramático.

—Fuuuu… Bueno, pon atención. Es elemental. Tomas la papa, tomas el cuchillo… —Ruri tomó una papa y un cuchillo de cocina con una agilidad pasmosa. En cuestión de segundos, la cáscara salió en una sola tira fina y perfecta, sin desperdiciar nada de pulpa. La papa quedó impecable—. ¿Viste cómo se hace? No es física cuántica.

—Voy a intentarlo. No parece tan difícil —declaró Raiden con confianza, tomando un cuchillo y una papa de un bulto grande en el suelo.

Sujetó la papa con firmeza y empezó a girar el cuchillo, concentrándose. Movía el cuchillo con lentitud, poco a poco, pero con demasiada tensión. Ruri lo observaba de reojo, conteniendo la risa por la expresión de concentración extrema en el rostro del chico.

Lamentablemente, la confianza le jugó una mala pasada. El cuchillo, desafilado pero aún peligroso, resbaló por la superficie de la papa y siguió de largo, cortando profundamente el dedo pulgar de Raiden.

—¡¡Aaaaaahh!! —gritó Raiden, soltando la papa y el cuchillo por el repentino y agudo dolor. Un hilo de sangre roja y brillante empezó a brotar de la herida—. ¡Ah, maldición! Me corté…

Raiden, por puro instinto, se metió el dedo herido a la boca para presionar.

—¡Jajaja! —Ruri no pudo contenerse más y estalló en carcajadas—. ¡Lo siento, lo siento! Pero tu cara… ¡Jajaja! Eso también me pasaba a mí al principio.

Se acercó a él, dejando su propia labor, y tomó la mano de Raiden con delicadeza pero firmeza. Lo llevó hacia el lavamanos y abrió el grifo.

—Ven aquí, tonto. Tienes que limpiar bien la herida bajo el agua fría o se te infectará. Y sácate el dedo de la boca, eso no ayuda.

Ruri limpió la sangre con cuidado, examinando el corte. No era profundo, pero sí escandaloso. Mientras le ponía un trozo de tela limpia a modo de venda improvisada, su mirada bajó hacia los brazos y manos de Raiden.

—Por cierto… déjame preguntarte una cosa que me tiene curiosa desde la mañana. ¿Por qué llevas tantas vendas? Tienes los brazos, las manos y hasta los pies vendados bajo los zapatos. Parece que acabas de salir de una momificación.

Raiden observó sus propias manos mientras Ruri terminaba de hacer el nudo en su pulgar.

—Ah… esto. Es debido a mi entrenamiento —respondió, esta vez con una verdad a medias.

—¿Entrenamiento? —Ruri frunció el ceño—. ¿Entrenamiento para controlar tu Don? ¿Acaso es tan peligroso e inestable que necesitas vendarte todo el cuerpo?

Raiden suspiró profundamente. Odiaba esto. Pero Vel le había dicho que “su instinto le decía que él era bueno”. No quería mentirles a las personas que le habían salvado la vida.

—De hecho… —Raiden tomó aire, preparándose para la decepción en el rostro de la chica—. Yo no tengo ningún Don, Ruri.

Ruri se quedó congelada, sosteniendo aún su mano. Lo miró a los ojos, buscando alguna señal de que fuera una broma. Al no encontrarla, su expresión cambió a una de pura sorpresa, y luego, extrañamente, a una de reflexión.

—¿En serio? —preguntó en un susurro. Raiden asintió, esperando el desprecio—. Entonces… eres un Wans.

—¿Un Wans? —Raiden frunció el ceño, confundido—. ¿Qué es eso? ¿Una enfermedad?

—No, tonto —Ruri soltó su mano y volvió a sus papas, pero su tono era diferente, más serio—. Es el nombre de una tribu, o más bien, de un linaje de personas que nacen sin Dones. Dicen que sus únicas defensas son sus armas y su propio cuerpo.

—¿Wans? Nunca había escuchado de esa tribu—comentó Raiden, genuinamente intrigado. Tomó otro cuchillo con su mano sana y agarró una nueva papa, decidido a no rendirse—. ¿Cómo sabes tanto de eso?

—Lo leí en uno de los libros de historia que tiene mi madre —respondió Ruri, sin mirarlo—. Me gusta mucho leer sobre historia antigua. Los Wans existieron hace muchos años. Dice la leyenda que, por alguna razón, nunca tuvieron la capacidad de canalizar la energía de los Dones. Incluso si mezclaban su sangre con familias que sí tenían Dones poderosos, sus descendientes nunca obtenían dicho poder. Desde ese día, en algunos textos antiguos, se le conoce como “la maldición Wans”.

Se detuvo un momento y miró a Raiden con curiosidad.

—Dime, Raiden… ¿Tú eres de esa tribu?

Raiden bajó la mirada hacia la papa que intentaba pelar.

—La verdad es que… no lo sé. No sé mucho sobre dónde nací, ni quiénes fueron mis padres. No importaba las veces que preguntara por ellos, mi abuelo nunca me decía nada. Solo me decía que “mi destino estaba en mis propias manos”.

—Ya veo… —murmuró Ruri, suavizando su mirada—. Quizás en tus viajes encuentres respuestas. Deberías ir a una gran biblioteca algún día.

—Mmm… tal vez —respondió él, no muy convencido—. Bueno, basta de charlas deprimentes. ¡Continuemos con nuestra labor, jefa!

Raiden retomó la tarea de pelar papas. Aplicando el consejo de Ruri (“gira la papa, no el cuchillo”), le fue mejor, aunque no sin llevarse algunos pequeños cortes más en los dedos, que sacrificó gustosamente en nombre de su aprendizaje culinario.

Minutos después, Raiden exclamó con alegría genuina:

—¡Tarán! ¡Ruri, mira esta papa perfecta!

Ruri dejó su cuchillo, se limpió las manos en el delantal y se acercó. Tomó la “papa perfecta” que Raiden le ofrecía con orgullo. Su cara pasó de la curiosidad a una expresión de total decepción en un segundo.

—Raiden… ¿dónde está la papa? —preguntó, sosteniendo el objeto entre el pulgar y el índice.

—Pues ahí, en tu mano. ¿No la ves? ¡Está impecable!

Ruri observó la pequeña esfera. De la papa original, que era del tamaño de su puño, Raiden había cortado tanta pulpa junto con la cáscara que ahora la “papa perfecta” tenía el tamaño exacto de una canica pequeña.

—¿A esto le llamas pelar? —le reclamó Ruri, con una mirada amenazante—. ¡Desperdiciaste el 90% de la comida, idiota! ¡Ahora vas a pelar todo este costal tú solo hasta que te salgan bien, ¿entendido?! ¡Y no quiero ver más canicas!

La gran sonrisa de orgullo de Raiden desapareció instantáneamente, siendo reemplazada por una cómica cara de absoluta tristeza y derrota.

—¿Tan mal está? —preguntó con voz quejumbrosa.

—¡Mira la diferencia, ciego! —Ruri tomó la papa que ella había pelado al principio y la puso al lado de la “canica” de Raiden. La diferencia de tamaño y forma era ridícula.

Raiden miró ambas, entrecerrando los ojos, intentando defender su honor.

—Mmm… pues yo las veo igual. Ambas son papas, ¿no? —respondió, haciéndose el tonto.

—¡No te quieras pasar de listo conmigo! —le gritó Ruri, dándole un coscorrón amistoso en la cabeza.

Ambos chicos se empezaron a reír, relajando la tensión en la cocina. Raiden continuó pelando las papas, esta vez con mucha más precaución y tratando de no desperdiciar tanto. Ruri, por su parte, empezó a picar verduras con una velocidad impresionante.

—Oye, Ruri… ¿Y tu mamá está bien? —preguntó Raiden tras un momento de silencio.

—¿Por qué lo preguntas? —preguntó ella, sin detener su picado.

—Es que… esta mañana, cuando nos interrumpió, tenía una cara… no sé, se veía muy cansada. Agotada.

Ruri detuvo el cuchillo un momento y suspiró.

—Ah, eso… Sí, Madre trabaja demasiado. Se queda despierta hasta altas horas de la noche adelantando el inventario, limpiando la cocina a fondo y preparando los guisos que necesitan cocción lenta para el día siguiente. Yo solo tengo que venir temprano a picar la verdura fresca, montar las mesas y encargarme de la cocina durante el turno. Ella hace el trabajo pesado de verdad.

—Ohhh, ya veo —murmuró Raiden, impresionado—. Tu madre sí que es fuerte y buena.

—Sí, lo es —respondió Ruri con orgullo, retomando el picado con energía—. Ella es la persona más amable del mundo. Haría lo que fuera por ella.

Poco a poco, y a costa de más cortadas menores que marcaron su aprendizaje, Raiden fue mejorando en el manejo del cuchillo. Logró pelar las papas con un tamaño aceptable.

—¡Listo! Ya pelé todas estas papas. ¿Ahora qué hago, jefa? —preguntó Raiden, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano herida.

Ruri revisó el balde de papas peladas.

—Vaya… si que aprendes rápido. Para ser tu primer día, no está mal. A mí me tomó semanas aprender a pelar sin desperdiciar nada. Bueno, mira la hora, ¡ya van a ser las doce! Es nuestra hora de apertura de siempre. Ve y abre la puerta principal.

Raiden corrió hacia la entrada y abrió las pesadas puertas de madera del restaurante, dejando entrar la luz del mediodía y el bullicio de la calle comercial de Yukimori.

—¡Listo! Ya la abrí. ¿Ahora qué?

—Ahora espera a que lleguen los clientes, los llevas a una mesa libre y les das el menú del día —explicó Ruri, pasándole unas cuantas cartulinas escritas a mano con caligrafía elegante—. Y por favor, ¡sonríe y sé amable! No queremos espantar a la clientela en tu primer día.

—¡De acuerdo! ¡Sonreír y ser amable, elemental!

—¡Hola, Ruri! ¡Cómo estás! —Una voz estruendosa y profunda resonó en todo el restaurante, asustando a Raiden.

La voz pertenecía a un hombre robusto que entraba por la puerta. Era un hombre de mediana edad, sin cabello en la cabeza pero con un frondoso y negrísimo bigote que le cubría la mitad del rostro. Vestía un atuendo sencillo de campesino local, con la camisa remangada mostrando unos brazos gruesos como troncos.

«Yo he escuchado esa voz antes…»pensó Raiden, frunciendo el ceño y tratando de hacer memoria.

—¡Oh! ¡Buenos días, Ban! ¿Cómo estás? —saludó Ruri con genuina alegría desde la barra.

—¡Oh, pero mira quién es! ¡Si es el mocoso de esta mañana! ¡El que casi se nos muere! —exclamó el hombre, clavando su mirada en Raiden con una gran sonrisa.

—¿Eh? ¿Nos conocemos?

—¡Jajaja! ¿No me recuerdas? ¡Normal, si estabas más inconsciente que una piedra! Yo soy el que te cargó hasta aquí, muchacho. Vel-san y yo te trajimos.

—¡Oh! —Raiden sintió una oleada de gratitud. Se acercó al hombre y le hizo una reverencia profunda—. ¡Le agradezco muchísimo, señor Ban! Me salvó la vida.

—¡Jajaja! No fue nada, muchacho. Vel-san hizo todo el trabajo difícil de curarte. En fin, ¿dónde puedo sentarme? ¡Tengo un hambre!

—¡Ah, claro! ¡Por aquí, por favor! —Raiden reaccionó rápidamente y lo guio hacia una de las mesas redondas con mantel blanco cerca de la ventana.

Raiden sacó un pequeño talonario y una pluma que Ruri le había dado antes de abrir.

—Y dígame, señor… ¿qué se le antoja el día de hoy?

—¡Dame el plato del día, muchacho!

Raiden empezó a anotar apresuradamente en el talonario.

—¡Entendido, el plato del día! ¿Carne o pollo?

—¡Pollo!

—¡Pollo frito o sudado? —preguntó Raiden, repasando el menú que le había dado Ruri.

—¡Sudado!

—¡Entendido, pollo sudado! ¿Y qué se le ofrece de tomar?

—¡Dame una limonada bien fría!

—¡Listo! En un momento le traemos su comida, señor Ban —concluyó Raiden, haciendo una ligera reverencia y retirándose.

—¡Oye, mocoso! —le llamó Ban justo cuando se iba.

—¿Sí, señor? —Raiden se detuvo y volvió a la mesa.

— Mantente alerta de los guardias —dijo Ban, bajando la voz y mirando sospechosamente hacia la puerta principal.

—¿De los guardias? —Raiden frunció el ceño, intrigado—. ¿Por qué? ¿Son peligrosos?

—Si te ven, podrías causarle problemas muy serios a Vel-san y a Ruri —explicó Ban seriamente—. Ellas son buenas personas, Raiden. No merecen meterse en líos por ayudar a un extraño.

—¡Eh! ¡Claro que no! —exclamó Raiden, genuinamente preocupado—. Ellas me han ayudado muchísimo cuando más lo necesitaba. ¡Lo que menos quiero es causarles problemas!

—Entiendo, muchacho. Por eso, si ves un uniforme de la guardia, te escondes de inmediato en la cocina. Y nunca, bajo ninguna circunstancia, busques pelea con ellos, ¿entendido?

—¡D… de acuerdo! ¡Me esconderé! ¡Gracias por el aviso, señor Ban!

Raiden se dirigió apresuradamente hacia la barra, donde Ruri estaba montando los platos. Arrancó la hoja del talonario con el pedido y se la entregó.

Ruri revisó la hoja y miró a Raiden con una sonrisa de aprobación.

—Vaya… sí que te aprendiste rápido todo lo que ensayamos esta mañana.

—¡Claro! Si lo ensayábamos mientras yo me cortaba mis “lindos dedos” con el cuchillo —respondió Raiden, frotándose el pulgar vendado—. ¡Nunca lo voy a olvidar, créeme!

Justo en ese momento, varias personas más empezaron a entrar al restaurante. El bullicio se apoderó del local en cuestión de segundos. Raiden quedó impactado por la gran cantidad de personas que empezaban a llenar las mesas. Tragó saliva, sintiendo los nervios de nuevo.

«Bueno, Raiden… ¡entonces empecemos!» fue lo que pensó el chico, antes de armarse de valor y dirigirse hacia el siguiente cliente con su mejor sonrisa.

El resto del día fue una verdadera prueba de fuego para Raiden. Iba de mesa en mesa tomando pedidos, mientras Ruri cocinaba a una velocidad frenética en la cocina trasera. Raiden llevaba los platos humeantes que estaban listos con un equilibrio precario pero efectivo. Poco a poco, y a pesar de algunos pequeños incidentes (como confundir un pedido de sopa con uno de ensalada), fue mejorando su desempeño.

Lentamente, la noche se hizo presente en Yukimori. Los clientes fueron desapareciendo uno a uno, hasta que el restaurante quedó de nuevo en silencio.

—¡¡Ahhgg!! ¡Estoy absolutamente exhausto! —pensó Raiden, sentándose pesadamente en una de las sillas del local vacío. Sentía que el cuerpo le pesaba una tonelada—. ¡Hoy fue una verdadera tortura…!

Justo cuando pensaba que no podía más, un plato de loza resonó al chocar contra la mesa frente a él.

—Esto es lo que nos espera día a día, Nakamura —dijo Ruri, sentándose frente a él con su propio plato—. Y créeme, mañana será igual de pesado. Come, no tuvimos tiempo de almorzar nada decente.

—¡Sí! ¡Gracias por la comida, jefa! —Raiden empezó a devorar la deliciosa cena con una voracidad que asustó a la chica.

Ruri, por su parte, comió más despacio. Al terminar, sacó un libro viejo y desgastado de entre sus ropas y empezó a leer concentradamente.

—Oye, Ruri… ¿qué estás leyendo con tanta atención? —preguntó Raiden, curioso, con la boca medio llena de arroz.

—Ah… esto. Es un libro que cuenta la razón por la que se separó el mundo —explicó ella, sin despegar la vista de las páginas—. O mejor dicho, por qué dividieron a todas las razas y continentes hace quinientos años.

—¿Separaron el mundo? ¿Había conflicto antes? —preguntó Raiden, genuinamente intrigado. En Valdis nunca le enseñaron nada de historia mundial.

—¡Claro que lo había! Según este libro, las razas siempre mantenían en conflicto constante. No había paz. Lo único que existía en esa época era guerra, muerte y destrucción. Nadie se llevaba bien y ninguno quería la paz verdadera.

—mmmmm..

—continuó Ruri—. Dice el libro que un día, un hombre que se hacía llamar “La Muerte” intentó destruir el mundo entero para acabar con el ciclo de dolor. Era tan poderoso que nadie podía detenerlo. Debido a ello, dos héroes legendarios tomaron una decisión desesperada: sellarlo para siempre.

—¿Sellarlo? ¿Cómo?

—No lo sellaron con magia —explicó Ruri, mirando a Raiden a los ojos—. Lo sellaron con un Don… El don de Hielo.

Raiden se detuvo a medio bocado. Frunció el ceño, confundido.

—¿Espera un momento… Hielo?

—Sí. Hielo.

—Pero… todos me han contado que ese Don es una simple leyenda. Un cuento para niños. Nunca en la historia conocida se ha visto un Don de Hielo.

Ruri suspiró y cerró el libro con cuidado.

—Sí, lo sé. Por eso la mayoría de las personas consideran este libro como un simple cuento de hadas. Pero yo creo que hay algo de verdad en él.

—Mmm… y entonces… ¿qué tiene que ver esa “Muerte” con la división del mundo y las murallas de hielo que mencionaste antes?

—Cuándo uno de los héroes tomó la decisión de sellar a “La Muerte” en algún lugar profundo de la tierra, vio cuánta guerra y dolor habían causado los conflictos entre razas. Como último acto antes de desaparecer, decidió usar su Don de Hielo para crear esas inmensas murallas que dividen los continentes hoy en día. Por mucho tiempo, las personas intentaron destruirlas con sus Dones más poderosos, pero nunca lo lograron. Las murallas permanecen intactas, manteniendo a las razas separadas para asegurar la paz… o al menos eso dice el libro.

Ruri se encogió de hombros, guardando el libro nuevamente.

—Y bueno, eso es básicamente de lo que se trata este libro. Te he dado un pequeño resumen.

«Dividir… Paz… Guerra… » Esas palabras se quedaron grabadas en el pensamiento de Raiden.

—¿Ya acabaste de cenar? —preguntó Ruri, poniéndose de pie.

—¡Ah, sí! ¡Muchísimas gracias por la comida! Estaba deliciosa, en serio.

—De nada, aventurero. Ahora apresurémonos a cerrar el local de verdad. Ya está muy tarde y Ma debe estar preocupada en casa.

—¡Sí, señora jefa! ¡A la orden!

..

Minutos después, los dos chicos se encontraban afuera del restaurante. Las calles de Yukimori estaban silenciosas y bañadas por la luz de la luna llena.

—Vaya… hoy sí que fue un día agotador —declaró Ruri, estirándose con un gemido de cansancio.

—¡Sí! ¡Jejeje! ¡Pero valió la pena! —respondió Raiden, chocando sus puños con entusiasmo—. ¡Ya tengo mi prime dinero ganadas con el sudor de mi frente!

Ruri sonrió levemente.

—En fin… ¿Nos vamos?

—¿Eh? —Raiden frunció el ceño, confundido—. ¿“Nos vamos”? ¿A dónde?

—¿Cómo que “¿A dónde?”, tonto? —le reclamó Ruri. ¡Hacia mi casa!

—¡Eh! ¡P… pero por qué! —exclamó Raiden, poniéndose nervioso—. ¡Ruri, no tienes por qué hacer eso!

No tienes en dónde dormir, así que iremos a mi casa.

—¡No, no, no! ¡Muchas gracias de verdad! ¡Ustedes ya han hecho demasiado por mí hoy! No puedo aceptar esto, en serio. ¡Me siento fatal abusando de su amabilidad!

Ruri rodó los ojos, desesperada.

—¿Y en dónde demonios te piensas quedar a dormir entonces, genio? ¿Vas a ir a dormir en la calle, o en el bosque?

—Pues… la verdad es que estoy acostumbrado a dormir al aire libre —admitió Raiden, rascándose la nuca—. En Valdris dormía en la playa muchas noches cuando el entrenamiento era muy duro…

—¡Absolutamente no! ¡No voy a dejar que un empleado mío duerma en la calle como un vagabundo! ¡Mi madre me mataría si se entera que te dejé durmiendo por ahí en quién sabe dónde! ¡Vamos a mi casa ahora mismo, y no acepto un “no” por respuesta! —bramó Ruri, agarrándolo firmemente de la muñeca y jalándolo hacia la dirección de su casa.

Raiden vio la determinación en los ojos de la chica y suspiró, dándose por vencido. Se sentía profundamente avergonzado, pero a la vez, increíblemente agradecido.

—Está bien… aceptaré tu oferta. ¡Muchísimas gracias por todo, Ruri! ¡De verdad eres la mejor!

—¡Jajaja! ¡Lo sé! ¡Ahora camina rápido, aventurero, que tengo sueño!

1 points · 0 comments · view on lemmy.world

0 Comments

No comments yet.